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De todos los clientes desagradables con los que lidio a diario

 

Pude haber sido ermitaña, o monja de clausura, o también campanera en un campanario solo y abandonado de un pueblito de la sierra… Pero no, yo elegí trabajar de cara al público, atendiendo a cientos de clientes siempre con mi sonrisa y mi buen carácter por delante.

Eso de estar día tras día de buen humor es un arte. Que da lo mismo que esta mañana te hayas golpeado el dedo gordo del pie contra la pata de la cama, o que te haya bajado la regla como un tsunami hace un par de horas. Tú estás siempre ahí, preparada y lista para que todo aquel cliente que entre por la puerta del establecimiento se vaya con esa sensación de haber estado como en casa. Como tiene que ser, porque el cliente siempre tiene la razón. ¡Y un huevo!

No queridos y queridas, yo soy tendera (dependienta, comerciante, vendedora…) pero es que para muchos también soy amiga, psicóloga, máquina de cambio, telefonista o incluso empresa financiera. A ver si nos queda claro de una vez por todas, tener un negocio y atenderlo con cariño no significa que nos tomen ‘por el pito del sereno. No soy una idiota a la que mangonear ni tampoco regento un zoco en el que puedas regatear los precios. Ya me está subiendo la bilis de la úlcera que me ha salido durante estos años.

Porque el elenco de clientes insoportables que frecuentan un comercio a diario es digno de una película de terror. Y es que encima, hay algunos reincidentes, que por más que intentas dejarles claro que ‘así no‘, ellos vuelven una y otra vez con sus milongas y su mala educación. Que los ves entrar y ya tragas saliva por no mandarlos a paseo. ¿Queréis conocer a algunos de ellos? Pasen y vean, bienvenidas a mi mundo.

El que te cuenta su vida como si fueses su colega

De esos días que estás hasta arriba de trabajo, que ya no tienes espacio material para colocar la mercancía y llega el pesado de turno que se hace un hueco apartando todo de cualquier manera, se apoya como si aquello fuese un bar, y empieza a contarte sus penas. Una que es muy amable, pone el automático y va respondiendo ‘aha, sí, claro…‘ hasta que se te hinchan las pelotas e intentas que se pire, que encima sabes que no se va a dejar ni un duro. ¡Qué te está robando tiempo, espacio y paciencia! No, no soy tu psicóloga, amigo, si quieres una ve a un profesional y págala.

El que anima a sus colegas a no comprar

Este individuo me requetechifla, y lo peor de todo es que no hay solo uno ni dos. Parece que está de moda eso de ser un rata e intentar que tus amigos también lo sean. Y no me malinterpretéis, que ser ahorrador mola y es muy positivo, pero si tu grupo de friends y tú os pasáis casi una hora en una tienda solicitando atención personalizada no queda bonito terminar la visita con un ‘buah tío, no lo compres que yo tengo uno muy parecido y te lo dejo bien de precio‘. No chaval, si quieres hacer tratos con tus colegas hazlos en tu casa, en un bar o en la calle, pero no en mi tienda y delante de mi cara. Gracias.

El que te regatea porque ‘menudos precios tienes

Esto es como el que se va a Gucci y se pone a gritar en medio de la tienda porque todo es carísimo. ¿Tiene este lugar pinta de zoco árabe en el que les mola el regateo? Respuesta sencilla, no. Yo no voy al supermercado y le pregunto a la cajera si me puede dejar las peras más baratitas, que hoy están muy caras, ¿en qué momento he dado yo a entender que en mi tienda se puede hacer tal cosa? Si te gusta y tienes dinero, lo pagas y tuyo es, todos tan amigos. Si no te llega, lo siento.

El que te amenaza con comprar online

No miento en absoluto porque me ha ocurrido más de una vez. Cliente hiper arreglado (de chaqueta y corbata) que revisa el producto de arriba a abajo durante minutos y en el momento de acercarse a caja para ir a pagar, sacar el móvil y sin sutilezas ni medias tintas soltarte ‘mira en XXX lo tienen diez euros más barato, o me lo dejas a ese precio o lo compro ahí‘. Real que mis ganas de agarrar el teléfono, tirarlo al suelo y pisarlo eran tan grandes como amplio es el Universo. Pero me contuve ya que, encima de soportar idiotas, me podía caer una denuncia.

El que desordena la tienda y se pira sonriente

Es evidente que niños más comercio suele tener como resultado el caos total. Todo depende, claro está, del tipo de retoño en cuestión pero por norma general es complicadísimo que un peque se comporte y se mantenga tranquilo mientras los adultos estamos de compras. Y aquí es donde interviene la educación de los papis. Que yo no digo que me dejes todo tal cual estaba, que ya iré yo detrás a recolocar en cuanto salgas por la puerta, pero qué menos que llamarle un par de veces la atención a tu hijo y ya si ves que está a punto de romper una vitrina, tomar cartas en el asunto. Pues no, hay gente que entra con los peques en las tiendas como si estuvieran liberando al Kraken, ¡corred niños, sed libres y destruid todo lo que queráis! Y para cuando ya han visto lo que querían se piran y, ahí te quedas tú con tu tienda caótica.

El que te dice que no tiene dinero

Pues un poco en la línea de los anteriores, pero es el que directamente te pide un ‘adelanto’ como si fueseis amigos o familia de toda la vida. ‘Yo te pago la mitad y lo demás ya te lo daré cuando lo tenga‘, que eso parece más un anuncio de empresa financiera que una conversación cliente-dependiente. A mí personalmente se me queda cara de tonta cada vez que me veo en esas (porque es más habitual de lo que pensáis) y realmente no sé qué tipo de jeta tienen algunos para ir por el mundo con tantísimo morro. No me fío ni de mi sombra, me voy a fiar de ti, querido desconocido.

Y que a pesar de todo esto todavía me encante mi trabajo… Así como hay premios para grandes médicos, mejores abogados o magníficos periodistas, a ver para cuándo un galardón a la mejor atención al cliente. ¡Y que el premio sean unas vacaciones, por favor!

LA TENDERA RESIGNADA

Fotografía de portada

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