Llevo aproximadamente un año enamorada de mi monitor de zumba, Alejandro. Bueno, Andy, como lo llamamos todas las alumnas y como él nos ha pedido que lo llamemos. Posiblemente le guste Toy Story, tampoco se lo he preguntado. Estaréis pensando que Andy debe ser un tío cañón por ser monitor de fitness. Pues no. No lo es. En absoluto. No es muy agraciado que digamos. Es bastante delgado, muy blanco de piel y tiene los dientes un poco apiñados. Blancos, pero apiñados. Pero yo, no sé por qué, llevo más de un año colada por él. Tiene algo en su forma de ser que me fascina. Es increíblemente amable con todo el mundo y siempre te anima a sacar lo mejor de ti, no importa si bailas bien, mal o fatal.
Y baila como nadie, especialmente la bachata. Es divertido a rabiar y, aunque puede que solo sean imaginaciones mías, cada vez que me ve entrar en clase, se le ilumina el rostro. Normalmente, intento llegar muy pronto a propósito porque sé que me lo encontraré en la cafetería que hay enfrente del gym y, oh, sorpresa: «Qué pronto has llegado hoy otra vez», cafecito, risas, «Pago yo». «No, déjame a mí…».
Nuestras conversaciones nunca han pasado de aquí, pero la semana pasada, en uno de nuestros encuentros “accidentales”, Andy me propuso salir a tomar una copa el sábado siguiente y me dio su teléfono. Hice el papel de mi vida disimulando que la propuesta tampoco me hacía tantísima ilusión; incluso puse cara como de estar pensando si tendría algún hueco libre para quedar el sábado… Soy idiota, ya lo sé. Además, juraría que me puse roja como un tomate…
Cuando salimos de la cafetería, antes de entrar a zumba, entré corriendo al baño dando mini saltitos de emoción como una pava. También vi en ese momento que me había bajado la regla, seguramente por la emoción del momento, así que me puse una compresa y me fui corriendo a coger sitio en primera fila. Sus clases siempre se llenan y, midiendo 1,50, te tienes que dar prisa si quieres conseguir un buen sitio.
Bailé exagerando la coreografía, por lo contenta que estaba y, por supuesto, para seguir llamando más la atención de Andy y hacerle saber (telepáticamente) lo bien que nos lo íbamos a pasar el sábado…
El caso es que, tanto exagerar los movimientos y tanto hacerme la interesante, provocó que la compresa empezara a moverse de su sitio. Supongo que, con las prisas, en el baño no me debí enganchar bien las alas a la braga y la muy jodida no paraba de moverse. Al principio no me importó demasiado, intenté disimuladamente colocármela por encima de la malla y seguí a lo mío. Al cabo de unos instantes, la compresa se despegó por completo y la noté enganchada en mi nalga izquierda. Una persona normal, en estas circunstancias, se va al baño y se la pone bien o se pone una nueva, ¿verdad? Pues yo no. En mi fantasía de no perder ni un minuto de clase sin estar cerca de Andy, intenté, durante la pausa para beber agua, sacármela disimuladamente, hacer un gurruño con ella y esconderla en mi toalla, eso sí, doblada meticulosamente. Y lo conseguí. Seguí bailando durante toda la clase rezando para no sangrar demasiado y que mis mallas negras de Shein camuflaran cualquier posible mancha.
Cuando terminó la clase, Andy, como siempre, nos chocó la mano a todas. Las tres pelotas de siempre se quedan unos minutos hablando con él y preguntándole chorradas, cosa que yo odio, porque siempre me toca esperar a que se vayan para poder rascar el máximo de tiempo juntos. De todas formas, tampoco me importó demasiado, ya que como por fin tenía su teléfono, empecé a fantasear con el mensaje que podría enviarle más tarde. Siguiendo el pésimo consejo de mi hermana, que siempre dice que es fundamental hacerte la interesante con los tíos y no parecer una desesperada (creo que voy tarde en esto), decidí irme sin esperarle. Ya le escribiría más tarde con cualquier excusa. Apenas llegué a la puerta del vestuario, escucho la voz de Andy:
—¡Eh!, cabeza loca, ¡que te olvidas la toalla! Qué curioso, tenemos la misma toalla del Decathlon, yo en verde y tú en azul. Estas secan genial, ¿verdad? Y encima son súper baratas…
La abre (solo Dios sabe por qué la abriría…) y se cae la compresa. Llenita de sangre. Parecía un lienzo: Compresa sobre toalla azul del Decathlon, 2026. Andy se quedó en silencio. No recuerdo si llegó a decir «ups», porque me quedé completamente traspuesta. Solo sé que me lancé sobre la toalla, la envolví haciendo una bola y le dije:
—Sí, gracias. Me voy corriendo, que mañana tengo que madrugar un montón…
Me giré y, sin darle tiempo a decir ni mu, me dirigí hacia la salida como una mujer desequilibrada que llega tarde a algún sitio muy importante.
Hoy es jueves. Supuestamente hemos quedado pasado mañana. No he vuelto a pisar el gimnasio desde ese día y tampoco he recibido ningún mensaje de Andy. Mi hermana me ha dicho que soy una cerda (así, sin más, literal) y que, si el sábado aparece, lo mejor que puedo hacer es casarme con él.
Eva R.
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