Hace años tuve un trastorno muy común: candidiasis. El hongo “cándida albicans” vive de forma natural en nosotros, en pequeñas cantidades en la vagina, la boca, el intestino y la piel; sirve para entrenar a nuestras defensas, funciona para equilibrar el pH de la zona íntima, como barrera contra patógenos peores, reduce la toxicidad de metales pesados y estabiliza la estructura de la comunidad microbiana en el intestino.

Más testimonios reales en whatsapp

O sea, que está en nuestro cuerpo por algo. El problema surge cuando algo altera el equilibrio de la microbiota, como tomar antibióticos, embarazarse, padecer diabetes, tener el sistema inmunológico flojo o incluso la toma de anticonceptivos. Así que descartamos que “nos pique el chocho por guarras”.

Resulta que aproximadamente el 75% de las mujeres van a sufrir candidiasis al menos una vez en la vida, el 50% de ellas repetirá e incluso entre el 4% y el 10% las tendrá recurrentemente con 4 o más episodios anuales. No sé si ya la habéis probado, pero pica que te mueres, tu flujo tiene textura de requesón y huele a trucha. Es la afección ginecológica más común.

El remedio son antifúngicos recetados por un profesional médico y después debes tomar probióticos para evitar que el hongo vuelva a proliferar de más, estos no te los cubre la Seguridad Social y no son precisamente baratos. Y cuídate de coger los adecuados porque resulta que los hay también para el intestino, porque también se utilizan frecuentemente como apoyo en el tratamiento del síndrome del intestino irritable, la acidez y enfermedades inflamatorias como la enfermedad de Crohn o la colitis ulcerosa. Sí, la primera vez los compré mal.

Por azares de la vida estuve un tiempo bien, pero volví a tener aquello echando fuego y me diagnosticaron la segunda afección genital más común: la vaginosis, esta de naturaleza bacteriana, también bichitos que viven previamente en nosotras con sus propias funciones (ocupa un espacio en la mucosa de la pesetilla, forma parte del ecosistema, coopera con el equilibrio de la microbiota, etc.).

Yo probablemente porque tenía el pH alterado, pero tiene motivos múltiples para aparecer: limpiar la vagina con productos que son perjudiciales, cambios hormonales, un cambio de pareja sexual o incluso fumar. Volvemos a descartar ser unas cerdas, pero nos pica el juju cosa mala, y la textura es similar al del requesón.

La cosa es que esto afecta entre el 23% y el 29% de las mujeres en edad fértil en todo el mundo y es tan persistente o más que la candidiasis, ya que cerca del 30% de ellas vuelven a tener síntomas en los primeros tres meses tras el tratamiento, y más del 50% experimentan una recaída antes de que pase un año. ¿Y lo mejor? Se trata con antibióticos, que no sé si recordáis qué pueden generar: sí, ambas afecciones al alterar la fauna y la flora de nuestros aparatos reproductores. Pero no os preocupéis, que eso puede controlarse con probióticos, esto también evita que proliferen las bacterias malas.

Así que otra vez hay que dejarse una pasta en unos suplementos de microorganismos vivos y levaduras, que es lo que son los probióticos, para que ni tengas el chichi en carne viva en breves de nuevo. Para la variante intestinal hay opciones en alimentos fermentados (kéfir, yogur natural, queso roquefort, kombucha…) que funcionan en menor medida, pero no puedo asesoraros en eso, porque a mí solo me ha afectado en mis partes nobles.

Conozco muy pocas mujeres a las que no les hayan recomendado los probióticos, otro elemento totalmente necesario para nosotras que es invisibilizado y que se mantiene a precios prohibitivos. ¡Un lujo! No tenemos poco con el estigma de que cualquier problema relacionado con nuestro toto nos tenga que generar, aparte de dolor y picor: vergüenza; que además tenemos que desembolsar un dinero que no tenemos porque no es un problema tan generalizado entre seres humanos con genitales masculinos.

Que los hay de todas formas y tipos: óvulos, pastillas, cremas… pero ninguno de estos métodos está contemplado como tratamiento para un problema que no es minoritario, no es un capricho. Son dolencias reales, no simples molestias. El caso es que tuve la “suerte”, no sin dificultad, de poder pagar esos tratamientos, pero no estoy libre de que vuelva a pasarme.

Dalia Suárez