No soy de hacer reuniones, y menos en mi casa. De hecho, era la primera vez que invitaba a gente a cenar. No es que sea reservada, y me llevo bien con mis compañeros, pero abrir las puertas de mi hogar no es algo que suela hacer.

Invité a tres compañeros: dos hombres (uno de ellos trajo a su pareja, a la que no conocíamos) y una compañera que ya conocía de hace años atrás. La verdad es que la cena estuvo mejor de lo que esperaba, risas aquí y allá, hasta que, en la sobremesa, las cosas empezaron a descontrolarse.

La chica que trajo mi compañero comenzó a proponer juegos con alcohol. Al principio no me preocupó, aunque me sorprendió que propusiera eso sin conocer a nadie de la mesa, pero a medida que las rondas avanzaban, los retos fueron volviéndose más picantes. El alcohol comenzaba a hacer efecto y, para ser sincera, no sé muy bien en qué momento lo hice, pero de repente me vi besándome con mi compañera. Nunca había besado a una mujer, y mucho menos en una situación como aquella.

El beso fue breve pero raro. Para mí, el ambiente se volvió incómodo, pero la pareja que había fomentado todo este caos parecía disfrutar del desorden que habían causado. Se miraban entre ellos y se reían cómplices, como si no fuera la primera vez que hicieran algo así.

Para intentar desviar el ambiente tan raro, empezamos a divagar y hablar de todo un poco. No sé cómo salió el tema del tarot y de las energías ,y yo mencioné, sin pensar demasiado, que mi madre sabe leer las cartas y que, además, suele acertar. Pensé que era un tema chulo, una anécdota para relajar la tensión. Sin embargo, la pareja se lo tomó de la peor manera posible. Empezaron a reírse de mi madre, primero de forma sutil, pero luego de manera directa y despectiva. Claramente el alcohol que habíamos bebido, en lugar de relajar la situación, la inflamaba aún más. No podía creer lo que estaba escuchando, sobre todo en mi propia casa. Eso era lo que más me cabreaba de todo, ¡me estaban faltando al respeto en mi casa!

Me puse seria e intenté hacerles ver que me estaba sintiendo ofendida, pero ellos se encendían cada vez más. No estaba dispuesta a tolerar más faltas de respeto hacia mi madre, así que les pedí que se marcharan. Lo hice con tranquilidad, pero la tensión en que se respiraba en el ambiente era insufrible. Recogieron sus cosas y se fueron. Yo me sentía por un parte un poco mal, pero es que se habían pasado. Mis otros dos compañeros se veían claramente incómodos, pero al final se quedaron a dormir en mi casa.

A la mañana siguiente, con más resaca emocional que física, no podía dejar de pensar en lo ocurrido. Lo que comenzó como una reunión inofensiva, terminó en una pesadilla. Un beso inesperado, insultos hacia mi madre y una sensación amarga que todavía no he podido digerir. No sé si fue el alcohol, la influencia de esa pareja o simplemente la acumulación de circunstancias, pero lo que tengo claro es que, después de esto, tardaré mucho en volver a invitar a alguien a mi casa.

 

Anónimo