Rosa, 60 años: no lo veía capaz de mantener una familia. En mi época lo raro no era casarse, sino no hacerlo. Nos íbamos de casa de nuestros padres a casa de nuestro marido, sin escalas. En mi caso, tenía dos pretendientes: uno que estaba estudiando Medicina y otro que llevaba desde los 15 años trabajando en el campo. Uno tenía un futuro prometedor y el otro un presente asegurado. Yo estaba muy enamorada del estudiante, pero mi cabeza me decía que era una apuesta arriesgada, que igual no acababa la carrera, que quién me aseguraba a mí que, cuando la acabase, no me cambiaría por otra. El del campo tenía una buena hacienda, animales, huerto… al menos aseguraba llevarse algo a la boca cada día. Al final me casé con el segundo, con el del campo. Nunca nos faltó de nada, pero el amor nunca terminó de florecer en mí. Con el paso de los años supe que el otro no solo terminó Medicina, sino que se hizo cardiólogo, y en su día se casó y tuvo una familia bien avenida. Yo sé que no me habría fallado, pero le fallé yo a él, y me fallé a mí misma no escogiendo lo que quería mi corazón.
Elena, 34 años: preferí seguir la fiesta. Cuando era joven era muy juerguista. Empecé a salir de fiesta con apenas 15 años. Con 18 conocí a un chico algo mayor que yo, tenía 23. Yo estaba coladita por él, pero le sacaba mucho partido a la noche. Poco a poco él quería otro tipo de vida, hacer planes más tranquilos, dormir los fines de semana… mientras que yo lo que quería era descontrol y desfase. Discutíamos mucho porque yo quería que me acompañase de fiesta y él lo que quería era estar tranquilo en pareja. Yo elegí la calle. Corté con él porque no me dejaba vivir la vida que yo quería. Hoy, muchos años después, veo las fotos y las historias que sube a las redes: una vida asentada, bonita, con una mujer y unos niños preciosos. Ahora la de la vida tranquila soy yo, solo que sin nadie con quien compartirla.
Carmen, 45 años: le fui infiel. Yo era muy inmadura, con muy poca inteligencia emocional. Estaba muy bien con mi pareja, teníamos una relación estable y sana, pero un día, saliendo de fiesta con mis amigas, conocí a un chico. Me sedujo, me dijo lo que quería escuchar y caí redondita. Le fui infiel a mi pareja aquella noche y, para colmo, ni siquiera fue como esperaba. Recuerdo que llegué a casa y mi pareja estaba dormida. Me sentí fatal, culpable, una basura. Nunca le confesé lo que había hecho, pero algo dentro de mí ya se había roto. Empecé a estar distante, esquiva, seca, y él lo notaba. No entendía qué había cambiado y yo no era capaz de decírselo. Al final acabó dejándome él a mí, harto de una actitud que no comprendía. Nunca supo el motivo real, pero yo sí, y cargo con ello desde entonces.
Lucía, 38 años: escuché a mi familia. Mi familia siempre ha sido muy clasista, de esas que se fijan en los apellidos, en el barrio y en a qué se dedican tus padres. Yo me enamoré de un chico humilde, hijo de una limpiadora y un albañil, un chico trabajador, noble y con las cosas muy claras. Pero para mi familia no era suficiente. Mi madre me decía que no había luchado tanto por darme una buena vida para que yo la tirara por la borda con un «muerto de hambre». Al principio le planté cara, pero la gota malaya hace su trabajo, y al final acabé cediendo. Lo dejé, y le hice mucho daño con la excusa que le di, que no era suficiente para mí. Años después me casé con quien mi familia consideraba «un buen partido», y hoy estoy divorciada de un hombre que me trataba fatal, mientras que aquel chico humilde tiene su propia empresa y, por lo que sé, es un marido y padre maravilloso. Elegí los apellidos y perdí a la persona.
Marga, 55 años: me pudieron los prejuicios. Me enamoré de la persona equivocada, o mejor dicho, del cuerpo equivocado. Yo siempre había estado con hombres, y cuando conocí a Sara todo mi mundo se tambaleó. Nunca me había sentido así con nadie, hombre o mujer, pero el qué dirán pudo conmigo. En aquella época, en mi entorno, dos mujeres juntas era motivo de escándalo, de cuchicheos, de señalar con el dedo. Tuve miedo. Miedo de mi familia, de mis amigos, del pueblo entero. Así que corté con ella antes de que aquello fuese a más, y me refugié en la vida que se suponía que tenía que llevar. Me casé con un hombre, tuve hijos y, aunque los quiero con locura, nunca he vuelto a sentir lo que sentí con Sara. Ahora, con la edad que tengo y viendo cómo han cambiado las cosas, me arrepiento de no haber sido valiente. Sara rehízo su vida con otra mujer y, según me cuentan, es muy feliz. Yo elegí encajar en lugar de ser feliz, y ese es un precio que llevo pagando toda la vida.
Todos los nombres han sido cambiados.
Delice.
