Es más que sabido lo importante que tener en buen ambiente con los vecinos, no solamente a la hora de pedir un huevo o un poco de sal, o de que puedan hacerte un favor en un día puntual, lo deseable es al menos en lo más básico, respeto. Tus vecinos son los que escuchan lo que pasa en tu casa y, si te toca la lotería con un vecino atravesado…
Pues resulta que cuando mi amiga era pequeña, vivía en un edificio de 6 plantas. En su casa, sus padres, su hermano pequeño y ella se querían mucho y, hasta vivir allí, gozaban de una vida NORMAL. Se llevaban todo lo bien que se espera de una familia de sus características. Pero fueron a parar a aquel edificio maldito. No porque hubiera fantasmas (ojalá), si no porque en el 5º piso vivía un hombre, no muy mayor, que les dio las peores experiencias que se pudieran imaginar. Aquel señor tenía conflictos con todos los vecinos del edificio. Había quien le prestaba menos atención e iba pasando desapercibido, pero a la vecina del mismo rellano le tenía, a la pobre, la paciencia comida. Le dejaba la basura en su felpudo, le escondía el correo, si sabía que trabajaba en turno de noche, empezaba bien temprano con música a todo volumen porque “a esta hora está permitido” y no la dejaba descansar… Cada día, sin excepción, tenía algo preparado para ella, y cada día ella iba subiendo el nivel de su enfado a medida que el de paciencia iba bajando. La familia de mi amiga vivía en el piso de debajo de este señor tan peculiar y, tras unos meses allí, empezaron ser conscientes de que las peleas que presenciaban entre sus vecinos de arriba no eran algo puntual, así que en la siguiente reunión de vecinos, el padre de mi amiga decidió protestar. A su protesta se unieron varios vecinos más que, aunque nunca habían dicho nada y ya no eran objetivo de los arrebatos de aquel señor, si dijeron estar hartos de escuchar los gritos de ambos y que entendían perfectamente que aquella señora y su familia hubieran perdido ya las formas.
Así que se decidió en su presencia llamar al propietario de su piso (ya que estaba alquilado) cada vez que incomodase a alguno de los allí presentes hasta conseguir que lo echasen como fuera.

En aquella reunión, el vecino toca-huevos no abrió la boca. Un gesto de sorpresa e indignación fue lo único que sacaron de él. Al terminar la reunión, la vecina más afectada se acercó al padre de mi amiga para agradecerle su apoyo y le dio un abrazo sincero. Parecía que su calvario tendría fin o, al menos, una pausa, y ya con eso se daba con un canto en los dientes. Aquel señor peculiar los miraba sin disimular el odio y la rabia en sus ojos.
Pasaron las primeras semanas tan tranquilas que parecía otro edificio. Ni un grito, ni un mal olor… Nada. Pero entonces la madre de mi amiga recibió una llamada de asuntos sociales. Habían sido denunciados por maltratar a sus hijos, dejarlos solos de noche y desatenderlos a diario y debían recibir a las trabajadoras sociales en su casa ese mismo día. Ella se asustó como nunca en su vida se había asustado, pero no tenían nada que esconder, así que simplemente pasó el aspirador era mañana con un poco más de detalle y, sin más preparativo, esperó la llegada de aquellas dos jóvenes.

La entrevista con ellos y, posteriormente, con sus hijos, fue extraña pero en un tono amable. No podían decir quien había denunciado, pero sí que los acusaban de pegar a sus hijos, de gritos e insultos hacia ellos y de que quedasen solos en casa con frecuencia, desatendidos y sin cenar, mientras ellos dos salían hasta tarde y llegaban en malas condiciones. La madre lloraba asustada porque no entendía que alguien pudiese inventar algo así. El padre, serio, entendió lo que pasaba e intentó explicar a aquellas mujeres que hacían su trabajo cual era la situación entre los vecinos hasta que ellos habían intervenido. Una de ellas dijo que era algo que pasaba más de lo que se podían imaginar, pero que ellas debían investigar y que debían tener cuidado, pues ahora el foco estaba en ellos y las cosas podrían torcerse.
En la siguiente tutoría con la profesora de mi amiga, ésta le contó que asuntos sociales había estado allí y que habían hecho un informe, pero que no entendía nada, pues aquella niña era traviesa e inquieta, pero se veía que era una niña querida, que iba siempre limpia y con buena actitud al cole y no sabían cual era el motivo de sospechar que pudiera estarle pasando algo grave. Tenían un niño en clase que creían que podría estar en una situación complicada y no conseguían apoyo para que se investigase por no tener pruebas, sin embargo habían recibido aquella visita repentina y seguían recibiendo llamadas por su hija, que era evidente que vivía en un hogar estable con comodidades.

En el control de edad de los 6 año de su hermano, la pediatra le dijo que debía examinarlo un poquito más, ya que habían pedido del ayuntamiento un informe. El cabreo del padre de mi amiga lo llevó a subir un piso más al llegar a casa y discutir acaloradamente con su vecino, que negaba tener nada que ver con aquello. La señora de al lado salió a darle la razón, pues lo había oído hablar con unos policías en la puerta días antes diciendo que oía gritar a la niña. En aquella ocasión la policía no había siquiera llamado en el piso de abajo, pero esa misma noche las cosas cambiaron. Justo antes de dormir, mi amiga y su hermano se pelearon, como cualquier pareja de hermanos de esas edades. Pocos minutos después de que su madre consiguiese separarlos, al otro lado de la puerta timbraba una pareja de policías.
Ella abrió incrédula, ellos se disculparon y dijeron conocer aquel hombre conflictico que llamaba sin parar, pero ante una posible situación de malos tratos y con un expediente abierto debían acudir. Allí estaba mi amiga despeinada de los tirones de pelo de su hermano, y el pequeño con los dedos marcados en la cara del bofetón que su hermana le había propinado para que la soltase. Por mucho que explicó la situación, por mucho que ellos la entendieran, se abrió un parte en el que se pedía examinar el caso con detalle, pues aquellos niños habían sido golpeados y era su palabra contra la de un vecino.

Finalmente hubo un juicio, al que acudieron todos los vecinos (aunque hablaron solamente dos) a dar su apoyo a la familia. Los informes favorables de la pediatra, las tutoras del colegio de los niños y las entrevistas con los niños por parte de las trabajadoras sociales, los exculpó de cualquier acusación. Pero el tema no acabó allí. Pues todos habían llamado al propietario que, aprovechando una cláusula del contrato que le permitía reclamar el piso para uso propio, envió un burofax a aquel impresentable informando que tenía dos meses para abandonar la vivienda. Ese mismo día se cruzó con la vecina de al lado y su locura se desató, no pudo más con tanta frustración y, de un empujón, la tiró por las escaleras.
Ella no recuerda bien qué pasó con aquel señor, solo que no lo volvieron a ver. Su vecina empezó a tomar café por las tardes con su madre y se hicieron amigas. Cuando pudo quitarse el yeso de la pierna incluso llevaba a mi amiga y su hermano al parque y hoy en día siguen teniendo contacto. Pero recuerdan con mucha angustia aquel tiempo en que sus padres fueron examinados con lupa ante la amenaza de llevarse a sus hijos por culpa de un descerebrado.
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