Hacía meses que mi vida sexual parecía un menú del día: rápido, predecible y sin postre. Estaba harta de los polvos express, de los tíos que desaparecían con el pantalón medio puesto y de las falsas promesas envueltas en orgasmos fingidos. Así que cuando mi padre – sí, estáis leyendo bien, mi puto padre- me habló de un compañero suyo algo más joven que él que era guapo, surfero y soltero, pues dije que vale, que venga.

  • Dice que quiere conocerte, si te apetece.

A los días, me pasa su número. Me lo guardo. Lo miro. Me hago la dura. Hasta que una noche, después de una copa y una charla con el espejo, le escribo:

“Hola! Soy la hija de tu compañero…ya sabes. Esto es un poco raro, pero ¿por qué no?”

Tardó cinco minutos en contestar. La conversación fluyó sola. Nos reímos, nos mandamos fotos (normales al principio, luego…no tanto). Él estaba buenísimo. Bronceado, sonrisa perfecta, mucha labia. Me hacía tilín no os voy a engañar señoras.

Quedamos una tarde, a la salida de mi curro. Cervecitas en un bar conocido. Nos reímos, bebimos más de la cuenta y fuimos a terminar la noche a su pub de confianza. El pidió un par de gin-tonic y yo me lo bebí como si supiera lo que hacía (era el primero de mi vida).

A la salida, apoyados en su coche, me besó. Despacio. Con lengua, manos y hambre. Me olvidé del mundo.

Yo vivía lejos y no tenía como volver. La opción de coger un búho no entraba en mis planes, ya me entendéis. Le pregunté si podía quedarme con él.

-Claro, pero por respeto…hoy no va a pasar nada – me dijo.

MENTIROSO.

Su estudio era pequeño, limpio, con lucecitas suaves y sofá cómodo. Lo típico de alguien que quiere parecer casual pero lo tiene todo preparado. Y ahí, entre cojines y besos que ya no podían esperar, nos lanzamos. Nos revolcamos en el sofá como si lo hubiéramos ensayado. Besos, mordiscos, manos por todas partes. Cuando íbamos a dar el paso final, se frenó.

-No puedo. Pienso en tu padre.

Punto para el drama. Me reí, dolida y mojada. Dormimos juntos, sin más. Y aunque me frustré pensé que eso era buena señal. Que iba en serio.

Los días siguientes fueron bonitos. Me recogía en casa, íbamos a cenar, tomábamos algo. No pasábamos de ahí. Y yo, en mi nube, creía estar viviendo una peli romántica.

Hasta que una noche, borracha con mis amigas en su zona, le escribí para que se uniera. Se presentó. Tomamos algo. Yo no me aguantaba las ganas y le pedí que fuéramos a su casa.

  • He quedado con unos colegas después, vente luego si quieres.

Y fui. Me presentó a sus amigos, que iban cayendo uno a uno como fichas de dominó hasta que quedamos solos. Me lancé. Esta vez no pensó en mi padre. Se dejó llevar. Me quitó la ropa con las manos y los dientes. El ambiente estaba para prender fuego. Se puso el condón, me agarró fuerte y… ahí empezó la decepción.

No sentí  nada. Cero. Como si estuviera viendo una peli sin volumen. Me quedé paralizada. Él jadeaba, me preguntaba si me gustaba. No supe qué decir. A los cinco minutos terminó. Se tumbó sudando y sonriente:

  • Buah, que polvazo.

Yo quería morirme. O morirme de risa. Dormimos. O fingí dormir. Por la mañana, él intentó repetir. Le dije que tenía resaca y que prefería irme.

El camino en coche fue un poema. Conversación forzada, silencios incómodos. Me dejo en la puerta de casa con un beso frío. Ese fue el final.

Nunca más nos vimos. Algún mensaje suelto semanas después, pero yo ya estaba en otra cosa.

Meses más tarde, lo vi en Instagram. Nueva novia. Embarazada. En la playa. Sonriendo con esa misma boca que me dijo que pensaba en mi padre mientras me metía mano en el sofá.

Y yo…yo ya ni me acordaba de su apellido. Solo del gin-tonic y las ganas de correr en dirección contraria.

 

anónimo

Envía tus movidas a [email protected]