Siempre me he considerado una persona enamoradiza. Era de esas chicas amantes de locos romántico que oyen campanas de boda cuando la cosa empieza a marchar medio bien. Desde que tengo uso de memoria, me recuerdo soñando con el amor de mi vida mientras me veía una y otra vez Bridget Jones, Notting Hill, La boda de mi novia y un sin fin más de pelis románticas. Pero la vida en general no es de color rosa y yo lo aprendí por las malas.

Conocí al chico en cuestión con veinte años. Él era un poco mayor que yo, tenía veintitrés. Íbamos a la misma facultad. Nos conocimos en una fiesta universitaria y después de tres citas empezamos a salir. Como era de esperar, me enganché bastante rápido. Estaba pillada hasta las trancas y yo ya nos imaginaba viviendo juntos, decorando nuestro nidito de amor y abrazados frente a la tele cada noche. Cuando lo pienso hoy día me avergüenza infinitamente el haber sido tan intensita durante mi juventud. No obstante, el golpe que me otorgó un poco de sentido común se acercaba, sin prisa pero sin pausa.

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Mi residencia estaba muy cerca de su piso, lo cual me parecía lo más porque podríamos vernos cuando quisiéramos. Aún así, tampoco nos veíamos tanto como habría cabido esperar de una parejita joven y recién formalizada que vive a pocos metros. Algunas tardes venía a verme un rato, nos dábamos el lote y se marchaba. Y otras veces me invitaba a su piso, que compartía con otros tres chicos. Allí teníamos un poco más de intimidad, cosa que aprovechábamos bien. Pero mientras que, si por mí hubiera sido, habría ido cada día a su casa, él ponía excusas la mayoría de las veces que le sugería ir. La más habitual era que tenía que estudiar, cosa que yo solía entender siempre. Si yo estaba agobiada con tanto que estudiar, él más, teniendo en cuenta que iba tres cursos por delante de mi y con varias asignaturas colgando de cursos anteriores. Aún así, me chafaba mucho tenerle a cinco minutos y no verle en tres días, por ejemplo.

Fue entonces cuando mis amigas intervinieron. Me dijeron que tenían que hablar conmigo y que no me iba a gustar lo que me iban a decir, pero que les parecía que yo no estaba viendo las cosas tal y como eran. Que si mi novio no me veía tanto como era de esperar no era porque estuviera estudiando, sino porque se veía con más chicas, que les habían llegado comentarios de que iba detrás de todas y que solía liarse con cualquiera que se le pusiese a tiro. Tenían miedo de verme tan enganchada cuando estaba claro que él me estaba utilizando para echar el rato y me tenía engañada. Según decían, solía divertirse con unas y otras y las iba dejando a medida que se cansaba.

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No podía creer lo que me estaban haciendo. Me enfade muchísimo y les dije que cómo podían decir eso de él con lo maravilloso que era, que solo tenían celos porque ellas no estaban saliendo con nadie y yo sí. Tal fue mi enfado que les dije que no quería volver a saber nada de ellas mientras pensasen así de mi novio, que tenía claro que él me quería y que nuestra relación iba en serio, y que no iba a tolerar que ellas vinieran a envenenarme en su contra. Ellas aceptaron mi decisión y, dolidas por mi actitud, me hicieron caso y se alejaron de mí.

Así que ahora estaba solamente con él, no contaba con nadie más en mi día a día en la ciudad donde estudiaba. Pero tenía la sensación de que cada vez estaba más sola, aunque no lo quisiera reconocer. Él seguía poniendo excusas: en la facultad nunca le cuadraban bien los descansos para estar conmigo un rato y en su tiempo libre siempre había una razón de fuerza mayor para no vernos muy seguido. Al WhatsApp contestaba de cuando en cuando y las llamadas no me las cogía más que una de cada cinco. Intentaba no enfadarme por miedo a perderle y, aún así, cuando le mostraba que estaba molesta se me pasaba en cuanto me prestaba un poco de atención. Siempre tenía preparada una excusa que de sus labios salía de forma natural y creíble, al menos a mis ojos.

Una tarde, estaba estudiando en mi habitación de la residencia cuando me llamó para que bajase a verle. Me hizo una ilusión tremenda, nunca había actuado así, por sorpresa, y yo ya me lo imaginaba con unas flores, esperándome. Me puse guapa en tiempo record y bajé hecha un manojo de nervios.

Cuando le vi la cara supe que no iba a ser el encuentro idílico que había imaginado. Fui a darle un beso y giró la cara para que se lo diese en el cachete y no en los labios. Me dijo que tenía prisa, pero que no quería dejar pasar más tiempo sin decirme que no quería seguir viéndome. Que había notado que yo me había enamorado de él y que no quería que me hiciese más ilusiones, porque para él esto había sido algo informal. Que le parecía una tía guay y que había estado muy bien todo, pero que se acabó. Me quedé noqueada. A continuación me dijo que tenía que marcharse, me dio un beso en la mejilla y se fue sin dejarme decir más que un triste «vale».

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No os sé decir cuántas horas estuve llorando y cuán arrepentida y sola me sentía. Mis amigas llevaba razón y yo me sentía súper culpable ahora que lo veía todo claro. Así que agaché la cabeza y las llamé una a una para pedir perdón. Tuve una suerte tremenda. Me merecía que me hubieran dado de lado por cómo las había tratado, pero en cuanto las llamé y vieron que estaba fatal todas estuvieron ahí para mí. Confesaron que sabían que esto acabaría pasando, porque él iba a dejarme hecha polvo en cualquier momento y solamente estaban esperando mi llamada. Les dije que podían decirme un «ya te lo dijimos» como una casa de grande, pero ni siquiera eso me echaron en cara.

Han pasado unos pocos años desde aquel momento y puedo decir que la madurez y el sentido común ahora sí forman parte de mí. Al final aquel chasco me unió más que nunca a mis amigas, además de darme una lección valiosísima. Y cuando ahora se me sube un poco a la cabeza el romanticismo ellas se encargan de ponerme los pies en la tierra para que me lo tome con más calma.

Escrito por Carol M., basado en una historia real anónima.