Tenía diez años cuando mis padres me contaron que era adoptada. Recuerdo que lo hicieron con ternura, una tarde cualquiera, como si quisieran darle la menor importancia posible. Me dijeron que me habían esperado durante mucho tiempo, que habían intentado tenerme ellos mismos en la barriga de mamá pero que no había podido ser y que yo al final nací de la barriga de otra mujer y en otro lugar. Que cuando ellos me encontraron, supieron que yo tenía que ser su niña nada más verme, que prometieron cuidarme y ser mis padres para siempre y me adoptaron. Yo los miré y recuerdo que les dije que me daba igual. La forma en que me lo explicaron hizo que no me plantease nada más allá de mi realidad, a día de hoy me sigue pareciendo perfecta. Ellos eran mis padres y les quería con todo mi corazón. Eran mi mundo entero.

Durante mi infancia y adolescencia nunca me faltó de nada. Ellos eran todo lo que una niña podía necesitar: pacientes, cariñosos y amorosos. Amaba a mi padre, pero, de algún modo, mi madre era mi persona favorita en el mundo, en la que más confiaba y a la que le debía el ser como era. Saber que no era su hija biológica nunca cambió nada. Ella era mi madre. Y punto.
Pero a mis diecisiete años, la perdí. Murió, y mi mundo se vino abajo. No sabía cómo vivir sin ella. Había sido siempre mi faro, mi guía, y ahora todo estaba oscuro. Así que me aferré a mi padre y a mis recuerdos, y tuve que seguir adelante. Pero con el tiempo, el vacío que había dejado en mí su ausencia, esa sensación de huérfana, me llevo a empezar a pensar en mi madre biológica. Me preguntaba quién era y si seguiría viva, qué aspecto tendría y cómo sería su voz. Incluso si alguna vez pensaba en mí o si se arrepentiría de haberme dado en adopción. Pero el recuerdo y dolor por mi madre adoptiva estaba demasiado cercano aún y buscar a mi madre biológica se sentía aún como una traición. Yo ya había tenido una madre, no buscaba otra, me decía a mí misma.

Pasaron los años y la vida siguió su curso. Me enamoré de Sandra, una mujer maravillosa que, cuando al fin me sentí preparada, me acompañó al cien por cien en el proceso de búsqueda. Fueron meses de correos electrónicos, llamadas, mensajes y esperas hasta que finalmente, la localicé. Tenía una dirección, así que me armé de valor y fui allí un sábado por la mañana, yo sola. Pensándolo con distancia, quizás debí establecer un contacto previo, pero en aquel momento la prisa me llevó a ir a su puerta. Nerviosa y emocionada, llamé al timbre. La puerta se abrió y la vi por fin. El parecido entre las dos era tan evidente que me quedé sin palabras. Era como mirarme en un espejo unos veinte años más mayor. Tal era el parecido que ella supo de inmediato quién era yo.
Apenas me dejó hablar. Recuerdo que intenté decirle quién era y por qué estaba allí, pero no hizo falta. Sus palabras fueron breves y en un tono tan frío que dudo que pueda sacarlo de mi memoria nunca. Primero miró detrás de mí, nerviosa, como buscando a alguien más. Entonces me miró con el ceño fruncido y me dijo que me fuese, que no sabía cómo la había encontrado pero que le daba igual. Añadió que tenía una familia y que lo sentía, pero que no quería saber nada de mí, que no tenía intención de remover el pasado y que debía marcharme enseguida sin armar revuelo. Y antes de que pudiera responder, cerró la puerta.
El golpe del portón metálico me devolvió a la realidad. Me quedé allí plantada, en el umbral de su hogar, donde al parecer ella había formado su familia sin mí, temblando y con una sensación de vacío enorme. Luego caminé hasta el coche, conduje sin rumbo fijo, aparqué en un lugar despejado y lloré todo lo que no había llorado desde que murió mamá.

Cuando empecé a buscarla ya sabía que no debía esperar nada de ella, que no debería haberme hecho ilusiones. Y tampoco es que me hubiera montado una película sobre un reencuentro idílico ni mucho menos, pero no estaba preparada para una reacción tan cruel y agresiva.
Obviamente, di carpetazo al asunto. Tardé bastante en recuperarme de la decepción, más de lo que me gustaría reconocer. Mi chica me ayudó muchísimo y mi padre, que ya sabía que yo la estaba buscando, también estuvo ahí para apoyarme de forma incondicional. Hoy por hoy, mi pensamiento al respecto se parece más que nunca al que tuve cuando era niña: me habían tocado en suerte unos padres maravillosos, los cuales me criaron y me lo dieron todo en la vida, y fuera de eso, nada más me importa ya.