Entre los veintiocho y los treinta y dos asistí a quince bodas.

¡Quince!

Podrías pensar que es genial, cuántas ocasiones para lucir modelitos y cuántas fiestas… ¡Ja!

Tuve cinco el mismo verano.

Me pasé años sin poder irme de vacaciones, porque mis escasos ahorrillos volaban con tanto regalo, vestido de fiesta y peluquería.

Cada vez que sospechaba que unos amigos se iban a comprometer me echaba a temblar.

No lo podía evitar, me dividía entre la alegría que sentía por la feliz pareja y el agobio por mi cuenta corriente. Y no exactamente a partes iguales.

De modo que, cuando recibí la decimoquinta invitación de boda, estuve a puntito de decir que no podía ir. En realidad, creo recordar que llegué a insinuarle a la novia, una compañera de trabajo, que me sería complicado asistir.

En cambio, conforme la fecha se acercaba y me involucraba en los preparativos y otros detalles, me sentí mal y empecé a dudar.

Era la única persona del trabajo a la que había invitado, no podía hacerle ese feo.

Y cómo me alegro de haber ido, porque…

 

El hecho de que solo me hubiera invitado a mí cuando trabajábamos en un equipo de más de cuarenta personas, me tocó la patatita, la verdad.

Así que cogí el dinero para el regalo del bote de los viajes que al final tampoco iba a hacer, reciclé un vestido que ya había vivido tres enlaces matrimoniales, pasé de maquillarme y me hice un recogido con un tutorial de Youtube.

Total, no me conocía nadie más que la novia.

Qué poco tardé en arrepentirme de no haberme plantado allí como si fuese una Kardashian en la gala MET.

Mi colega celebraba el evento en una finca preciosa, con una ceremonia civil previa a la sombra de un bosquecillo superchulo. No es que no hubiese ido a otros sitios molones, ni que sintiera que desentonara por no haberme arreglado un poco más.

Es que el chico que oficiaba la ceremonia… ¡fiu-fiu!

Ya me había contado que un amigo suyo sería el oficiante.

Si le hubiera dado por enseñarme una foto de susodicho, servidora no hubiera tardado tanto en confirmar asistencia, mujer.

Qué guapo y qué bien hablaba.

Me pasé los cuarenta y cinco minutos con la baba colgando.

Y el resto de la tarde mirándole a hurtadillas mientras merodeaba por ahí sin pararme en ningún lado por mucho rato.

¿Habéis ido alguna vez a una boda en la que no conocéis a nadie? Decir que es incómodo es decir muy poco.

No soy la reina de las relaciones sociales, pero tampoco es que sea tímida. Pues con eso y todo, el momento entre la ceremonia, la espera posterior y el interminable coctel… fatal.

Estaba deseando que llegara la hora de sentarme a cenar para poder conocer al menos a los compañeros de mesa y tratar de integrarme.

¿Se puede considerar acoso lo que hice entre tanto? Un poco quizá sí.

Pero es que, para cuando el maître informó que podíamos ir pasando al comedor, yo ya estaba irremediablemente enamorada.

Como no estaba haciéndome fotos ni echándome unas risas con amigos, fui la primera en sentarme en una de las seis sillas de la mesa “El diario de Noah” (sin comentarios).

Y, ¿quién fue el segundo?

¡Sííííííííííííííí! El chulazo antes conocido como Oficiante de la boda, el que se me presentó con dos besos, me informó que se llamaba David, se sentó a mi lado e hizo que no parara de reír en lo que quedaba de velada.

El que me llevó en su coche a la discoteca en la que continuaba la fiesta cuando el restaurante cerró. El que me volvió a besar, pero ya no en la mejilla, cuando nos quedamos solos en la calle.

Venga, también el chico con el que me acosté a las pocas horas de conocerlo.

Al que vi otra vez antes de terminar el finde.

Ese chico del que ya no me volví a separar y con quien iré en pocas semanas a la boda número dieciséis.

Yo seré la del vestido blanco.

Y él, el que se siente de nuevo a mi lado.

 

Adriana

 

 

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