Con 32 años, descubrí que el hombre que me había criado, no era mi padre.
Mi familia era normal, no había cosas raras o algo que me pudiera haber hecho sospechar que había un secreto. Mis padres se casaron y me tuvieron cuando llevaban unos tres años juntos, fui hija única y crecí feliz, no hubo problemas, discusiones ni nada reseñable.
Mi padre era un hombre cariñoso, se interesaba mucho por mi y por mis problemas. Mi madre era más la voz de la autoridad, llevaba la casa y resolvía todo. Entre ellos se llevaban genial y a mi me trataban bien. Nunca hubiera sospechado nada, pero mi padre tuvo un accidente.
Se cayó con la moto y, aunque no fue serio, perdió mucha sangre. Nos llamó des del hospital cuando ya estaba estable, nos llevamos un susto tremendo y, ya que tuvimos que quedarnos allí porque se iba a quedar ingresado y necesitó mucha sangre, bajé a donar.
Mientras me sacaban sangre, la enfermera me dijo que debería venir a donar más a menudo, porque mi grupo, el “A”, escasea bastante. Le expliqué que era cierto, que debía venir más, y que esta vez estaba allí por mi padre, que le habían ingresado y había necesitado mucha sangre. Me preguntó su nombre y consultó en el ordenador, hizo una cara rara y me preguntó si mi madre era “A” también. Le dije que no, que ella era O+, y la enfermera le quitó importancia y siguió a lo suyo.

Cuando salí, me quedé con una sensación rara. Al subir a la habitación le pregunté a mi padre su grupo sanguíneo y me dijo que era O+, igual que mi madre.
Hice una búsqueda rápida en Google y entendí porque la enfermera puso esa cara. Era imposible que mi padre fuera mi padre biológico.
Podría haberlo pasado por alto, intenté no darle importancia durante los días siguientes, pero no pude. Le dije a mi madre de vernos y, como no sabía como plantearlo, se lo pregunté directamente.
Ella se quedó pálida. Me preguntó si él me había dicho algo, los motivos por los que yo pensaba eso y algunos balones fuera más, pero al hablarle de los grupos sanguíneos, no le quedó otra que aceptar que mi padre, en realidad no lo era.
Lo primero que sentí fue ira. No me podía creer que mi madre hubiera engañado a mi padre y le hubiera hecho creer que yo era su hija. Tampoco el hecho de que a mí jamás me dijese nada, nos tuvo engañados a los dos durante 32 años y ahora ni si quiera sabía quién era mi padre real.
Avasallé a mi madre a preguntas y reproches, le alcé la voz y me fui de allí muy enfadada, sin a penas dejarle explicarse. Necesitaba calmarme y digerir toda la noticia. No quería verla. Sentía mucha lástima por el hombre que creía que era mi padre y por como le habían engañado.
Valoré coger el teléfono y avisarle. Destaparlo todo y que ella tuviera las consecuencias que había estado evitando a base de mentiras. Quitarle a mi padre la venda de los ojos, como a mi me hubiera gustado que hicieran conmigo. Pero después de darle muchas vueltas, decidí no hacerlo, al menos no hasta hablar de nuevo con mi madre, que me había estado enviando mensajes y llamándome sin respuesta.

Volví a quedar con ella y la vi destrozada. Al verme empezó a llorar y a pedirme disculpas, me dijo que me lo contaría todo y me pidió paciencia. Acepté.
Me explicó que mi padre, ya sabía que no era el padre biológico. Todo pasó cuando llevaban un año casados, el matrimonio iba muy mal y decidieron separarse. Por la época y el qué dirán, no se divorciaron, pero sí hacían vidas separadas y, cuando ya llevaban casi un año separados, mi madre conoció a otro hombre.
Era un chico del pueblo de al lado, en un principio parecía que todo iba bien y se acostaron, pero pronto se enteró de que este chico era un ludópata y debía dinero a varias personas. Ahí decidió romper la relación y mi padre, que se enteró de que mi madre había estado viéndose con otra persona, volvió a su vida y le pidió una segunda oportunidad, bajo la promesa de que las cosas irían mejor.
Decidieron intentarlo de nuevo y, semanas después, mi madre supo que estaba embarazada. Por las fechas, sabía que tenía que ser del chico del pueblo, así que habló directamente con mi padre y le contó la situación. Él al principio se lo tomó muy mal, pero después decidieron acordar que él reconocería al bebé y mantendrían esto en secreto, porque no querían que un ludópata tuviera derechos y obligaciones sobre el bebé.
El embarazo siguió adelante, nací yo y el resto es historia.
Cuando terminó de contarme todo, me sentí mejor, pero no podía evitar sentir una mezcla entre rabia y decepción. Estuvieron mintiéndome durante demasiado tiempo. En el momento en el que fui adulta, lo justo hubiera sido contármelo y dejar que yo tomase las decisiones que creyera convenientes.
Que mi padre en realidad no lo fuera, me dio igual, y así lo hablé con él cuando salió del hospital y pudimos sentarnos a charlar. Él me crió y me quiso, para mí siempre será mi padre. Era el hecho de la mentira lo que me perturbaba y lo que nos acabó distanciando.
A partir de aquello, sentí que no podía confiar en mis padres. Sé que muchos pensaréis que fue por mi bien, pero sentirte tan engañada durante tanto tiempo, no se sana de un día para otro.
Nuestra relación se enfrió bastante. Nos seguimos viendo, pero ya no es lo mismo ni es con la misma frecuencia. Aunque todos le pusimos ganas, la situación me dejó muy dolida.
Contra más tiempo pasa, más dudo que pueda volver todo a ser como antes.