Llevaban 3 años de novios, uno de ellos conviviendo, cuando decidieron casarse. Aunque lo habían hablado un par de veces antes, él había conseguido hacer una pedida de esas que luego sale en redes sociales. Lo tenía todo, mucho rosa, mucha purpurina, un lugar público, un anillo con su enorme piedra, globos, música, rodilla al suelo, lágrimas… Vamos, el kit completo de pedida de Instagram.
Empezaron a planificar su boda para un año más tarde, pues tenían muy claro lo que querían y eran muchos detalles que preparar. Coreografías, detalles de las mesas, varios vestidos para la novia… Debían montar un bodorrio acorde con la pedida. Pero algo cambió entre ellos desde que se prometieron. Poco tiempo después de la pedida fue el cumpleaños de ella, y él le hizo un regalo que le llamó mucho la atención. Le compró un vestido de firma, precioso, pero que no era para nada el estilo que ella solía llevar. Era recatado, largo, flojo de cintura para abajo, con un cuello redondo muy alto. Nada que ver con los vestidos ceñidos y cortos que ella usó siempre. Era un vestido bonito en realidad, así que se limitó a agradecérselo, aunque no sabía en qué contexto lo usaría, pues no lo veía muy de su estilo. No mucho después de esto, ella salió un día con sus amigas de compras y, al bajarse del coche, vio por el retrovisor el coche de su prometido detrás del suyo.
Cuando ella se bajó, él pasó de largo como si no la hubiese visto. Era imposible que fuese una casualidad, pues su coche era de un rosa muy llamativo y para nada discreto.
Cuando hablaron de noche y ella le dijo que lo había visto, él puso una excusa de por qué estaba allí y juró que no la había visto, que simplemente fue casualidad. Ella, que por su trabajo tenía que pasar mucho tiempo al teléfono, empezó a notar que escuchaba al otro lado de la puerta cuando se iba a otro cuarto a hablar para evitar el ruido. De pronto ya no le gustaba que se maquillase tanto, no le hacía gracia que se pusiese faldas tan cortas, que usase escotes o que se peinase tan bonito cuando salía sin él. No parecían celos realmente, parecía control.
Medio en broma medio en serio le dijo un día que ahora que sería su mujer debía empezar a dejar de lado esa actitud y ese aspecto de buscona. Ella quiso tomárselo a broma por no romper su castillo de cuento de hadas que empezaba a parecer frágil como el cristal. Pero la despedida de soltera se acercaba y sus amigas le tenían preparada una super fiesta. Una de ellas se puso en contacto con él para que les ayudase a sorprenderla y él le había hablado fatal, vetando la mitad de las actividades que habían programado y advirtiéndolas de que si algo de lo que él había dicho que no consentía seguía adelante no la dejaría ir. La amiga de ella, preocupada, la llamó y le contó parte de la conversación que había tenido con su futuro marido.
Ella, que se había tomado los cambios de actitud de su novio a broma, se preocupó bastante y al llegar a casa quiso hablar con él. Nada más llegar él le contó con detalle todas las sorpresas que sus amigas llevaban semanas preparando para ella para explicarle qué podía y qué no podía hacer, qué ropa debía llevar en cada momento del fin de semana, etc. Ella, incrédula por lo que oía y dolida porque les hubiese estropeado la sorpresa a sus amigas, se puso hecha una furia. Él le dijo que sabía bien cómo se trataba a las novias en las despedidas, que siempre iban las amigas más “sueltas” a su lado en modo “zorrón”.
Que en la fiesta que le hicieron sus amigos, varios de ellos se habían liado con las amigas de otra despedida y la novia andaba “dando vergüenza” por allí. Que hasta se había puesto a bailar con la estríper que le habían contratado a él. Es decir, él había tenido una estríper, pero ella no podía ir a un balneario y estar en bikini en contexto más que justificado por si había hombres…
Ella preparó sus maletas y le dijo que hablarían a la vuelta. Cuando llegó con sus amigas al hotel tenía un montón de mensajes en los que le decía que no encontraba su vestido X, que si se había atrevido a llevarse el bikini violeta que era el más pequeño. Allí, en la recepción del hotel, reunió a sus amigas y les dijo que celebraría con ellas ese fin de semana su despedida, pero sería la despedida de su novio.
Apagó el teléfono y todas sus amigas chillaron y la abrazaron felices por ella. Pasó un fin de semana increíble con sus amigas que le ayudó a coger fuerzas para lo que le esperaba al llegar a casa y el duelo que afrontaría más tarde. Mientras disfrutaba, sus padres se encargaron de ir cancelando todo lo que pudieron de la boda y avisando a su familia de que aquello no ocurriría, por el bien de su hija. Cuando llegó de vuelta, su padre la acompañó por lo que se pudiera encontrar. Él había roto todas sus fotos, había vaciado sus armarios en el suelo y le había tirado cosas encima (comida, principalmente) a todos sus vestidos.
Estaba borracho en el salón llorando, diciendo que no soportaba aquello. El padre de ella lo ayudó a levantarse, coger algunas cosas y se lo llevó de allí. El piso era de su familia, así que ella no tenía que hacer más que esperar a que él vaciase su armario y se fuera para siempre.
Él le mandó muchos mensajes disculpándose, diciendo que iría a terapia, pues había visto que no soportaba la idea de que su mujer resultase atractiva a otros hombres, que creía que el concepto de matrimonio que había integrado a lo largo de los años no le dejaba respirar y que lo sentía mucho. Ella le dijo que se alegraba de que buscase ayuda para su problema, que esperaba que cuando encontrase a la mujer adecuada pudiesen ser felices, pero que ella no podría estar con él después de lo que había aguantado es esos meses y le deseó mucha felicidad y, sobre todo, mucha distancia.
Escrito por Luna Purple, basado en una historia real. Si tienes una historia interesante y quieres que Luna Purple te la ponga bonita, mándala a [email protected] o a [email protected]