Por aquel entonces yo llevaba un tiempo tonteando con un chico de mi barrio.
Nos habíamos liado un par de veces, pero como éramos dos pipiolos sin sitio donde ir, nunca habíamos llegado a más. Sin embargo, un día, por poco nos lo montamos en medio de la plaza, y nos dimos cuenta de que si no solucionábamos aquello íbamos a explotar.

Era imposible ir a su casa porque aquello siempre parecía el camarote de los hermanos Marx, tampoco teníamos coche ni, mucho menos, dinero para irnos a un hotel. Entonces, como si de un milagro se tratase, escuché a mi madre hablar con mi tía sobre unas entradas de cine para esa misma tarde. «Esta es la mía», pensé.

Oportunidades como esa no se presentaban así como así, así que después de salir de la universidad, mi rollete y yo fuimos directos a mi casa sin perder ni un segundo. Nada más cruzar la puerta, nos empezamos a comer la boca de tal forma que me sorprende que nuestras lenguas no se hicieran un nudo.

Como no estábamos para perder tiempo —llevábamos meses esperando ese momento— fuimos quitándonos la ropa por el pasillo camino a mi habitación, dejando un reguero de prendas tiradas por el suelo acompañadas de un montón de besos sonoros.

La puerta de la habitación de mis padres estaba cerrada, pero siempre lo estaba, ya que el gato se colaba y a mi padre no le gustaba. Así que todo parecía normal, no vi nada fuera de lo común que me hiciera sospechar que había alguien en casa. Por costumbre, cerramos la puerta de mi cuarto y nos pusimos manos a la obra con jadeos incluidos.

Cuando ya no podíamos más, le grité:
«¡Saca un condón y métemela ya!»
Hay que entender que llevábamos demasiado tiempo postergando aquello, así que cuando por fin sucedió, dimos rienda suelta a nuestro lado más cerdo.

Gemidos de actriz de cine para adultos, frases subidas de tono, gritos y, cómo no, el típico golpeteo piel contra piel, más conocido como «persona corriendo con chanclas».

Cuando terminamos y empezamos a vestirnos tan contentos, recogiendo la ropa desperdigada por toda la casa, escuchamos cómo se abría la puerta de la habitación de mis padres. Creo que nunca he abierto tanto los ojos en mi vida, casi se me salen de las cuencas.

Pero… ¿no se habían ido al cine?
El chaval salió corriendo medio desnudo y me dejó sola ante el peligro.

No me preguntéis por qué, pero en ese momento mi mente no daba para más y, en un arrebato absurdo de supervivencia, decidí que —ya que no podía fingir mi propia muerte— lo mejor era esconderme detrás de la puerta de mi habitación fingiendo que no estaba en casa. Como si no nos hubiese escuchado medio bloque.

Mi madre salió de su habitación muerta de risa y, con mis pantalones en la mano, se asomó detrás de la puerta donde me encontró patéticamente escondida.

¿Qué hice yo? Pues como no sabía qué hacer ni qué decir, solté una risita nerviosa y un estúpido «hola», como si fuera lo más normal del mundo estar detrás de una puerta en bragas.

Salí a terminar de vestirme y me crucé con mi padre, que estaba casi más avergonzado que yo.
Yo esperaba la bronca del siglo: un «eres una sinvergüenza», un «cómo se te ocurre», no sé… lo normal.
Sin embargo, lo único que me dijo mi madre cuando dejó de reírse fue:
«Anda hija, te habrás quedado a gusto… ¡madre mía, menuda escandalera!»

Parece ser que al final no se fueron al cine y decidieron echarse una siestecita.
¿Hace falta decir que nunca más volví a meter a ningún tío en casa de mis padres?

Esta es una de esas historias que a mí me hubiese encantado enterrar para siempre, pero que a mi madre le apasiona recordar como si fuera la anécdota más graciosa del mundo. Y por supuesto, cuanto más vergüenza me da a mí, más gracia le hace a ella.

Escrito por Mar Martín basado en un testimonio real.