Estábamos a punto de cumplir nuestro primer aniversario. Ya sabéis, esa etapa donde empiezas a pensar que igual la cosa va en serio, que igual esta vez sí, que por fin me ha tocado alguien sin traumas ni exnovias locas. Me parecía hasta raro lo bien que iba todo. Y claro, cuando todo va demasiado bien es porque se avecina la tragedia. Llamadme negativa si queréis, pero así fue.

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Se llamaba Marcos. Bueno, al menos así se presentaba. Alto, moreno, con barbita cuidada y unos ojos verdes que impresionaban. Era guapísimo, de esos chicos que entran en un sitio y notas cómo la gente se gira a mirarlo, luego me enteré del porqué…

Yo, que nunca me he considerado un pibón, soy guapa, pero siempre me sentí un poco pequeña a su lado. Porque Marcos era realmente llamativo. A veces me preguntaba a mí misma cómo podía yo haberme ligado a un chico así: atractivo, carismático, seguro de si mismo… ¡No tenía ni un defecto!

Bueno sí que tenía algo oscuro: no hablaba mucho de su vida. En casi un año que estuvimos juntos sólo me contó que no tenía buena relación con sus padres, tampoco con su hermano, que huyó de su ciudad natal para cambiar de aires y se vino a la capital a trabajar.

“¿A trabajar de qué?” Le pregunté en una de nuestras primeras citas. “Trabajo en publicidad. Soy freelance” me dijo. Y tampoco quise indagar más.

Era tan encantador, tan atento, tan buen polvo (hablando claro), que me dejaba llevar. Me hacía sentir deseada. Como si fuera especial. Y en la cama… lo mejor que había tenido yo entre mis piernas hasta el momento. Lo daba todo. Era entregado y buen amante.

Un día, estaba tomando algo con un amigo de toda la vida. No recuerdo cómo salió el tema, pero le dije algo de Marcos, que íbamos a hacer una escapada romántica, que estaba feliz. Y a mi amigo le cambió la cara. Me miró con lástima, como si le estuviera contando que mi novio me engañaba en lugar de que estaba super bien con él. Entonces me di cuanta de que había algo que él sabía que no me estaba contando.

—¿Tú sabes exactamente a qué se dedica tu novio?

Me reí, como quien se ríe de una pregunta tonta.

—Es freelance, trabaja en su casa. ¿Por?

Entonces me miró fijamente y me enseñó algo en su móvil. Una web. Una de esas de acompañantes de lujo donde todos los chicos están cañones. Y ahí estaba. Mi Marcos en una foto en blanco y negro, camisa abierta, mirada intensa y un texto que todavía me acuerdo palabra por palabra:

Lucas. Joven, discreto, elegante. Culto, buen conversador. Me ofrezco para cenas, eventos… o una noche inolvidable. Sólo para caballeros exigentes.

Casi me atraganto con la cerveza.

—¿Es una broma?

—Ojalá lo fuera. A veces cotilleo este tipo de páginas para ver las fotos de los chicos. Yo nunca he contratado a ninguno, pero tengo amigos que sí. Y tu “Lucas” ya ha estado con varios amigos míos, y no cobra poco, que cobra un dineral por sus servicios. 

El corazón me dio un vuelco. De pronto todo encajaba y a la vez nada tenía sentido. Las escapadas de trabajo, los altos ingresos que no cuadraban con su supuesto trabajo “freelance”, los mensajes que a veces le hacían esconder el móvil. Me sentí estúpida, ingenua. Pero sobre todo, me sentí traicionada.

Esa noche no dormí. Estuve horas mirando su perfil en esa página. Sí, cobraba una pasta. Había comentarios, incluso valoraciones. ¡Valoraciones! Como si fuera una producto de Amazon. Clientes (hombres, todos) que hablaban de “su discreción”, de “su cuerpo espectacular” y de “lo profesional que era”. Algunos decían que era más que un acompañante. Que ofrecía… todo. Literalmente todo.

A la mañana siguiente, lo confronté. No con gritos, no con escenas. Estaba demasiado en shock para eso. Le enseñé la foto desde mi móvil. No lo negó. No intentó inventar una excusa. Solo se quedó callado, como si estuviera esperando mi reacción para decidir la suya.

—¿Desde cuándo? —le pregunté.
—Desde antes de conocerte.
—¿Y durante?
—También.
—¿Con hombres?
—Sí.

Me dijo que al principio solo lo hacía por dinero, pero que luego le cogió el gusto. Que le gustaba sentirse deseado. Que era solo sexo, que conmigo era distinto. Que lo nuestro era real. Que ningún cliente le había hecho sentir lo que sentía conmigo. Y que tenía muy clara su orientación, que él era hetero.

Rompí con él ese mismo día. Me sentí muy engañada. Porque durante casi un año había estado compartiendo cama, cuerpo y corazón con alguien que tenía una vida paralela y no me lo contó. Porque si me hubiera contado a qué se dedicaba, quizás lo hubiera aceptado.

En los siguientes días, me escribió varias veces. Me pidió perdón. Me dijo que me quería, que estaba dispuesto a dejarlo todo. Pero yo no quería estar con alguien que tenía que dejar algo así por mí. Yo quiero a alguien que no tenga que ocultarme nada.

A día de hoy, no le guardo rencor. Supongo que cada uno sobrevive como puede. Y él eligió ese camino quizás porque no tuvo otra opción, o si la tuvo prefirió acostarse con hombres por dinero que trabajar de cualquier otra cosa.

Y si algo me dejó claro esta historia, es que no importa lo perfecto que parezca alguien, si no está siendo sincero contigo, no es una persona real.

 

 

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