Os traigo una historia de superación, aunque muchos piensan que es de fracaso.
Soy nadadora, desde muy pequeña he tenido facilidad para desenvolverme en el agua y enseguida se fijaron en eso mis padres y los entrenadores.
Lo que para mí era un hobby y pasarlo bien, se convirtió en clases, entrenos, federaciones y competiciones. Se me daba muy bien, mis padres me llevaban a todas partes emocionados y yo disfrutaba con el deporte y la atención.
Acumulé muchos premios y destacaba sobre los de mi edad, así que, a los 13 años, mis padres y mi entrenadora, me plantearon entrar en un CAR (Centro de Alto Rendimiento).
En ese momento, yo no sabía lo que era ni lo que iba a pasar. Me explicaron que podría entrar a los 14 años, que era como un colegio de superdotados, pero para gente que hace deporte, que allí se estudiaba diferente y que haría mucha natación. Me iría a vivir a una residencia del propio CAR, donde se ocupaban de mi alimentación, mi educación y mis entrenos, y ellos podrían venir a visitarme siempre. Me insistieron en que muy poca gente podía hacerlo y que era importante para mi futuro.
Con 13 años, la idea de vivir en unas colonias permanentes y lejos de mis padres, me pareció buenísima, así que acepté y empecé el curso siguiente.
El CAR era impresionante, era como una pequeña ciudad llena de gente que perseguía el mismo objetivo y entrenaba mucho. Había muchas normas y disciplina, pero aun así me encantó, sobre todo los primeros años.
Combinaba un entreno físico con las clases formales, teníamos exámenes como en el colegio, pero estaba todo más compacto. Se dedicaba mucho tiempo al deporte y a descansar, empezaba a entrenar a las 7 de la mañana y acababa toda la jornada a las 19h o 20h, me iba a dormir pronto y descansaba muy bien para poder tener energía al día siguiente.

Hice muchos amigos y pude ver como mejoraba muchísimo en natación. Los entrenadores estaban muy pendientes de todos nosotros y nos explicaban toda la técnica y como superarnos. También teníamos unas clases, que ahora veo que eran terapia y apoyo psicológico, donde nos sentábamos en grupo y hablábamos de como estábamos en el centro y con el deporte.
Esa vida me gustaba mucho, la disciplina y la independencia me hicieron sacar todo mi potencial y me fui ganando una posición en el mundillo. Había mucho compañerismo e hice las amistades más fuertes que tengo a día de hoy. Sacaba buenas notas y acabé el instituto sin problemas. En resumen, era feliz, hasta que dejé de serlo.
La vida en el CAR era muy monótona. Teníamos unos horarios muy marcados y unas tablas muy estrictas. Había muy poco margen para hacer vida social fuera o para descansar o comer lo que quisiera. Cuando cumplí los 18, empecé a ver a mis amigas sacarse el carnet de conducir, irse de vacaciones a la playa, tener novios, independizarse y empezar a elegir su camino en la vida.
Yo sentía que no había tenido esa opción. Mientras ellas estaban preocupadas por qué estudiar, dónde vivir o de qué trabajar, yo seguía entrenando con los mismos horarios para tener el mismo futuro.
Lo comenté con los coach del CAR y me hablaron de las renuncias. De como para llegar a la excelencia hay que renunciar a muchas cosas que nos distraen y nos separan del camino. Que ahora tenía la edad más complicada, donde mucha gente suele rendirse, y que debía ser fuerte y mantenerme firme con mis objetivos.
Me sirvió durante un tiempo, pero conforme pasaban los meses, más desanimada me sentía y más ganas tenía de hacer vida fuera. No pensaba tanto en mi vida laboral, sino en la social, quería vivir aventuras, tener anécdotas que contar y cometer errores. Pero todo eso cambió después de un verano en el que hice un taller.
Unas amigas y yo nos apuntamos a un taller de flores, donde hacíamos ramos de flores preservadas y frescas. Hicimos diademas, centros, broches, coronas y ramos de decoración y de novia. Duró varios días y yo deseaba que no se terminase nunca. Cada mañana me levantaba contenta con muchas ganas de ir al taller, y cuando este terminó, me di cuenta de que hacía mucho tiempo que no sentía esa ilusión.
La vuelta al CAR fue dura, yo solo pensaba en las flores. Miré muchos videos y busqué información, métodos y herramientas para armar ramos. No podía parar de ver fotos y videos, deseaba que llegase el fin de semana para comprar material y empezar a crear.
Mi rendimiento bajó y tuve varias conversaciones con entrenadores y coach del centro, pero esta vez no me consolaron. Estaba muy desanimada con el deporte y necesitaba salir de ahí.
Tanto ellos como mis padres, me intentaron hacer recapacitar, me sugirieron unos meses sabáticos y luego volver. Creían que mi obsesión con las flores era para llenar el vacío que me estaba causando no estar contenta en el centro, pero insistían en que cambiando el enfoque podíamos redirigir la situación y como me sentía.
Estuve unos meses sosteniendo todo como pude, porque tenia miedo de decepcionar a todo el mundo, pero finalmente tomé la decisión y dejé el centro.
Volví a casa con mis padres y tuve que crear mi vida desde cero. Para que os hagáis una idea, no tenía ni habitación, no tenía a penas pertenencias fuera del CAR y no conocía ni los horarios de mi barrio. Mientras ponía todas estas cosas en orden, hubo amigas y profesores que quisieron hacerme volver, pero la decisión estaba tomada. Quería dedicarme a las flores.

Ahora llevo trabajando 3 meses en una floristería artesanal y soy muy feliz. Aun me estoy acostumbrando a organizar mi vida y compaginarla con nadar, que me sigue encantando, pero ahora siento que por fin estoy haciendo lo que me apasiona y que lo he decidido yo.
Me han llegado rumores de que en el CAR se comenta que, como bajó mi rendimiento, terminé tirando la toalla y marchándome para no hacer el ridículo, pero no me puede dar más igual.
He seguido mis deseos y mis necesidades, aunque eso decepcionase a muchas personas. Y por eso, me siento muy orgullosa de mí misma, más que por todo lo que pude conseguir en el CAR.