Os voy a contar la historia más surrealista que he vivido y por la que dejé de cuidar niños.
Cuando estaba en la universidad, compaginaba los estudios con hacer de canguro. Estaba en una pagina web tipo Tinder, pero de niñeras: ponías tus horarios y fechas disponibles, te presentabas, marcabas si sabías cocinar, si tenías estudios, edades a las que querías cuidar… etc.
Tus clientes podían dejarte reseñas públicas y era importante tener una puntuación alta, porque ¿quién iba a querer dejar a sus hijos con una niñera a la que le han dado malas valoraciones? Yo no, desde luego.
Yo estaba estudiando filología inglesa, así que también ofrecí ser una niñera que hablase en inglés a los niños y niñas, para así introducirles de una manera más natural al idioma. Esto funcionó bastante bien, pero con el tiempo empecé a preferir una única familia que me necesitase bastantes horas, en lugar de varias familias que me necesitaban horas sueltas.
Tuve muchos clientes maravillosos con los que aun tengo contacto y cuidé a niños y niñas de los que me dolió separarme y a los que eché de menos. Me encantaba mi trabajo y disfrutaba pudiéndolo compaginar, hasta que llegó la familia que inspira esta historia.
Vamos a llamarles la familia López. Eran una madre, un padre y un hijo de 5 años. El padre teletrabajaba, la madre estaba fuera de casa por las mañanas y, una vez acabó el colegio, necesitaban a alguien que cuidase del niño hasta que ella llegaba, sobre la hora de comer.
La rutina era sencilla. Se levantaban todos a las 7, desayunaban, el padre se iba a trabajar al despacho, la madre se iba a trabajar en coche y yo me quedaba con el niño. Sobre las 14h llegaba la madre y yo ya me podía marchar. No tenía que cocinar ni preparar nada, solo estar presente en el desayuno para echarles una mano y luego estar 7 horas jugando y cuidando al peque. Además, pagaban bien. Parecía el trabajo perfecto. Acepté sin pensar y feliz de tener todas las tardes y los fines de semana libres en verano.
Bien, pues aquello no era ni sencillo ni normal.
El niño era un auténtico demonio. Un diablo de Tasmania que gritaba y destruía todo a su alrededor. Desde el desayuno ya era todo cuesta arriba, él no quería comer nada y se enfadaba porque su madre se iba. Su padre se metía en el despacho, cerraba con pestillo (sí, con pestillo) y yo me quedaba sola ante el peligro.
La pareja tampoco parecía estar bien. Se hablaban con frialdad y hacían las cosas mecánicamente. No era difícil ver de donde venía la necesidad de atención del niño. Pero aun sabiendo esto, era muy complicado seguirle el ritmo y evitar que no rompiera nada.
Cuando le daban berrinches, era imposible calmarlo. Te arañaba y te tiraba cosas. Yo intenté todo lo que sabía, pero nada funcionaba, avisé al padre, porque estaba en casa, de que la situación era insostenible, pero no me dio ninguna solución. Hasta que un día me fui llorando y decidí hablar con la madre.
Le conté todo lo que pasaba y me dijo que su hijo solo obedecía a una marioneta. Sacó una caja con un animal de trapo y se lo puso en la mano, entonces, con una voz que daba una grima impresionante, me dijo:
- ¡Hola! Soy Pupu, encantado de conocerte. Para que López nos haga caso, se lo tengo que pedir yo, ¿vale? ¿Vamos a ser amigos?
Yo me quedé un poco en shock y le dije a la madre que prefería que hablasen con él y le pusieran límites, pero ella ya no estaba, solo estaba Pupu.
Pupu me explicó que López era muy travieso y que solo le respetaba a él, que si quería seguir siendo su canguro, tenía que entenderlo y aprender a hacer su voz.
Tuve una conversación de unos 15 minutos eternos con una marioneta, en la que me explicaba que era necesario que él saliera para educar a López. Todo este tiempo, la madre ponía la voz tétrica de la marioneta y hablaba a través de ella.
Yo no sabía donde meterme. Al final terminé aceptando. La madre se sacó la marioneta, la guardó y entonces me dijo:
- ¿Qué tal ha ido con Pupu? ¿Ya os habéis conocido?
De verdad que estaba esperando que se riera o que me dijera que era coña, pero eso no pasó. Me miró a los ojos expectante hasta que le dije que sí, y entonces se fue contenta.
Ese día salí de la casa y me planteé mi vida entera. Cuando llegué a mi casa le mandé un mensaje a la madre y le dije que no iba a seguir viniendo a trabajar, que no me veía capaz y que lo sentía. Después la bloqueé y recé para que ella (o Pupu) no me llamasen.
Por suerte no pasó. No volví a saber nada de esa familia y, después de la experiencia, decidí no cuidar más a niños.
Me dejaron perturbada y con miedo irracional a acercarme a gente inestable que me hiciera estar en peligro. Me busqué un trabajo de camarera y seguí así hasta terminar la carrera.
No volví a echar de menos ser canguro y a día de hoy, a veces recuerdo a Pupu.
