Casi me convierto en Anne Hathaway en El diablo viste de Prada
Llevaba un mes en paro buscando trabajo de lo mío, y al no conseguir nada, me lancé a buscar ofertas, así en general, en una plataforma de empleo.
Entre todo lo que vi, eché una candidatura de recepcionista en un salón de belleza. Buscaban a alguien que hablara varios idiomas y con experiencia liderando equipos, así que pensé “Esta es la mía”. A los pocos días me llamó la Señora X (así me referiré a la entrevistadora/formadora) para concertar una entrevista presencial, y tras una hora y media de interrogatorio ―poco les faltó para pedirme el grupo sanguíneo― me pidieron que acudiera a una prueba la semana siguiente.
Aquello era un sitio de superlujo, de los que cuando te reciben en la entrada te ponen la bata de peluquería y te guardan tus cosas en un guardarropa, te ofrecen bebidas, te escoltan hasta un sillón mullidito y te hablan de usted. Mi trabajo iba a consistir en cubrir toooda la parte de recepción (in situ y por teléfono).
Pero también otras muchas cosas como organizar la agenda de los estilistas, vender y promocionar tratamientos de belleza, supervisar todo el trabajo del salón, traducir emails y hacer de intérprete a los peluqueros, llevar parte de la Comunicación en redes, gestionar pedidos, contactar con proveedores, supervisar que no nos quedábamos sin té matcha, que las bolsas de basura estuvieran colocadas debidamente en las papeleras del baño, alinear los botes de champú a 90 grados con respecto a la latitud del coño de su prima… todo eso y mucho más me fue encomendado por la Señora X. Ah, y barrer pelos, muchos.
Por si fuera poco, la Señora X me había impuesto un uniforme aún siendo una prueba. Primero me preguntó por WhatsApp el domingo por la mañana si tenía un pantalón y una chaqueta negra. Le dije que sí. Luego me preguntó si tenía una camisa blanca o beige. Le dije que sí. Me dijo que la chaqueta no era tan importante, pero lo demás sí. Le dije que OK.

Le pregunté por el horario de entrada y de salida. Solo me dijo el de entrada. Chungo. Aquello ya me pareció chungo. ¿Por qué? Porque ella contestaba solo cuando le interesaba y a lo que le interesaba, pero para lo demás parecía pasar de mi culo. Y, con el tiempo, me confirmó que pasaba y mucho.
Además de ponerme a hacer todo tipo de tareas (algunas justificadas y otras no para ser una prueba), me di cuenta de un par de cosas que no me gustaron ni un pelo. Por un lado, me insinuó que mi horario de trabajo iba a ser flexible y que había días que según la demanda tendría que quedarme más tiempo, pero que al final de la semana sumarían 40 horas. Yo no me fiaba ni un pelo porque, ella misma me aseguró que si una clienta, por ejemplo, no quedaba satisfecha (a este sitio sólo acudían celebridades o gente con muchísimo dinero) había que echar más horas y viendo que ignoraba algunos de mis mensajes ―e incluso eludía algunas preguntas que le hice sobre la marcha― me daba poca seguridad que no me pagaran las horas extra.

Por otro lado, fui yo misma la que sacó el tema de trabajar fuera del horario, es decir, ya en casa, con tu pijama de Bob Esponja, cenando fajitas con First Dates de fondo. De nuevo, la noté esquiva y me dijo algo que no me dio buena espina:
― Yo sí trabajo fuera del horario porque me gusta mi trabajo. Si a ti no te apetece, no tienes la obligación de hacerlo, pero habrá veces que tengas que estar pendiente de los mensajes.
ALERTA, ALERTA. En mi cabeza sonó una alarma en cuanto oí esas palabras. Ya he pasado por eso antes y no me daba la gana de vivir según el criterio de mi jefa. Dicho de otro modo, como una adicta al trabajo. Entre el agobio al verme trabajando para una persona que dedicó 10 minutos a alinear botes de gel hidroalcohólico . Que, literalmente, nadie usaba, y aquella americana abotonada hasta arriba me iba a dar un jamacuco.
Fue entonces cuando quité la chaqueta y la Señora X (contradiciendo su premisa) me empezó a gritar desde la otra punta del salón: “¡Señorita, señorita! ¿Por qué no te pones la chaqueta?” a lo que respondí que me asaba de calor y que tampoco era obligatorio. Ella intentó convencerme de lo bonito y elegante que era ver pasar a una mujer con chaqueta, pero, ojo al dato, ella no se las ponía porque no las soportaba.

Todo ese ambiente elitista, así como el listado kilométrico de tareas y exigencias por un sueldo que rozaba el mínimo interprofesional derivó en que le escribiera un mensaje a la Señora X, para rechazar amablemente su oferta. Porque sí, me habían cogido, pero no me daba la gana de convertirme en Anne Hathaway en El diablo viste de Prada.
Como os imaginaréis, la Señora X nunca me contestó.
Ele Mandarina