Sheila llevaba tiempo saliendo con su novio. Ella siempre había dicho que no quería ser madre, lo tenía claro. Él estaba de acuerdo, pero desde que cumplieron un año juntos, empezó a hacer bromas con lo guapos que serían sus hijos, las ganas que tenía su madre de ser abuela… Parecían eso: bromas.
La hermana de Sheila se había casado hacía 6 años con su novio de toda la vida. Ambos, ilusionados, prometían que si podían, volverían de la luna de miel siendo tres. Pero los meses pasaban, los años también, y la segunda línea de las pruebas de embarazo nunca se marcaba.

Hace algo más de un año la alegría más absoluta llegó con una prueba positiva, pero antes de que llegase la primera cita con la matrona, un cólico un soportable y un sangrado fuera de lo normal la llevó a urgencias, donde confirmaron el aborto espontáneo.
La ginecóloga le hizo varios estudios y le dijo que había pocas posibilidades de conseguirlo de manera natural. Comenzó sus tratamientos. Pinchazos cada día, hormonas, revisiones muy molestas, extracciones de óvulos dolorosas, la ilusión que se difumina tras cada intento fallido, el dinero que se va en clínicas privadas, porque en la pública no te ponen anestesia para algunas cosas muy dolorosas…
Sheila acompañó en este proceso a su hermana con todo el tacto que supo. Ella también deseaba ser tía, pues su decisión de no ser madre no se debía a un odio a la infancia, al contrario, las criaturas de los demás le encantaban, pero la vida que quería para sí misma no era la de una madre, quería poder seguir priorizando otras cosas, no quería esa responsabilidad. Ellas dos se entendían y se respetaban mucho, pero la vida se lo pondría difícil a ambas.
Entonces el novio de Sheila empezó a ponerse muy pesado y sus bromas pasaron de ya no ser muy graciosas a ser casi acoso. Le decía que qué clase de mujer no quería hijos, que al principio le dijo que él tampoco porque eso es una fase, pero que obviamente si te juntas con una mujer es “para que te de descendencia” y una serie de comentarios que prefiero no hacer esfuerzos por recordar, porque se me atraganta la bilis.

Sheila, poco a poco, empezó a desencantarse de él, como es normal, por la presión y el agobio que sentía. Finalmente ella lo quiso dejar, pero él se disculpó, le dijo que tenía razón, que no sabía por qué se había puesto así, que creía que tanto ir a comer con su madre y lo pesada que se ponía con que quería tejer patucos lo había vuelto un poco loco.
Durante dos o tres días se curró su perdón. La trató como a una reina, le decía cosas bonitas, etc. Dos semanas después, en medio de uno de esos momentos románticos que los llevaban a la cama, ella notó un movimiento extraño y, sin querer desconfiar, no dijo nada. Pero unos segundos después, justo antes de que él terminase, paró es seco y le gritó “¡¡¿Te has quitado el condón?!!”. Él, como si lo hubiesen pillado comiendo nocilla a cucharadas, se rio por lo bajo.
Ella, dolida, decepcionada, avergonzada y asustada, se apartó de él mientras él, cogiendo su ropa del suelo decía que hacía semanas que lo estaba haciendo. “De hecho, ¿no te tocaba la regla esta semana?” Sheila se echó a llorar al comprobar que, efectivamente, su período se había ausentado. No sabía qué hacer. Lo echó de su casa y acudió a un centro de planificación familiar.
Allí le confirmaron su embarazo y le ofrecieron asesoramiento sobre los pasos a seguir en estos casos. Le dieron el contacto de un centro de atención a la mujer para que la ayudasen con las decisiones legales, pues aquello había sido un delito con consecuencias. Ellos, por su parte, podían asesorarla en la parte médica, pero llegaba el momento de tomar decisiones.

Ese día, sin saber nada, su hermana la llamó llorando. Su última in vitro había fallado de nuevo y la clínica les estaba empezando a hablar de que deberían buscar alternativas como la adopción.
Sheila sintió un profundo dolor. ¿Por qué su hermana y ella, que compartían genes, habían sido reproductivamente hablando tan opuestas? ¿por qué ella, que no quería ser madre, se veía ahora ante la situación traumática de decidir si seguir o no adelante con un embarazo no deseado fruto de una relación abusiva y su hermana, maternal desde la infancia, no podía cumplir su sueño?
Era muy injusto. Lloró en cama durante días, pero no podía tener aquel bebé que la uniera de por vida aquel hombre al que había denunciado. No quería ser madre sólo porque su hermana no pudiera. Pensó en ocultárselo para evitarle el daño que le podría causar, pero la tercera vez que su hermana le preguntó por su novio, no pudo evitar contarle la verdad, porque ella también necesitaba consuelo.
La hermana de Sheila se disgustó mucho por lo que había sufrido en silencio. La rabia se le escapaba por los poros. Ese hombre le había hecho una herida que no sanaría fácilmente. Se ofreció a acompañar a Sheila en el proceso médico, pero ella creyó (acertadamente bajo mi criterio) que sería demasiado para su hermana y fue con una amuga.
Ojalá fuera tan sencillo como cambiarlo de vientre…
La recuperación (no sólo física) la pasó en casa de su hermana, recibiendo las maternales atenciones que podía ofrecerle con amor, paciencia y cariño. Su marido y ella habían decidido tomarse un respiro y disfrutar un poco de la vida sin tantos médicos y falsas esperanzas.

A veces la vida es demasiado dura con las personas que menos lo merecen. Pero, gracias al universo, a veces también te recompensa. Una semana antes de que Sheila tuviese programado volverse a su casa, su hermana salió chillando del baño. Se había hecho una prueba de embarazo sin avisar a nadie para no dar falsas esperanzas, pero llevaba ya dos semanas de retraso en su regla.
Hoy Sheila es la tía feliz de una niña de un año, hija de unos padres que la adoran. El proceso judicial será lento y doloroso, pero Sheila no quiere dejar que algo así acabe siendo, como siempre, olvidado por quien lo comete y grabado a fuego en la mente traumatizada de la víctima. Al menos, que no se lo haga a nadie más.
Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.
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