Hoy en día, en las comuniones (si se hacen, porque cada vez hay menos creyentes), se regalan móviles, tablets… hasta he visto la barbaridad de regalar viajes a Disneyland.
Yo soy del 77 y, en mi comunión, lo más guay que me regalaron fue un diario secreto con candado. Tenía la imagen de una niña arrodillada, con un rosario en las manos, en la portada, y eso era lo mejor, porque el resto era ajuar.
Imagino que no sabes ni lo que significa eso de ajuar. Te cuento.
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El ajuar es el conjunto de ropa, textiles y objetos personales y del hogar que se preparan para una persona o para una casa, tradicionalmente con un significado especial: que te cases. Y en mi época, si eras niño te preguntaban por la novia y, si eras niña, por el novio. No había más opciones; no teníamos referentes de otra cosa que no fuera la familia hetero y católica.
Así que no solo me regalaron sábanas con mis iniciales bordadas o alguna con mi nombre entero: ollas, sartenes, sandwichera, juegos de toallas, utensilios de cocina, vajilla, cubertería de la buena —de esa que solo sacas en Navidad y va en maletín—, vasos, copas y más enseres para la presunta boda.
Allí me estaban regalando mucho más implícitamente: normas, patriarcado envuelto en celofán, sumisión heredada, juicio moral, mi cuerpo colonizado, mi deseo censurado, mi futuro decidido por otros, con celo, en cajas y con lazo.
Mi hermano el otro día decía que ojalá a él le hubiesen hecho eso también, porque se habría ahorrado pasta. Pero lo que él no sabe es todo lo que tenía que pagar a cambio de esos regalos. Además, él se compró las cosas a su gusto, no tuvo la cocina con la moda de hacía quince o veinte años atrás y eligió si casarse o no, porque de él no se esperaba lo mismo.
Cuando yo nací ya me marcaron, como a las vacas, con el crotal en las orejas. No fui una niña muy repipi, menos mal, de esas a las que ponen siempre con vestidos y lazos en el cabello. En lo que era la ropa no me adoctrinaron mucho, aun así se veía claramente que era una niña.
No entiendo la obsesión de marcarnos, de que socialmente demostremos con un solo vistazo si somos hembras o machos. Yo voy por el bosque y, cuando veo animales, no sé si son machos o hembras, ¿y qué más me da? Igual debería pasar con los humanos, ¿no crees? ¿Por qué nos marcan y nos tratan diferente desde que nacemos?
Hay muchas familias que tienen varios hijos o hijas y, si su futuro es muy diferente, la frase de los padres es siempre la misma: «Si los eduqué igual». Mentira.
Este es un claro ejemplo: mi hermano tiene año y medio menos que yo, nos confundían por gemelos, así que somos de la misma quinta, y a él no le grabaron a fuego en el inconsciente, con ocho años, que su función en el mundo, que su misión más importante, era casarse y formar una familia.
Si una mirada, un gesto, un acto, un instante concreto puede dejar huella en una niña o un niño, imagínate lo que hacían en nuestros cerebros esas tradiciones diabólicas.
Mis hijos no han hecho la comunión; la mayor está bautizada y el pequeño no. A mi hija le puse pendientes al nacer, porque aún estaba en esa rueda de «es lo que toca», pero mi hijo, ahora con 16 años, lleva cuatro pendientes. Ahora ya me quedó claro que nunca es tarde para tomar conciencia ni para romper tradiciones que te duelen y que pueden hacerles daño a ellos.
Siempre les he dejado claro que son libres de escoger si quieren tener pareja o no; que el amor no tiene cabida en un cerebro cuadrado; que hay muchas maneras de relacionarse; que lo cuestionen todo y que su prioridad deben ser siempre ellos mismos.
Quiero ser la referente que yo no tuve.
Porque si un gesto deja marca, yo elijo que la mía sea la libertad. Que lo que se les grabe en el cerebro no sea el miedo, ni el molde, ni el «es lo que toca», sino la certeza de que pueden ser, amar y vivir sin pedir permiso. Y si se caen, que sepan que allí estaré para ayudar a levantarlos, soplarles la herida y abrazarlos para seguir.
Romper tradiciones también es una forma de cuidar.
Raquel Romarís