Sed sinceros ¿Cada cuanto cambiáis la vajilla de vuestra casa? Yo creo que la he cambiado tres veces en veinte años viviendo sola. Cuando me fui a vivir con mi expareja, cuando me mudé a Reino Unido, y cuando me fui a vivir con mi marido.

Hoy, os vengo a contar la historia de como cambiamos de vajilla 6 veces en nueve meses.

Fue con mi última compañera de piso antes de mudarme con mi pareja, pero sin duda fue la peor de todas. La llamaré Amira por llamarla de alguna manera.

Llegue a su anuncio cansada de convivir con gente que iba a su bola. ¡Yo quería lo que enseñan en las películas! Compañeros de piso haciéndose amigos, cenando juntos, ayudándose…esas cosas, así que pensé que una casa más pequeña, donde solo fuéramos dos, seria más fácil para conseguirlo.

Era un apartamento bastante cuco de dos habitaciones. Amira, de 26 años, vivía en la habitación grande, y su compañera en la pequeña. La chica se mudaba porque se iba con su pareja, y Amira buscaba a alguien para reemplazarla.

La verdad, es que las primeras semanas viviendo con ella fueron como la seda. Incluso me dejó quedarme con la habitación grande porque ella no estaba casi en casa entre el curro y la Uni. Al principio, me esperaba para tomar algo juntas, hablábamos, nos dejábamos ropa… ¡todo lo que yo quería!

Hasta que empecé a notar cosas raras. Por ejemplo, me decía que solo comía sano, tipo real foodie, nada procesado y todo cocinado en casa orgánico, pero en la basura me encontraba bolsas de McDonald’s. ¿Qué sentido tiene mentir sobre algo así? Si a mí me la pela lo que quieras comer. Nunca le dije nada sobre ello, igual había algo más profundo.

Luego, empezó con sus historias del metro. Básicamente, todos y cada uno de los días, cuando cogía el metro, algún baboso la acosaba y la seguía. Ella se cambiaba 3 o 4 veces de vagón y el tío la seguía por todos. Al final, la cosa acababa con ella saltando del metro en el último segundo, antes de que se cerrara la puerta mientras el baboso golpeaba la puerta intentando abrirla. Todos los días, distintos babosos. Pero siempre la misma historia. Un ninja era aquí Amira con toda la práctica que cogió saltando del metro.

Y os podría contar mil cosas más, pero la más asquerosa era lo poco o nada que limpiaba.

Cuando me mudé, me di cuenta de que en esa casa no había una escoba, una fregona, o un triste trapo para limpiar. Por no hablar de los productos de limpieza. Tampoco tenía ningún plato, vaso o cazuela en los armarios. Le echó la culpa a la compañera de piso que se lo había llevado todo y no le di más importancia. Pusimos un fondo común y compramos cosas para limpiar. Vajilla tenía yo de mi anterior casa.

Pero si me fijé que limpiar limpiar, poquito. Cuando llegaba a casa de trabajar, me tocaba fregar todos los platos de su comida y su cena hasta que…simplemente dejé de hacerlo.

Tres días más tarde nos quedamos sin platos limpios. Le mandé un mensaje y le dije si por favor podía fregar sus putos cacharros que en vez de platos parecían ya ositos de peluche y me dijo que sí. Cuando volví a casa me espero emocionada con una vajilla nueva que había comprado. Que mira qué bonita con las florecillas. Que no tenía tiempo para fregar, que estaba muy ocupada estudiando. ¿Pero tienes tiempo para coger el bus hasta el barrio de al lado, ir a la tienda y comprar platos?

Dos semanas nos duraron los platos. Hasta que dejé de fregarlos yo y un día, de repente, desaparecieron y fueron sustituidos por unos rojos, que fueron sustituidos por unos blancos, que a su vez cambió por unos cuadrados. Lo mismo con las ollas y las sartenes. Si no recuerdo mal, en nueve meses tuvimos al menos seis vajillas distintas. Nos duraban dos o tres semanas, hasta que me cansaba de fregarlo todo yo. Al menos las pagaba ella.

También me fijé en que nunca limpiaba nada. Hice la prueba y dejé de limpiar el baño. Limpiaba la taza, pero nada más. En aquella época yo iba a diario al gimnasio, así que me duchaba allí. Tres meses estuvo el baño sin limpiar. Hasta que la bañera se atascó por la pila de pelo que había ahí dentro. Ella tenia el pelo por debajo del culo y lo lavaba a diario. Os prometo que podríamos haber hecho un par de pelucas con el pelo que saqué del desagüe. Ni aun así lo limpió. Se apuntó al gimnasio (que estaba a una media hora andando de casa), y se empezó a duchar allí porque estaba muy ocupada y no tenía tiempo para limpiar.

Cuando se marchó y entré a su habitación para limpiarla, casi me muero del asco. Imaginaros un año de basura, restos de comida para llevar, tazas de café, toallitas desmaquillantes y botellas de agua en el suelo. Moho por todas partes, manchas en el suelo, y un olor que casi me desmayo.

Tres días tardé en deshacerme de todo. De hecho, tiré hasta el colchón porque ahí podíamos coger, como mínimo, el cólera. Al menos quedó limpia y la agencia me devolvió la fianza completa.

Por suerte, de ahí ya me mudé con mi pareja y pude dejar de compartir pisos.

Andrea M.