Después de 10 años comprendí por qué me dejó
Matías y yo éramos amigos de verano. Cuando llegaba julio, el subía por el caminito del campo de la fiesta con sus bermudas de colores y yo, lo veía por la ventana de casa de mi abuela y bajaba en su encuentro. Así con esa amistad tan casual, estuvimos hasta la adolescencia. Éramos dos niños bastante tímidos y raros que nos entendíamos bien y hablábamos el mismo idioma, de hecho pasábamos mucho tiempo en silencio. Un verano Matías vino muy adolescente y recuerdo que cuando bajé por el caminito su mirada era la de siempre, pero diferente. Yo sabía muy bien que Matías estaba enamorado de mí. Por supuesto, pretendía que no sabía nada. Yo en aquel tiempo tenía muchos pretendientes, quería explorar, conocer mundo y conquistar nuevos territorios. Matías sabía, yo sabía, pero curiosamente siempre nos apañamos para tener una gran amistad. Él siempre fue mi sitio seguro. Jamás besé a un chico en la verbena delante de Matías. Teníamos un pacto no hablado.
Nos apañamos para mantenernos así hasta los 29 años aproximadamente. Pasando los veranos juntos en la pandilla, bailando hasta las mil y torrándonos en el río al sol. Pero a los 29, todo estalló. Recuerdo perfectamente que bajaba por el camino y él subía, entonces desde lejos algo se puso en mi barriga, en el pecho, en la cara, en los ojos. Lo recuerdo a él, frente a mí, con su camisa azul y el pelo moreno. Aquel verano hicimos el amor sin parar. Prolongamos a la fuerza aquel verano hasta el otoño y el invierno, recorrimos kilómetros y países juntos, cogimos aviones y trenes para vernos y tocarnos. Ardimos, ardimos sin parar.
Y después fue horrible, Matías se enfrió como un témpano y dejó de ser verano. Sin una explicación directa, ni clara, ni siquiera en persona. Solamente con un gran sufrimiento que era evidente en él. Lloré muchísimo porque Matías había sido mi sitio seguro por años. Quizás me lo merezco, pensaba, ¡quizás lo hice esperar demasiado!
Dejé de ir esos días de verano al pueblo, dejé de bajar por el caminito al encuentro de Matías. Desaparecí. Él siguió acudiendo durante años, de alguna manera haciendo el mismo ritual, esperando. Puse distancia de Matías porque necesitaba sanarme, pasar página, olvidar nuestro álbum de fotos preciosas. Durante unos años nuestras comunicaciones fueron escuetas, limitándonos a felicitarnos la navidad y el cumpleaños con cariño. Luchando con uñas y dientes por volver a ser simplemente amigos.
Ahora ambos estamos más cerca de la cuarentena. Hace muy poquitos años que yo empecé a bajar por el caminito, esta vez con mi vida rehecha con otro hombre y Matías con otra mujer. Hace unos años nos encontramos y aunque la sangre seguía hirviendo de una manera abrumadora, nos sinceramos desde el principio sobre nuestras nuevas parejas, y bailamos y bailamos hasta las siete de la mañana, rodeados de veinteañeros. Los dos, siempre.
Matías me adora. Él me ve y me busca con la mirada en la multitud de una forma que nunca nadie ha hecho antes. Y cuando me encuentra, su rostro se ilumina. Se ríe mucho con mis historias fantásticas. Me hace vídeos bailando, oliendo flores o nadando en el río. Me sujeta la chaqueta, me trae hielos en medio de la madrugada porque sabe que me encantan los refrescos helados. Y me hace preguntas como ¿te tratan bien en tu nuevo trabajo? y me dice cosas como, “creo que estás manchada de regla”.
Este verano yo bajé por el caminito y por casualidad ambos nos encontramos. Salimos a bailar, con la ansiedad de que pudiese ser nuestro último verano, porque eso está ahí y es un miedo irremediable y no hablado pero compartido. De repente, en una barra con la música a tope y mucho bullicio me preguntó ¿Cuándo tienes pensado tener hijos? – Y yo le dije, “Sabes que siempre he querido ser madre”. El asintió con la cabeza. Me miró a los ojos y me dijo “Yo no puedo tener hijos, ni quiero tenerlos Lucía”. En aquel momento dejé de escuchar la música, era como si todos se hubiesen paralizado a mi alrededor. Recordé nuestro álbum de fotos preciosas, a mi metida en su cama hablándole sobre mis sueños de futuro. ¡Joder, no me había dado cuenta de que él no tenía esos planes!
Esa noche Matías y yo brindamos. Brindamos por nosotros, brindamos por lo que no pudo ser y por todo aquello que no va a ocurrirnos nunca.
No sé si me creéis cuando os digo que quiero a Matías, aunque nunca llegue a decírselo. Aunque en nuestra historia reine el silencio y vaya a tener un final no apto para una película. Aunque los dos ardamos cuando nuestras manos se tocan sin querer. Nuestro pacto sigue en pie.
Aunque, otros días pienso que hemos cometido el error de nuestras vidas.
De Lucía…
