Mi novio siempre ha sido muy despistado y cada día es una fábrica de anécdotas. Una de las más curiosas le pasó hace unos años, una noche de fiesta en la que cuando todo el mundo se fue a casa, él decidió continuar por su cuenta.
Tras pasar por varios bares y cerrar la última discoteca de la zona decidió volver a casa pero tenía antojo de tomarse la última copa. De casualidad pasó por un local que estaba cerrado pero tenía las luces de dentro encendidas: el hombre filósofo. Le pareció un nombre muy curioso y se animó a llamar a la puerta.
Un señor barbudo abrió una especie de mirilla y le abrió. Al entrar y dirigirse a la barra, a pesar de la medio borrachera que llevaba, ya se dio cuenta de donde se había metido: un par de señores bien cubiertos de pelo follaban en todas las pantallas del local. ¿Alguno de esos sería el filósofo?

Mi chico no es nada prejuicioso así que, ya que estaba allí, pues se pidió una copa que era al fin y al cabo lo que estaba buscando. Pasado un rato quiso ir al baño y el camarero le indicó con la mirada que estaba en la parte de arriba. Fue subiendo poco a poco las escaleras pero, en la primera planta, no encontró nada, solo otros señores barbudos tomando copas, uno de los cuales comenzó a seguirle escaleras arriba. Mi chico pensó inocentemente que el señor también iría al baño, así que se ve que iba por buen camino.
Al llegar a la segunda planta todo estaba bastante oscuro pero encontró una puerta que sí o sí, debía ser la de los baños, pensó. Entró a oscuras, encontró una pared, pensó que eso era el baño y, literalmente orinó en una esquina del cuarto oscuro.

Cuando acabó, se dirigió a la puerta y allí estaba, con cara de circunstancia, el señor que le había seguido escaleras arriba. Lo miró perplejo y le dijo: “eso no está bonito, eh, no está bonito”.
Mi chico le sonrió sin saber muy bien a lo que se refería (recordemos que llevaba toda la noche tomando copas y para esa hora ya se le habían subido mucho) y bajó las escaleras tranquilamente para acabarse su whisky. Al día siguiente recordaba pinceladas de la historia y, atando cabos, fue consciente del ridículo de lo que había hecho: mear dentro de un cuarto oscuro.
Cuando me lo contó no pude parar de reír y, por más que pensaba, no recordaba para nada un local en la ciudad que se llamase El hombre filósofo. Semanas después salimos juntos por la zona y me dijo: ¡mira, por ahí era!
El hombre filósofo era EL HOMBRE Y EL OSO, un local de cruising muy conocido en la ciudad.
¿Confirmamos que es muy despistado? Confirmamos.