Últimamente siento el paso del tiempo como algo muy pesado sobre mí. Creo que en los últimos años he volado sobre el calendario sin poder distinguir un mes de otro.
De pequeña odiaba que los mayores dijeran eso de “aprovecha ahora, que después el tiempo vuela”, y de pronto soy la madre de un casi adolescente. Tengo tan presente mi propia adolescencia, mi llegada al instituto, mi salida huyendo demasiado rápido, mis decisiones reguleras, mis emociones demasiado intensas… ¡No me creo que hayan pasado 20 años!

Cuando mu hijo mayor nació, yo era “una madre joven” (o eso decía la gente). De pronto, con mi niña pequeña ya soy “la mamá experimentada”, que es el eufemismo de “mayor”.
Mi niño era un bebé muy tranquilo, cariñoso y que parecía que sería siempre mi bebé. De pronto se ducha con la puerta cerrada, siente vergüenza ajena y dice “no me apetece” cuando le propones un plan que antes le encantaría. Y no me quejo, en absoluto, estoy muy orgullosa de sus avances, del futuro adulto en que se está convirtiendo, del adolescente empático que comienza a ser. Pero, realmente, no sé en qué momento ha ocurrido todo esto.
No sé cuando fue la última vez que me pidió dormir conmigo porque tenía miedo, cuándo lo tuve que llevar en brazos porque se había dormido en el coche, cuándo me abrazó con el ímpetu que solamente da la infancia. No me quejo en absoluto, os lo juro, pero siento mucha nostalgia, porque sé que el tiempo no vuelve, que el día en que yo deje de ser algo central en su vida está más cerca y da vértigo.

Además, la etapa que se avecina no es una etapa sencilla. Sé que habrá muchos obstáculos, porque siempre llevamos la mochila llena de ellos, y sé que los superaremos, porque él es un buen niño y yo me he ido armando mentalmente a lo largo de los años para este momento, pero eso no significa que no tenga miedo, que no sienta incertidumbre.
No recuerdo mi adolescencia con cariño ni nostalgia, así que estaré atenta a que él sí pueda crear recuerdos hermosos de estos momentos.
Ayer miraba atrás en mi coche mientras volvíamos de un viaje exprés y recordé cuando era yo quien viajaba en el asiento de atrás con mis hermanos. No me pareció que hiciese tantas vidas por lo vívido del recuerdo, pero entonces pensé que ese momento y otros como ese se conservarían en ellos y hablarían con sus amigos y sus respectivas parejas (si las tienen) cuando fueran mayores y… ¿qué recordarían? Que mamá siempre comía chicle para combatir la sordera por los cambios de presión, que siempre iba cantando a todo volumen, que papá iba dando indicaciones desde el asiento del copiloto porque él era quien se orientaba pero ella la que conducía, que ellos iban pidiendo canciones poniéndose de acuerdo…
Me preocupa mucho crear recuerdos bonitos últimamente, y todo creo que es por este gran paso que mi niño va a dar, porque no hace tanto que di yo ese mismo paso y, tras parpadear un par de veces, ya me toca mirar desde la barrera. Solamente espero haberlo hecho lo suficientemente bien como para que puedan mirar atrás con cariño y ver que siempre fueron el centro de mi vida.
Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.
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