Vivo con el temor a que mis padres no estén. Sé que no debería anticipar lo negativo, y lo cierto es que eso no me impide ser feliz e independiente. Pero pienso en ello con mucha frecuencia y adelanto momentáneamente la tristeza, hasta que se me pasa. Supongo que muchas lectoras habituales de Weloversize ya habéis pasado por ello.
Estoy unida a mis padres, aunque no soy muy muy familiar. De hecho, vivo a 800 km de mi ciudad de origen, en la que viven tantos ellos como mi hermano, amigas y toda la familia materna y paterna. Pero, cada vez que los veo, constato que son más y más mayores.
Mi padre ronda los 70, y mi madre los 65. A mi padre le cuesta sentarse y le duelen las piernas y la cintura frecuentemente, aunque el hombre trata de mantenerse activo. Pero pasar 40 años en una vida realizando trabajos muy físicos causan mella en la salud de cualquiera a largo plazo. A mí madre le han dicho que, de momento, no se preocupe en exceso por sus pérdidas ocasionales de memoria, que es fruto del deterioro propio de la edad, pero reúne algunos factores de riesgo para el Alzheimer.
No sé si pensar continuamente en la orfandad tiene que ver con que vivo lejos y no los veo tanto como me gustaría. Aunque tengo amigas, buenas relaciones con el resto de la familia y una relación de pareja sana y feliz, sé que nunca nadie me va a querer, apoyar, ayudar y valorar como lo hacen mis padres. Y, al pensar en ellos, anticipo cierta sensación de soledad y desvalimiento.
A eso hay que sumar las consecuencias para la unidad familiar. Tengo buena relación con mi hermano, aunque no demasiado estrecha porque él es muy independiente. Mis padres actúan como argamasa, y temo un progresivo distanciamiento de él cuando ya no estén.
No es solo por lo que recibo y por el soporte que son para mi vida, sino que, además, me gusta estar con ellos, compartir momentos y ser cariñosa con los dos.

¿Será diferente cuando se tienen hijos?
Es una pregunta que me he hecho en alguna ocasión. He leído y me han contado que, muchas veces, los hijos actúan como motor en los momentos difíciles. Sé de gente que perdió su trabajo con una hipoteca que pagar, sin apenas para comer, y confiesan que lo que los hacía levantarse de la cama cada mañana, y no abandonarse, eran sus hijos. Instinto y responsabilidad.
Creo que los hijos se deben tener ÚNICA Y EXCLUSIVAMENTE con idea de proporcionar un amor altruista. Me parece poco ético tener hijos para que suplan carencias emocionales o dar soporte vital cuando sus padres sean mayores (aunque terminen haciéndose cargo, pero no deberían estar obligados). Pero también creo que tener hijos podría hacer más llevaderos momentos de angustia como la pérdida de padres a los que estás unida, y que te dejarán vacío. Igual es una creencia errónea, las madres son las que pueden saberlo.
Mis amigas sin padres
Esto es la vida misma. Se vive mejor aceptando que habrá un final y estando en paz con ello, no con miedo a las pérdidas inevitables. Así que, intentando hacer ese ejercicio, me fijo en los ejemplos de aquellas amigas que ya han perdido a su padre o a su madre. Todavía ninguna ha experimentado la ausencia de ambos.
Dos de ellas perdieron a sus padres en circunstancias bastante trágicas, y las dos han necesitado terapia. Otras tres los perdieron después de largas enfermedades y, aunque eso adelanta y prepara el duelo, nunca se está preparada para el adiós definitivo de alguien a quien verdaderamente quieres. Todas se acuerdan de ellos a diario, según me han dicho en alguna ocasión. Y todas tienen hijos.
No sé cómo lo afrontaré cuando tenga que pasar, ni qué vacío me dejarán, ni cómo lo gestionaré. Pero hay algo que sí puedo controlar, y es la manera de hacerme presente y tratarlos en sus últimos años. Quiero estar cuando más me necesiten.
Esse