A veces una decisión aparentemente lógica se convierte en el mayor error que podrías haber cometido. Eso fue lo que me pasó a mí cuando decidí cambiar a mi hijo de colegio. No fue una decisión tomada desde el corazón, ni siquiera desde el análisis racional. Fue una decisión tomada desde la culpa, desde la presión, y desde esa vocecita que tantas veces nos atormenta a las madres: ¿Y si no le estoy dando lo mejor?
Mi marido y yo tenemos buenos trabajos, digamos que nuestros ingresos nos permiten vivir desahogados. No somos ricos, ni mucho menos, pero nos damos nuestros caprichos y no pasamos apuros económicos. Vivimos en un barrio acomodado, una zona nueva a las afueras de una gran ciudad donde la mayoría de la gente vive en pisos amplios con zonas comunes, piscina y gimnasio.
Además, contamos con todo tipo de servicios: hospital cerca, tiendas de barrio, un centro comercial, y en cuanto a educación, varios colegios y dos institutos.
En el momento de escolarizar a nuestro hijo elegimos un colegio público con bastante fama y nivel académico. Desde que entró en Infantil, mi hijo iba feliz. Yo veía que avanzaba poco a poco y que estaba aprendiendo mucho, por lo que estaba muy satisfecha con el colegio.

Pero como la gente es como es y de todo opina, empezamos a recibir comentarios negativos por parte de algunos familiares. Que si cómo lleváis al niño a un cole público pudiendo pagar uno privado, que si para un solo hijo que tenemos que no invertimos en su educación, que si en los coles públicos hay de todo, mejor que se junte con otro tipo de niños… Frases clasista de quien considera que a más dinero, mejor educación.
La peor de todas era mi suegra, que me llegó a decir que nos tenía que dar vergüenza gastarnos el dinero en otras cosas en vez de llevar a nuestro hijo a un colegio bueno. Al final, nos convenció. O mejor dicho, nos hizo sentir tan culpables que nos dejamos convencer.
Cuando el peque iba a pasar a Primaria, lo cambié de colegio. Elegimos uno privado situado a pocas manzanas de nuestra casa. Era bilingüe, con pizarras digitales, tablets y ordenadores en las clases, piscina y, por supuesto, uniforme.

El primer día de cole ya me dio como un escalofrío al ver a todos aquellos niños vestidos iguales. Mi hijo entró super feliz, súper motivado. Tenía muchas ganas de empezar en el cole nuevo.
Pero según iban pasando los días notaba a mi hijo triste, más callado de lo habitual. Me decía que los niños no eran muy simpáticos, que le costaba hablar con ellos. “Es normal, es el principio”, le decía yo. “Poco a poco irás haciendo amigos, ya lo verás”.
Pasaban las semanas, y no se adaptaba. Volvía del colegio con la mirada apagada. A veces decía que jugaba solo en el recreo. Que los demás ya tenían sus grupos hechos, que no lo incluían. Había algún niño también nuevo, que venían de otros centros, pero el resto de niños ya habían cursado los tres años de Infantil juntos y habían formado grupos muy cerrados.
Lo peor fue cuando empezaron a llegar los informes de los profesores. Que si era despistado, que no mostraba interés, que estaba “por debajo del nivel del grupo”. Yo no daba crédito. Cuando iba a las tutorías en el otro cole, todo eran buenas palabras. Que si es un niño muy inteligente, que si lo pilla todo muy rápido, que además es súper cariñoso y empático con sus compañeros. Parecía que mi hijo ahora fuera un niño distinto.
Y entonces mi hijo empezó a hacer cosas muy raras: no quería ir clase, volvió a mojar la cama por las noches, y se pasaba el día enfadado, hablándonos mal a su padre y a mí, con una actitud que no había tenido jamás.

Lo llevé a una psicóloga infantil. Y su diagnóstico fue claro: estaba estresado, con ansiedad y autoestima baja. ¿La causa? La presión del entorno. Estaba forzando su adaptación a un lugar en el que no se sentía seguro ni querido.
Ahí se me cayó el mundo encima. La culpa, la vergüenza, la rabia. ¿Cómo había permitido esto? ¿Por qué di más peso a la opinión de los demás que a la felicidad de mi hijo?
Ese mismo día hablé con la directora del otro colegio. Le conté lo ocurrido y me recomendó que solicitara la plaza para el curso siguiente, que ellos harían todo lo que estuviera en su mano. Pues fue como un milagro, le dieron plaza a mi hijo y empezaría Segundo de Primaria en su antiguo colegio.
Cuando le di la noticia a mi hijo, se le iluminó la cara como hacía tiempo no veía. Me abrazó fuerte y me dijo: “¿De verdad? ¿Puedo volver a mi cole?”. En ese momento supe que había hecho lo correcto. Y me sentí tan mal, tan arrepentida de haberlo cambiado la primera vez…
Cada niño es distinto, cada niño tiene un ritmo de aprendizaje. Hay colegios que exigen tanto que algunos alumnos no llegan, y eso les frustra muchísimo. No por llevar a tu hijo a un colegio privado y pagar una cuota mensual desorbitada, va a tener una mejor educación o el día de mañana va a ser ingeniero o médico.
La mejor educación no siempre es la más cara, sino la que respeta los tiempos, cuida la salud mental y entiende que cada niño es único. En los colegios públicos también se forman grandes profesionales, buenas personas y gente con valores.