Lo mío con Paco no fue amor a primera vista.

De hecho, si alguien me hubiera dicho que yo acabaría casada con ese hombre, me habría llevado las manos a la cabeza, habría puesto algún gesto de asco o incluso me habría ofendido (y ser consciente de ello me avergüenza, la verdad).

 

Rebel Wilson asco

 

Aunque nunca me he considerado una persona superficial ni puedo “presumir” de que mis parejas anteriores hayan sido Adonis o Míster España, siempre han estado en un baremo “normal” en lo que al físico se refiere: podían ser “del montón”, monillos, graciosos, pero no extremadamente feos como en el caso de Paco.

Y es que el pobre no es que no fuera guapo, es que directamente era feo, objetivamente muy feo.

 

 

Paco y yo nos hicimos amigos enseguida, nada más conocernos.  Su ausencia de atractivo físico la compensaba con creces con una personalidad maravillosa, una inteligencia excepcional y un carácter ideal.

Nuestras formas de ser y de ver el mundo encajaban perfectamente. Me hacía reír, sacar lo mejor de las cosas y lo mejor de mí. Era encantador y una persona de 10 con la que sentía que estaba en casa.

 

 

Se acabó convirtiendo en mi confidente y mi máximo apoyo.   Pasó bastante tiempo y, cuanto más lo conocía, más unida me sentía a él.   Y un buen día dejé de percibir como tan desagradable su aspecto. De hecho, me empezó a parecer, no solo guapo sino el hombre más guapo de todos los que había conocido.

Me enamoré de él de la forma más loca y profunda que había sentido en mi vida. Nos enamoramos a la vez con la misma intensidad, y empezamos una preciosa relación de pareja.

 

 

Ahí es donde empieza esta absurda historia de incredulidad por parte de nuestro entorno debida a nuestras diferencias físicas.

Yo, sinceramente, tampoco soy Marilyn Monroe, pero tengo que reconocer que sí bastante resultona y suelo llamar la atención.   Siempre he entrado en el prototipo normativo de “tía buena” impuesto socialmente, y esta diferencia entre ambos es precisamente lo que llamaba la atención a todo el mundo.

 

 

A veces nos decían que juntos parecíamos personajes de una película. Juntos se magnificaban nuestras características y diferencias.   La más visible (a parte de nuestros rasgos faciales), nuestra altura: yo, muy alta y de constitución esbelta. Él, muy bajito y más bien rechoncho.

La frase típica que más nos ha acompañado durante todos estos años, ha sido:   “No pegáis nada”.  

 

Desde que empezamos a salir, nadie a nuestro alrededor se creía realmente que estuviésemos juntos, aunque nos viesen continuamente uno al lado del otro.

Ni aunque lo dijésemos abiertamente o directamente nos tuviesen a un palmo de sus caras viéndonos de la mano o morreándonos.  

Cuando al fin se hacían a la idea de que no era una broma y nuestra historia era real e iba en serio, empezaban a buscar todo tipo de explicaciones retorcidas sobre nuestra relación en las cuales casi siempre era yo la mala de la película, por cierto.

 

 

Las personas de su entorno, que no me conocían de nada, especulaban sobre si yo estaba buscando aprovecharme de él por su dinero. Los pobres desconocían que mi sueldo y mi trabajo me hacían ganar aún más que él…

También nos llegaron algunos otros comentarios que dudaban de mi salud o estabilidad mental y que me convertían en una mujer traumatizada o extremadamente celosa que necesitaba tener a su lado a alguien tan poco agraciado para estar segura de que nunca iba a tener competencia.  

 

 

Incluso hubo alguna vecina malintencionada que, ya viviendo juntos, nos expresó su pena porque con un padre así mis hijos no serían lo guapos que podrían ser teniendo una madre tan bonita.

 

En fin… la suerte fue precisamente la belleza real de mi pareja, la que crecía y brillaba de dentro a fuera.

Fue gracias a esa hermosura interior que él nunca diera ninguna importancia a estos comentarios y que consiguiera que yo también dejara de dárselos, ya que a mí al principio me dolían y me afectaban demasiado.

Él, con su carácter ejemplar, se reía de todo y de todos y acababa dando la vuelta a la situación. Al fin y al cabo, lo que nos tenía que importar eran simplemente nuestros sentimientos y nuestro bienestar y en eso precisamente íbamos sobrados.

 

Han pasado bastantes años de esos comienzos. Nos casamos y tuvimos dos hijos que, además, salieron preciosos, demostrando el error en el que estaban aquellas suposiciones mal intencionadas.

Y lo mejor de todo es que no solo son tan lindos porque se parezcan a mí, sino que lo son siendo también clavados a su padre: el hombre más guapo del mundo.