Desde que soy madre, todo el mundo me llama “mamá”. Y no solo mis hijos me llaman mamá: en el cole soy “la mamá de Alejandro”, en el ambulatorio ni siquiera pronuncian mi nombre, directamente me mira la pediatra y me dicen: “Mamá, sujétale la cabeza”. Ya hasta mi marido a veces me llama mamá delante de mis hijos.
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Ahora mi identidad parece ir pegada a la de ellos. Hace casi siete años que dejé de tener nombre propio.
Pero hay días —cada vez más— en los que me encantaría volver a ser Raquel.
Porque antes de ser “la mamá de…”, yo era hija de alguien. No era madre. No era una adulta funcional y resolutiva. Era hija. Y era tan feliz…

Desde que nació mi hijo, vivo en un estado de alerta permanente. Aunque duerma, no descanso. Aunque me siente, no estoy más de dos minutos sin moverme. Siempre hay algo que preparar: la mochila de mañana, la merienda, una lavadora de ropa blanca…
Y en medio de todo eso, a veces me descubro pensando en algo tan sencillo como esto: quiero que alguien me prepare la comida a mí. Quiero que alguien me diga “siéntate, ya lo hago yo”. Quiero leer un libro tranquila, quiero tumbarme en un sofá y no estar pendiente de si mi hijo pequeño se está metiendo una pieza de Lego en la boca.
Y aunque tengo a mi marido, que es un amor de persona y un padre ejemplar, y muchas veces es él quien me dice “siéntate en el sofá que ya hago yo la cena”, a veces me gustaría volver años atrás y ser hija de nuevo.
Ahora que soy madre, valoro muchísimo más todo lo que mis padres hicieron por mí. Antes no me daba cuenta de lo agotador que era cuidar de un niño pequeño, de organizar horarios, comidas, ropa limpia, tareas del colegio… Ahora entiendo cada pequeña renuncia, cada decisión que tomaron por nuestro bien.
Antes pensaba que mi madre exageraba cuando decía que estaba cansada. ¿Cansada de qué? Si no trabaja y está en casa. Ahora la entiendo todo.

Ahora sé lo que significa tomarte el café frío casi todas las mañanas. Sé lo que es ducharte en tres minutos con la puerta entreabierta. Ahora entiendo por qué mi madre nunca tenía hambre y se comía medio filete de pollo que había sobrado, mientras nosotros devorábamos una bandeja antera de filetes.
Tengo que reconocer que, hasta para mis padres, a veces me siento como en un segundo plano. Cuando voy a su casa, se lanzan como locos a besar y a abrazar a sus nietos y se olvidan de mí. A veces les tengo que decir. “Hola, yo también he venido”. Y ya vienen a darme un beso.
Entras en su casa y les han comprado un juguete, o mi madre está preparando pollo asado con patatas panaderas que sabe que a mi hijo mayor le encanta. Y entonces piensas en la última vez que cocinó algo que te gustaba a ti. Pero es normal. Son sus nietos y están por encima de todo. Hasta de su propia hija.
Pero a pesar de estas cosas, en su casa sigo sintiéndome como un niña. Mientras mis hijos corretean por el pasillo que yo también recorrí de pequeña, me siento en la mesa del salón y mi madre me trae un café con unos bizcochos de anís, esos que lleva comprando toda la vida. Es oler su aroma y volver a la infancia.

Mi madre me sigue mimando, aunque ahora sus nietos sean lo más importante.
Y ellos también me siguen viendo como una niña, cuando mi madre me pregunta “¿Has comido bien, hija?” o me dice: “Avísame cuando estés en casa”. En esos momentos, siento cómo desaparece el peso de la responsabilidad de ser mamá por un instante. Solo soy Raquel, su hija, y puedo permitirme no tener que resolver nada, no tener que ser fuerte todo el tiempo.
Volver a ser hija, aunque sea por unas horas, me recuerda que ser mamá no borra quien fui antes. Me hace valorar mi historia, mis raíces, todo aquello que mis padres me enseñaron sin darme cuenta, solo con su presencia, con su cuidado cotidiano y constante. Valores que ahora yo transmito a mis hijos.
Y mientras pueda y ellos esté, necesito esos momentos de regreso a la casa de mi infancia, de volver a ser cuidada, de sentirme segura, de sentirme querida sin tener que dar nada a cambio. Es un recordatorio de que no estoy sola, de que siempre hay alguien que me ha amado y que me seguirá amando.