Para empezar fuerte, puedo decirte que ayer, a las doce menos veinte de la noche, estaba escuchando sus razones por las que no debía ducharse antes de ir a la cama, y la verdad es que no encontré ningún fallo en sus argumentos. Así que, como no tenía ganas de discutir, cogí una bayeta con jabón y lo limpié así. No tenía fuerzas para discutir con un ser humano de tres años.
Sí, TRES años.
Canal de mamis y niños en whatsapp
Podréis pensar que soy poco autoritaria o una blanda, pero nada más lejos de la realidad. Me encantaría poder decirle “porque lo digo yo” o “porque soy tu madre”, como suele funcionar con la mayoría de niños, pero con él no cuela. Te puede dejar ojiplática al soltar un “eso no es un argumento convincente”. Y te dan ganas de reír, claro, porque la frase es más grande que él. Pero en estos pulsos, si te ríes, pierdes.
En su parto hubo sufrimiento fetal y falta de oxígeno, así que el equipo médico decidió que debía ser revisado por neuropediatría durante unos meses.
El primer microinfartito me dio cuando, con 20 meses, la neuropediatra me preguntó si yo veía a mi hijo “normal”.
(Y yo qué sé, señora. Solo tengo un hijo y no tengo ni idea de lo que es «normal»). Eso pensé. Lo que contesté fue: “¿No es normal?”. Y ella: “A ver, un niño de esa edad no dice que quiere arreglar un tren con un taladro”. Yo llevaba ya semanas escuchando sus peticiones de que lo llevase a la estación a arreglar el tren.
Después de muchas pruebas, llegó el diagnóstico. Aunque aún es pequeño y en unos años habrá que evaluarlo de nuevo. Y cuando llegó… lo llevé mal. Dudé mucho tiempo si estaría a la altura.
Y aprendes a vivir con ello, porque es tu hijo y lo quieres más que a nada. Pero hay días en los que pienso: “si no fuera mi hijo, me caería mal”.
Se pasa el día haciendo preguntas que no sé responder o filosofando sobre conceptos que un niño de su edad ni debería conocer. No hace mucho me dijo que Merkel no dejaba que hubiera trenes de vapor en Europa porque contaminaban. Ingenua de mí, le pregunté: “¿Pero tú sabes qué es Europa?”, y me responde: “Claro, mamá. ¿No sabes dónde vivimos? Pensaba que tú eras la inteligente de la casa”.
Otro día no entendía por qué me había casado con su padre, habiendo tantas personas en el mundo. A veces yo tampoco lo entiendo, pero esa es otra historia.
Me paso la vida escondiéndome porque me hace pasar muchísima vergüenza. Soy una persona discreta… y Dios me ha mandado un señor de 85 años atrapado en el cuerpo de mi hijo, que cuando alguien cruza en rojo se pone a señalarlo y gritar: “¡Tuuuuu, denunciao!”. Le digo que no puede decir eso y él me responde: “Yo no lo denunciaría si cruzara en verde”. Otro jaque mate. Porque si tiene razón, se la tienes que dar.
Si la maternidad ya es difícil de por sí, con él tengo el nivel pro.