Nunca he tenido miedo a la muerte. Considero que es una parte natural de nuestra existencia, que venimos a este mundo y cuando nos llega el día, nos vamos. No me considero una persona temeraria, pero siempre he creído que el riesgo es parte intrínseca de la vida misma. Donde está el cuerpo, está el peligro. Nunca he permitido que el miedo me prive de vivir plenamente, de explorar, de viajar o de realizar cualquier otra actividad que me apasione.

Pues desde que soy madre, me da pánico morir. De repente, el miedo a la muerte se apoderó de mí, pero no por mi propia partida de este mundo, sino por el pensamiento aterrador de dejar atrás a mis hijos.

La posibilidad de que mis hijos se queden huérfanos me llena de pánico y ansiedad. Ya no se trata solo de mí misma; ahora, mi mayor temor es dejar a mis niños sin su madre. Que se críen sin el amor y el apoyo de una madre. No verlos crecer y convertirse en adultos.

Las mamás pensamos que somos súper necesarias y que, si faltáramos, nadie cuidaría de nuestros hijos tan bien como lo hacemos nosotras. Los vemos como seres indefensos que dependen cien por cien de nosotras.

El problema viene cuando dejas de realizar ciertas actividades por este miedo tan irracional. Cosas tan cotidianas como viajar, que antes me hacía plenamente feliz, ahora me provoca mucha angustia. Cada vez que me subo a un avión, conduzco por una carretera congestionada o simplemente tengo que cruzar una calle, una sombra de preocupación se cierne sobre mí. Me aterra que me atropelle un coche o tener un accidente.

Cada pequeño contratiempo se convierte en una oportunidad para que el miedo se manifieste, recordándome la fragilidad de la vida y la responsabilidad que tengo como madre.

Y ya ni os cuanto cuando me duele algo. Una simple jaqueca o un mareo al levantarme de la cama y ya creo que tengo una enfermedad terminal. Me he convertido en una hipocondriaca.

Me examino varias veces a la semana el pecho en búsqueda de bultos extraños, y ante el más mínimo dolor que considero anormal, me planto en la consulta de mi médico.

Todo esto comenzó cuando tuve a mi primer hijo, pero con el nacimiento del segundo, se ha intensificado. Ahora no sólo me preocupa mi propia muerte, también me aterra que uno de mis hijos se vaya de este mundo y deje solo a su hermano.

Supongo que ninguna madre quiere ver partir a sus hijos, tiene que ser un dolor imposible de cuantificar. Pero igual que me preocupa cómo mi partida afectaría a mis hijos, también me obsesiona que uno de mis hijo tenga que experimentar la horrible situación de perder a su hermano.

Por todo esto, me he convertido en una madre sobreprotectora. No les dejo subirse a los toboganes y columpios si considero que son demasiado altos, no les compro bicicletas, monopatines ni artilugios con los que puedan tener una caída. Ni dejo a los demás que se los regalen, por supuesto.

Cuando se acerca el verano, tengo que reconocer que las piscinas me dan pánico. No sólo me da miedo que puedan ahogarse, un resbalón tonto, un mal golpe en la cabeza y adiós. Y el mar me da mucho respeto. Cuando vamos a la playa, no dejo que mis hijos se alejen de la orilla.

Sé que no puedo proteger a mis hijos de todos los peligros y eventualidades de la vida, pero si puedo evitar ciertos riesgos, los evito.

También sé que no puedo controlar el destino, ni puedo predecir lo que el futuro nos depara a mí y a mis hijos. Pero mientras estemos juntos, estoy determinada a ser la mejor madre que puedo ser, a amar y proteger a mis hijos con todo mi ser, y a enfrentar cualquier desafío que la vida nos depare con valentía y determinación.

A veces creo que me he vuelto loca, que tengo un problema mental. Muchas veces me pregunto si seré la única madre con este miedo o es algo más común de lo que creo. Es un tema tan delicado y que me afecta mucho, pero me encantaría saber que no soy la única que desde que ha sido madre se ha vuelto tan aprensiva.