Desde que tengo memoria, mi abuelo ha estado conmigo.
Era el padre de mi padre, el único abuelo que conocí. Yo también era su única nieta, así que entre nosotros había una relación muy especial.
Él siempre me llevaba a pasear por el campo, la montaña o la playa. Decía que los niños tenían que correr, que investigar, y que nos encerraban demasiado en las clases y en las casas. A mi me encantaba ir con él de excursión, buscar hormigueros, comparar hojas y tirar piedras a los ríos.
Un día, le escuché tocar la guitarra. Recuerdo asomarme por su puerta y ver sus manos arrugadas tocando las cuerdas y haciendo sonar una canción bastante triste. Me quedé muy embobada y cuando terminó, se ofreció a enseñarme.
Consiguieron una guitarra pequeña para mí, pero no conseguí acabar de hacerme al instrumento. Incluso me llevaron a una clase para probar, pero salí de allí más triste y frustrada de lo que estaba. Hasta que escuché un violín.
Me fui directa al aula donde estaban sonando los violines, me emocioné y les dije a mis padres que, lo que yo quería tocar, era ese instrumento.
Pude ir a probar a una clase y lo disfruté mucho, así que no se lo pensaron y me apuntaron.
Empecé a tocar el violín a los 9 años. Mi abuelo era el que me llevaba y me recogía de las clases. Siempre hablábamos de música y yo le cantaba las canciones que estaba aprendiendo pero que aún no sabía tocar. Él siempre estaba contento y me decía que le alegraba mucho que hubiera heredado el amor por la música, ya que mis padres nunca tuvieron ese interés.
Fueron pasando los años y yo empecé a tener un nivel considerable. Cabe decir, que el violín es un instrumento bastante complicado, y entre solfeo y lenguaje musical, se te van los años intentando descifrarlo. A los 15 años ya podía leer una partitura complicada y practicarla hasta que saliera, en el conservatorio hacíamos recitales y mi abuelo, siempre estaba en primera fila con los ojos llenos de lágrimas y orgullo.
Siempre me decía que un día tocaríamos juntos, me hizo prometer que cuando me lo aprendiera, tocaríamos juntos el Canon de Pachelbel, porque le gustaba mucho para el violín. Él tampoco sabía tocarlo, pero me dijo que empezaría a practicarlo con la guitarra para poder acompañarme.
Y entonces llegó la artrosis.
Sus manos se empezaron a volver rígidas y a causarle dolor. Dejó de lado la guitarra y se disculpaba por no poder acompañarme, pero no faltó a ni uno de los recitales que hacía, aunque fueran absurdos o conciertos de navidad. Él siempre estaba allí, siempre mirándome, haciéndome sentir la persona más especial del mundo.
Seguí con el violín varios años y mi abuelo enfermó, la artrosis avanzó muy rápido y empezó a tener demencia. Fue una etapa muy dura, se vino a casa con nosotros y tenía periodos de lucidez que cada vez eran más cortos y le costaba orientarse o recordar quién era. Yo le tocaba el violín y eso le calmaba, hasta que también dejó de valerle.
Pronto se quedó prácticamente postrado y no podía valerse por sí mismo. Me consolaba pensar que su cabeza estaba en otra parte.
Un día le dio un ictus fulminante que no le dejó reaccionar, pero tampoco sufrir. Mi abuelo nos dejó estando en casa, tranquilo y rodeado de los suyos. En cierta parte sentí alivio, ver como se estaba marchitando era doloroso y ahora podía descansar en paz.
Los días posteriores fueron durísimos, recogimos sus cosas y entre ellas, encontramos su cámara digital. Mi padre sacó la tarjeta y miró el contenido, para venir lleno de lágrimas a decirme que lo que había, era para mí.
Mi abuelo había grabado un montón de videos tocando con la guitarra el Canon de Pachelbel. Al principio siempre decía: para tocarlo con mi nieta.
Estuve llorando hasta que me dolieron los ojos, escuchando de nuevo la guitarra de mi abuelo y viendo sus manos moverse como hacía años que no veía.
Fue muy doloroso, pero gracias a esos vídeos, pude cumplir mi promesa.
Le preparé el único recital que me ha importado en la vida. En su entierro, conseguí un proyector y que pusieran su vídeo. Cuando empezó a tocar, le acompañé con el violín, como tantas veces había practicado.
A día de hoy, es uno de los momentos más tristes y felices que he vivido. Mientras tocaba, lloraba tanto, que ni si quiera podía ver bien. Aun así, mis dedos se movieron solos y pudieron dar un resultado del que él hubiera estado orgulloso.
Ojalá lo haya podido ver.
Te quiero abuelo.
