¡ARDIÓ TROYA!

Después de 20 años con el mismo hombre, padre de mis hijos y único dueño de mi corazón, descubrí que me había estado engañando con varias mujeres durante nuestra “preciosa relación”. Sí, durante años, mientras yo criaba y amamantaba, él tenía su lista de amantes.

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Mi psicóloga, sin pelos en la lengua, me soltó: “Nena, esto hay que solucionarlo. Tienes que experimentar con otros hombres”. Y yo, obediente por prescripción médica, me lancé al empirismo y trabajo de campo durante un año. Había estado con mi ex marido desde adolescentes, así que no tenía ni idea de cuál era el tipo de hombre que realmente me gustaba. Tenía que descubrirlo por mí misma. Todo esto surgió después de un desastre personal: parida, amamantando, divorciada tras múltiples engaños, y jamás había desnudado mi cuerpo delante de otro hombre en dos décadas.

Primero llegó un bombero siete años menor que yo: abdominales para rallar parmesano, aguante de campeonato y orgasmos descomunales. Me dejaba temblando como gelatina, y yo pensaba: “Vale, divorcio aprobado”. Eso sí, yo era La Otra… y me cansé pronto.

Luego vino un Vikingo enorme, pura montaña rusa: de aquí a allá, me ghosteaba o aparecía en casa para un polvo express. Mi mejor amiga siempre me decía: “Para montaña rusa ya te tenemos a ti”. Y vaya que sí. Me pagaba comidas en restaurantes de lujo, era sorprendentemente muy religioso (quien lo hubiera dicho), y aun así me hacía reír como loca. Era pura adrenalina concentrada, aunque tenía una red flag gigante: era muy celoso y se enfadaba si yo había estado con otro hombre… pero él hacía lo que le salía del pepe sin problema alguno.

Una de mis mejores amigas, que vive en otra ciudad, me dijo: “Chocho, tienes que abrir fronteras”. Así que cada finde alterno, cuando no tenía a mis hijos y ejercía de madre, me desplazaba a su ciudad y rompíamos la pana las dos, porque las dos estábamos solterísimas.

Después conocí a ElArmarioEmpotrado, un ingeniero de rigor matemático: dos por dos, preciso y fuerte como un roble. Me levantaba como si pesara 30 kilos y me empotraba sin piedad; con él tuve la única experiencia de squirt de mi vida, dentro de su coche, mojando su ropa, la mía y la tapicería… inolvidable y absolutamente demoledor.

Luego apareció el Mago de los Orgasmos, un amante dedicado a mi placer que me hacía ver estrellas. Eso sí, un poco creepy: aficionado a la magia y con un acuario lleno de ranas que me daba mal rollo total, pero los orgasmos eran de película.

Hubo un empotramiento en la cocina con un tipo random: moratones incluidos contra los armarios donde guardaba los platos (supongo que los platos no protestaron). Después, como era de esperar, me ghosteó, dejándome sola con el recuerdo… y las marcas.

También conocí a un jovenzuelo de 21 años, que me llamaba “su madurita sexy”. Lo dejé destrozado: ni medio minuto aguantó el chaval. Eso sí, besaba de muerte, así que algo bueno tenía que rescatar de su pobre corazón adolescente.

Hubo también encuentros que no fructificaron. Algunos hombres resultaron ser pesados, convencidos de que se habían enamorado locamente de mí, cuando en realidad yo solo quería pasar un buen rato y seguir experimentando. Otros eran hombres por los que habría querido sentir algo más que ternura y cariño, pero que no despertaban mi interés sexual; no había chispa, no había magia, solo amabilidad y algún intento torpe de seducción. Incluso mi ex marido se enteró de mis escarceos y, como era de esperar, se sintió ofendido. Una buena amiga me dijo: “Tú cuando eres madre, eres madre. Puedes estar follando con siete negros potentes de cuerpo escultural, dioses de ébano, pero si a las 20 te llegan los niños a las 19, tú estás duchada y preparando la cena”. Y así era.

Entre bomberos, vikingos, ingenieros empotradores, magos creepy, tipos random, jovenzuelos y encuentros que no fructificaron, mi vida sexual se convirtió en un festival de experiencias: algunas dulces, otras locas, todas memorables. Aprendí que el placer puede venir en formas, edades y tamaños muy distintos, y que no hay manual para reactivar la libido después de un divorcio traumático. Solo se necesita valentía, sentido del humor y un poco de locura experimental.

Y entonces, un día, sin intención de nada más que seguir experimentando, conocí a un hombre alto y que olía de muerte. Tomamos unas cervezas, quedamos dos días después y me besó con ternura. Al cabo de un mes, ya vivíamos juntos y llevamos nueve años de pareja entre risas, broncas, besos y sexo del bueno.

Moraleja: a veces, tras el caos, la confusión y el desastre sexual más hilarante de tu vida, la felicidad aparece donde menos te lo esperas, y sí… arderá Troya, pero también puede convertirse en un fuego cálido y duradero que no quema, solo abraza.

 

Parvaty