Tuvimos una perrita muchos años, Tana, que murió ya de viejecita. Cuando eso ocurrió, mis niños me pedían por activa y por pasiva tener otro perro, pero yo al principio no me encontraba preparada. Pasó el tiempo, y cuando lo vimos oportuno, fuimos a un centro de acogida animal y allí conocimos a Lola. Desde que la vimos, fue amor a primera vista. Pobrecita mía, había tenido muy mala vida y era muy desconfiada, creía todo el rato que le íbamos a pegar. Nos advirtieron los cuidadores de que debíamos tener mucha paciencia con ella porque había estado sola y amarrada mucho tiempo de su vida y le habían dado palizas, de manera que huía de quien se le acercaba y no quería cuentas con nadie. No era para menos.

Fuimos varios días a verla hasta que nos la pudimos llevar a casa. Los primeros días fueron raros porque nosotros estábamos deseando darle amor, pero ella nos rehuía, y mis niños, aún pequeños, no entendían mucho por qué su nueva perrita no jugaba con ellos. Les explicamos que Lola necesitaba tiempo y que pronto entendería que éramos su familia, que la íbamos a querer y a cuidar y que entonces seguro que sería más cercana y se dejaría achuchar y querría jugar.
La perrita llevaba con nosotros una semana cuando un día fuimos por un sendero cercano a mi pueblo a caminar con ella. Mi hijo pequeño la llevaba con su correa cuando empezaron a tirar cohetes y la perra salió corriendo como un rayo. Tanto que tiró a mi hijo pequeño y se llevó la cadena puesta. Estuvimos corriendo detrás de ella, pero no hubo forma de alcanzarla. Empezó a anochecer en el campo y por más que la buscamos y la llamamos no había manera de que apareciera. Dejamos a los niños con mis padres y mi marido y yo, junto con gente de la protectora (a los que avisamos por si Lola acudía al escuchar sus voces), y otros amigos de pueblo, nos dispusimos a buscarla con linternas. Pasamos la noche en blanco y Lola no aparecía. Mis niños destrozados, todos hechos polvo. Hicimos batidas durante tres tardes más, ya que por la mañana trabajábamos.

Pusimos carteles en nuestro pueblo y en pueblos cercanos. Pero no hubo suerte. Nos hicimos a la idea de que la habíamos perdido para siempre y nos hería en el alma pensar en que volvería a una mala vida cuando nosotros deseábamos con todo nuestro corazón hacérsela fácil y bonita. Mis hijos lo pasaron fatal esos días, y nosotros también.

A los seis días de perderla comenzaron unas lluvias muy fuertes. A mí no se me iba de la cabeza mi pobre Lola, mojándose, en enero, pasando frío. Yo le pedía a Dios que hubiera encontrado un refugio, porque después de tantos días, y habiendo vivido en nuestra casa apenas una semana, era imposible pensar en que supiera volver.
Esa noche no me podía dormir escuchando la lluvia tan fuerte y pensando en ella. Pasaban las horas y yo no podía pegar ojo. Escuché ruidos en el patio delantero, como si rascaran la puerta. Miré por la ventana y pensé que se me estaba yendo la cabeza y ya la sugestión me estaba superando.

Me metí de nuevo en la cama y escuché ladrar. Volví a mirar y me pareció ver un perro en mi puerta, pero era imposible que fuese ella. Abrí la puerta y Lola corrió dentro de la casa, llenita de barro y suciedad, mojada, hambrienta… pero feliz. Los niños bajaron y todos celebramos su milagrosa vuelta. No sabemos cómo pudo hacerlo, pero supo volver desde muy lejos a una casa donde apenas había estado una semana.

La metimos en la bañera calentita, le secamos su pelito y estuvo comiendo un buen rato. Durmió durante horas en nuestros brazos, estaba exhausta. Nos chupaba, nos movía el rabo, se le veía feliz y agradecida. Pienso que Lola, aunque estuvo sólo una semana anteriormente con nosotros, supo ver que la queríamos y que éramos su nueva familia.

Desde entonces podemos tocarla y jugar con ella sin problema, ya no es esquiva ni desconfiada con nosotros, sino que es un miembro más de nuestra familia.

 

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