El despistado 

Cuando estudiaba en otra ciudad y vivía en un piso compartido, era frecuente usar motes para todo el mundo. Esto nos permitía hablar en clave y también definir, con aceptable exactitud, a cada uno de los que estábamos allí pensando en cómo sería nuestro futuro. Así, estábamos el Malacara, aquí a la tecla, el Noséyo, dubitativo como pocos, el Hermano del cabo sheriff, su hermano era policía local, y el Despistado.

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Este último se ganó el apodo a pulso. Es más, se matriculó en medicina y estuvo asistiendo a las clases de segundo curso durante 15 días sin tener ni idea de lo que allí explicaban. Si no llega a ser porque uno de los alumnos le preguntó que dónde había estudiado el primer curso, todavía estaría allí diciendo que la carrera era muy difícil.

En otra ocasión, se quedó dormido en la playa a eso de las 12 de la mañana. No llevaba ni sombrilla, ni nada. Lo despertó el socorrista a eso de las tres de la tarde cuando tenía una insolación impresionante. Era un verdadero desastre. Me consta que después se puso al día y que actualmente es un magnífico profesional. No sé si eran las hormonas, la novedad, o qué, pero no se enteraba de nada.

Como suele suceder, él fue el que protagonizó una de las anécdotas de aquellos tiempos que más recuerdo. Parece que le estoy viendo, siempre con sus auriculares puestos, su sudadera con capucha, su flequillo y sus gafas de pasta. Siempre paseando de aquí para allá sin saber muy bien qué estaba haciendo. 

Un día, fui a su facultad a comer, en la cafetería ponían un menú bastante apañado de precio, y conocí a una chica. Curiosamente, era conocida de mi amigo y comimos los tres juntos. Ella estudiaba informática, yo filología y allí estuvimos hablando sobre cada carrera y especialidad. La chica comenzó a aparecer por el piso en el que vivía para estudiar con mi colega y conmigo. Al resto le daba igual todo. Hacían acto de presencia, pagaban puntualmente, tenían sus líos y vivía prácticamente en su habitación.

Lo mío con esta chica fue a más y comenzamos a salir. De ahí a tener relaciones debería haber un pequeño paso, pero la logística no estaba de nuestra parte al tener que encontrar el momento adecuado para que aquello fuera lo menos parecido a hacerlo en un escaparate. Creo recordar que fue un día de fiesta local en el que dos de los que compartían piso conmigo se quedaron en su pueblo y solo el Despistado y yo decidimos estar allí tranquilamente.

 

La llamé y vino en una media hora más o menos. Avisé a mi colega de que íbamos a estar estudiando ella y yo guiñándole el ojo en varias ocasiones, pero no terminada de fiarme. No me equivoqué. Tras comenzar a liarnos, fuimos a más, me puse un preservativo y lo estábamos haciendo en la postura del misionero cuando escuchamos cómo se abrió la puerta de la habitación. Era invierno, teníamos un edredón nórdico por encima y mi colega entra con los auriculares puestos, se acerca a la mesita de noche, coge un cargador del móvil y se va. Pensamos que ni nos vio.

Esperamos unos minutos. No escuchamos nada y seguimos. Cuando la tenía encima de mí a punto de terminar, vuelve a entrar el despistado y se pone a buscar en el ropero que estaba a los pies de la cama algo en los cajones. La chica con la que te dije dentro se tumba sobre mi pecho e intenta taparse con el edredón. A esto, llega mi colega y me dice «oye, no habrás visto un cable que dejé por aquí…», ve a la chica, grita y sale corriendo de la habitación. Volvemos a quedarnos callados y escuchamos que se había ido del piso. 

Por fin, terminamos del todo y volvemos a escuchar la puerta del piso. Al salir, estaba mi colega allí con una pizza recién hecha, unas bebidas y helado. Nos pidió perdón mil veces y nos dijo que lo sentía muchísimo. Nos reímos los tres y fue ella la que dijo que eso no volvería a pasar. Me temí lo peor, pero luego supe que su hermano trabajaba poniendo señales de tráfico y consiguió una de STOP que poníamos en la puerta de la habitación cada vez que intimábamos. Santa medicina…la que ahora reparte «el despistado».

 

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