Estás harta de escucharlo. De leerlo. Te lo dicen tus amigas, tu madre, tu psicóloga, tus compañeras de trabajo. “Si es que eliges mal, te gustan los malotes”. Y tú, para defenderte de esas verdades como templos, sueltas súper convencida: “No puedo controlar quien me gusta, eso me nace y ya está”.
Después de unas cuantas hostias y ante un ejercicio de reflexión y autocrítica, le echas un vistazo a tu currículum sentimental y te das cuenta que, tal vez, tienen razón: va a ser que repites unos mismos patrones sadomasoquistas o qué sé yo… que te obsesionas con los tíos que pasan de ti, te tratan mal o incluso ya te dicen de entrada que no quieren nada contigo.
Qué manera de castigarte a ti misma, oye.

Un día aparece alguien, alguien que no esperabas para nada. Es diferente a todos los cafres con los que has tenido citas; parece ir de frente, ser emocionalmente estable y asertivo… Además, te presta la atención que te mereces, incluso os vais de finde a la montaña! Pero después, ya sabemos cómo va esto en la era de la fobia al compromiso: él empieza a enfriarse, a no mandar WhatsApps, a ponerte excusas para no quedar…
Me pasó a mí hace poco, con ese tío súper sensible y atento que os estoy describiendo y al que llevaba meses conociendo. Pensé que, se acabara pronto o no, era un buen chico y sería honesto conmigo en todo momento.
El chico se enfrió. No pasa nada, estaba en su derecho. Pero no tenía derecho a no decírmelo y a mandar señales contradictorias. Después de tres semanas sin hablarme, decidí preguntarle por iniciativa propia. Preparaos para su frase estelar: “Eres una tía genial, eh? Podemos ser colegas. Además, conoces los restaurantes más guays de la ciudad… si algún día te apetece ir a alguno, tú pregúntame que seguramente te diré que sí, si no tengo nada que hacer”. Eh, ¿hola? ¿perdona?
Y llegas a la siguiente conclusión: si el que parecía ser “normal” ha resultado ser un imbécil de manual… ¿cómo puedo saber en quien confiar? ¿Qué pasa cuando te ha decepcionado hasta este perfil de persona? Primero, decirte que hay mucho cordero disfrazado de lobo (como decía mi abuela)… o sea que no te culpes por no haberlo visto antes. Hay gente con mucha habilidad para disfrazarse tras su infinita inseguridad.
Después de cada historia parecida a esta, puede que tu autoestima se vea afectada al principio… pero luego, ves que esas personas no han tenido la capacidad de valorarte y que tú eres mucho más que el trato que has recibido. Te empoderas y te alimentas de ti misma, sabes (aún más) cuánto vales y que no debes esperar migajas de nadie porque tú lo que quieres es la pizza entera.
Hazte un favor: disfruta de tus relaciones del presente, no te obsesiones con un posible ghosting o con la idea de añadir otra decepción en tu lista.
Son heridas de guerra, son aquello que te ha hecho bella, lo que te ha hecho interesante, lo que te ha hecho resiliente. Enamórate de los planes que haces contigo misma, sabiendo que todo va a estar bien precisamente por ser cómo eres y aplaude a todos aquellos que has dejado atrás. Te lo digo yo, escribiendo con mi copa de vino en uno de “los restaurantes más guays de la ciudad”.