Tengo un bebé de ocho meses y llevo cuatro sin darle besos. Suena a peli de terror para madres y es completamente así. Sí, cuatro meses reprimiendo el instinto materno de comerme a besos a mi hijo porque me ha salido un herpes en la boca y no hay forma de que se cure.
La primera vez que fui al médico el diagnóstico fue rápido: un herpes simple que, probablemente, se me habría desarrollado por estrés. La suma del físico (casi no dormir, estar dando el pecho…) y el emocional (el posparto, la adaptación a mis nuevas circunstancias…) hicieron de las suyas.
Con la medicación la cosa no podría ir más allá de diez o quince días. Eso sí, en ese tiempo nada de besos y, por supuesto, eso implicaba a mi bebé de cuatro meses.
A los quince días las cosas no mejoraron y volví a pedir cita en el médico. Como la sanidad pública está como está, tardaron quince días en darme cita y ya sumábamos un mes sin mejoras ni besos a mi bebé.
Pensé en ir a urgencias, pero nunca me había separado de mi hijo más de dos horas y eso se podía alargar mucho. No me había sacado leche y me suponía un estrés adicional. Así que preferí esperar.
El médico me dijo que, efectivamente, el herpes seguía ahí como el primer día. Parecía que mis defensas estaban bajas y el cuerpo estaba tardando en controlar el virus, y esto alargaba el brote. Tenía que seguir con el Aciclovir y volver en dos semanas.
Nadie se imagina lo duro que es estar dando de mamar a tu bebé y no poder besarlo. Olerlo a cada segundo y tener que mantenerte lejos. Sufrir porque todos lo besan menos tú es un suplicio.
Os mentiría si no pensé en hacerlo y punto. Pero es tan pequeño que decidí no ser egoísta y, claro, todo se convirtió en un círculo vicioso: como no le daba besos tenía estrés emocional, el estrés no ayudaba a que se curara el herpes, el ver que el herpes no se cura hace que me estrese más… Y así llevo cuatro meses.
He vuelto a urgencias, me están haciendo pruebas y el diagnóstico es claro: un herpes que no cura porque mi sistema inmune sigue atacándome. Habían barajado otras opciones como una dermatitis o eccema persistente, una infección por hongos, aftas… Pero no.
Así que así estoy: cuatro meses de mi bebé que no me van a devolver y sumida en una depresión. Hace poco decidí intentarlo por la vía psicológica y llevo dos sesiones de terapia para ver si, reduciendo el estrés y atacando la depresión, el herpes desaparece.
Mientras tanto, sigo viendo cómo mi hijo crece sin mis besos…