Marcos entró en el instituto siendo algo gamberro, no muy buen estudiante y un amigo gracioso y fiel en su grupo, pero que pasaba bastante desapercibido ante las miradas de las chicas. Era ese chico gracioso con el que todas se reían, pero no despertaba grandes pasiones a su paso.

Sin embargo, él solo tenía ojos para ella. Silvia era una chica con una cara muy dulce. No era la que sacaba mejores notas, ni la más moderna, ni la más popular, pero para él era algo inalcanzable, un sueño. Cada mañana esperaba en la esquina de su calle hasta que la veía pasar para poder cruzarse de frente y que tuvieran que saludarse a solas. Alguna vez se atrevía a caminar a su paso, haciéndose el encontradizo, y terminaban yendo juntos a clase.  

Ella le sonreía y su corazón palpitaba con tanta alegría que le importaba un poco menos tener que pasar las siguientes 7 horas en aquel instituto que se caía a pedazos.

Él se apuntó al grupo del periódico del instituto porque ella era muy amiga de la chica que organizaba las reuniones y solía estar por allí. Gracias a eso, en el periódico del instituto se publicaron preciosas fotos de animales y consejos de cuidado de mascotas cada quincena.

A pesar de las pocas expectativas que sus profesores tenían sobre él, sacó la carrera de veterinaria curso por año sin dificultad. Al llegar a la carrera se centró muchísimo en su objetivo laboral, siempre había querido tener una clínica veterinaria propia y no paró hasta que lo consiguió. Silvia, por otro lado, había acabado el instituto y se había ido a vivir a otra ciudad con sus padres, así que se perdieron la pista.

Marcos tuvo una novia a la que conoció en  el último trabajo como veterinario. Salió con ella tres años hasta que, una mañana ella llegó y, sin dar más explicaciones, lo dejó justo el día en que le daban las llaves de la que sería su nueva clínica.

Él se hundió. Lloraba todas las noches hasta quedarse dormido y se levantaba cada mañana con los ojos hinchados para abrir lo que había sido la ilusión de su vida, pero sin ganas de nada.

Era nuevo en la zona, debía darse a conocer, ganarse el boca a boca para que los vecinos empezasen a recomendarlo y ganar clientela, pero le sería muy difícil, ya que su mirada era triste y parecía haber perdido su chispa. Pero la chispa solamente se había escondido un poco, ya que, cuando publicaron en el periódico local la reciente apertura de una nueva clínica veterinaria de un joven emprendedor que apostaba todo por cumplir su deseo de la infancia (con foto incluida), Silvia la vio y decidió llevar allí a su nuevo cachorrito adoptado y así reencontrarse con un viejo amigo.

Claramente su suerte había cambiado. El timbre de la clínica sonó y Marcos, triste y taciturno, acudió a abrir rezando porque viniese un cachorrillo para vacunas, algo fácil, rápido y sencillo y que le alegrase un poco con su jugueteo. Su deseo fue más que concedido, pues aquel animalillo llevaba al otro lado de la correa a la que había sido el amor de su adolescencia. Esa chica por la que había suspirado 6 años completos, la que le había dado ánimos para estudiar y acabar lo antes posible el instituto para poder cumplir su sueño. Ella jamás fue consciente de la admiración y devoción que sentía aquel chico por ella.

Cuando pulsó el botón que abría la puerta lo hizo con más ilusión de lo que lo había hecho hasta entonces, y es que si algo le amargaba aún más que aquella ruptura era que le hubiesen roto el corazón en el momento que debía ser el inicio de un sueño. Pero el destino tenía algo mucho mejor para él, y es que si algo es mejor que cumplir un sueño es cumplir dos.

