Yo tampoco creía en el horóscopo. De verdad, no lo digo para hacerme la científica, es así, me interesaba cero. Nada.
Más testimonios reales en whatsapp, pincha aquí, es gratis y totalmente privado
Ni Mercurio retrógrado ni ascendentes ni cartas astrales ni p***as en vinagre. Yo era de las que pensaba que eso era como leer la etiqueta de un champú: muchas palabras bonitas, pero al final te deja el pelo igual.
Y entonces conocí a Álvaro.
Hicimos match en una app de citas: Foto con perro (bien), sonrisa decente (mejor) y una bio que decía: “No creo en el horóscopo”.
Un hombre racional, uno de los míos. Deslicé a la derecha con la seguridad de quien está a punto de tomar una decisión sensata en su vida.
Quedamos para tomar algo y que os voy a decir queridas…aquello fue un escándalo.
Pero un escándalo del bueno. De esos que te hacen pensar: “Vale, esto no es normal”.
Lo que iba a ser una cerveza rápida se convirtió en una maratón emocional. Una caña, luego otra, luego “¿cenamos?”, luego “¿y si damos un paseo?”, luego “¿otro sitio más?”. Y cuando nos quisimos dar cuenta, llevábamos medio día juntos y yo ya sabía cómo se llamaba su profesora de primaria y él conocía mis traumas con los aguacates.

Había química. INEGABLE. Pero química de laboratorio ilegal al estilo Breaking Bad.
Nos reíamos de lo mismo, terminábamos las frases del otro (muy intenso todo), coincidíamos en valores, en planes, en tipo de vida… hasta en lo de querer perro antes que hijos (esto para mí ya era compromiso serio).
En algún momento, sin darnos cuenta, empezamos a hablar en plural: “podríamos ir”, “tenemos que probar”, “cuando vayamos…”. PERDONA, ¿CUÁNDO VAYAMOS?
Yo ya estaba diseñando mentalmente nuestro calendario conjunto: escapadita en otoño, brunch el domingo y discusión de parejita feliz por qué serie ver . Todo encajaba. TODO. Era como si el universo hubiera dicho: “Venga, hoy sí, hoy te toca algo bueno, que llevas 20 años sin ver un duro en la lotería”.
Y entonces llegó la pregunta: «Oye, ¿de qué signo eres?»
Me reí, literalmente me reí en su cara y le dije «No creo en eso». Álvaro asintió, muy serio y me dijo «Ya, yo tampoco… pero dime».

No sé por qué lo dije. Supongo que porque soy Tauro. Y los Tauro somos así: cabezones hasta para ignorar nuestras propias convicciones.
Después de decirselo se hizo el silencio, su cara cambió y la cara de Álvaro pasó de “estoy viviendo mi mejor cita” a “acabo de recordar que tengo que huir del país”.
—Ah… Tauro —repitió, con una mezcla de respeto y miedo.
—Sí… ¿y?
—Nada, nada… —dijo, pero ya estaba mirando el reloj.
Cinco minutos después, tenía una “reunión súper importante mañana temprano”. A las nueve de la noche un martes. Después de haber hablado de nombres de perro, viajes juntos y probablemente del color de las cortinas de una casa que no íbamos a tener.
Se fue.
Yo me quedé con mi bebida, mi dignidad ligeramente dañada y una duda existencial enorme: ¿Me acaban de rechazar por ser Tauro?
Al día siguiente, hice lo que cualquier persona madura haría: buscar en Google “Tauro personalidad defectos graves”. Y claro, ahí estaba todo: testaruda, posesiva, intensa…
Pasé una hora leyendo compatibilidades, ascendentes y cosas que hasta hacía 24 horas me parecían ciencia ficción.
Y entonces llegué a entender que no entendía nada, que no comprendía ni el por qué, ni la lógica de dejarme plantada por ser tauro.
Le di mil vueltas hasta que por fin lo entendí: probablemente sería Sagitario….