Ella lo abrazó con alegría y él sonrió con sinceridad por primera vez en bastante tiempo. Hablaban de forma atropellada para ponerse al día. Ella acababa de volver a la ciudad, cansada del destino que unos años antes habían elegido sus padres. Viviendo con ellos encontró trabajo en una tienda en la que llevaba ya unos años y había podido ascender. Ahora abrirían una segunda tienda en esta ciudad, por lo que le habían ofrecido a Silvia venirse como gerente y así poder volver al lugar donde había crecido y de donde no debería haberse ido nunca.

Ella le contó que jamás se adaptó al ritmo de aquella gran ciudad y que, cuando le salió la oportunidad de volver a su ciudad natal, no se lo pensó. Llevaba aquí dos semanas y había decidido adoptar un perro para que le hiciese compañía ahora que estaría lejos de su familia.

Él le contó que vivía solo hacía un año y que había decidido apostarlo todo para conseguir abrir su clínica, pero que estaba pasando un momento sentimental difícil y que eso le había ensombrecido el momento bastante.

El cachorro salió de allí con sus vacunas pertinentes, y ellos parecían haberse vacunado contra la tristeza, pues pasaron días con una enorme sonrisa por haberse reencontrado. Marcos llamó muy emocionado a su mejor amigo para contarle a quien había visto y este no se lo podía creer. Quedaron en verse pronto, pero ya sabemos cómo son los “ya nos veremos” cuando te haces adulto. Un día por otro…

Pero un día el teléfono de emergencias de la clínica sonó y una Silvia totalmente nerviosa lloraba al otro lado del teléfono. Marcos acudió a su lugar de trabajo muy veloz. Consiguió llegar antes que ella, así que tenía todo preparado cuando Silvia apareció por la puerta corriendo con su cachorro (bastante más grande que la última vez que se habían visto) en brazos. El pobre tenía mucha dificultad para respirar y ella no podía dejar de llorar. El perrito había comido algo del suelo y, al llegar a casa, había empezado a vomitar y se había caído al suelo. Lo habían envenenado.

Marcos hizo todo lo posible para salvarle la vida. Entró en una sala con el perro en sus brazos y le hizo señas a Silvia para que esperase fuera.

Treinta minutos más tarde la llamó para que pasase. Le dijo que no debía, pero que quería que se quedase tranquila. El perro estaba dormido, pero se encontraba bien, habían llegado a tiempo. Ahora debía pasar uno o dos días en observación, con una vía con líquidos que le ayudasen a eliminar las toxinas ingeridas y un medicamento para los daños que había causado, pero parecía que todo saldría bien. Ella se alegró tantísimo que se tiró al cuello de Marcos a abrazarle. Él, sorprendido y feliz, suspiró con fuerza para oler su pelo, tan radiante como siempre. Ella lo notó y, cuando se iba separando de su abrazo y lo miró a los ojos, se dio cuenta de que aquel chico que tanto le gustaba en el instituto, le correspondía, y le besó como sólo se besa a tu amor de la adolescencia cuando le salva la vida a tu perro: con amor, admiración, gratitud y… una pasión repentina que se apoderó de sus labios.

Marcos era totalmente feliz. Alguien lo llamó al día siguiente para decirle que se había enterado de que su ex lo había dejado porque estaba con otro tío, pero a él ya no le importaba, ni siquiera recordaba qué le gustaba de ella, si no era Silvia.

Los siguientes dos días los pasaron en la salita de la clínica, haciendo guardia por si Groot (el enorme cachorro) los necesitaba.

Groot hoy corre alegre por el jardín de la casita que se acaban de comprar, donde cuelgan cientos de fotos de la pareja feliz a lo largo de estos seis años. Lugar al que se mudaron al saber que pronto serían uno más.

Siempre especulan sobre cómo hubiese sido saber que estaban loquitos el uno por e otro 20 años antes, pero saben que todo hubiera sido diferente, ella se había tenido que ir y él debía quedarse a estudiar, así que, claramente, el destino no les dejó estar juntos entonces porque tenía algo más bonito y sólido para ellos, pasados ya los 30.

 

 

Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.

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