Ya casi tengo superado esto que me pasó con mi ex, pero ha sido tan fuerte para mí que me ha costado un tiempo asimilarlo e incluso he tenido que ir a terapia.
Somos de la misma ciudad, del mismo barrio. Nos conocimos en el instituto cuando él iba a segundo de bachillerato y yo a primero. Todo el mundo creía, nosotros incluidos, que sería el típico amor adolescente. El primer amor, ese muy intenso que se termina apagando tan rápido como empieza, pero no fue así en nuestro caso.
Nos hicimos uña y carne, quizás porque éramos el mejor amigo del otro. Nos lo contábamos todo y nos encantaba pasar tiempo juntos. Supimos igualmente equilibrar la balanza y conservar a nuestros amigos de siempre, pero siempre sacábamos tiempo para nosotros a solas porque eran nuestros momentos favoritos del día.
Durante la universidad la relación se formalizó. Salimos igualmente de fiesta, tuvimos mil experiencias y disfrutamos muchísimo de aquella etapa, pero siempre anteponiendo nuestra relación a lo demás y sabiendo que era lo más importante para ambos. Hablábamos de conseguir trabajo en cuanto termináramos de estudiar, aunque al principio no fuera de lo nuestro, para irnos a vivir juntos cuanto antes. Teníamos planes de boda e hijos. Lo queríamos todo con el otro.
Nos costó un poco más de tiempo del que hubiéramos querido podernos ir a vivir juntos. Lo que nos salía al principio eran trabajos a tiempo parcial de camarero, de dependienta y cosas así que, sin ser a jornada completa, tampoco nos daba para independizarnos. Viendo la situación, decidimos continuar en casa de nuestros padres para poder ahorrar al máximo y seguir formándonos para encontrar algo de lo nuestro.
Poco a poco, con mucho esfuerzo, empezamos a colocarnos y pudo él compatibilizar su trabajo de camarero con unas prácticas remuneradas en una empresa de lo suyo en la que después se quedó. Yo empecé de becaria en otra y al final también hicieron contrato indefinido al terminar. No solo habíamos conseguido trabajo de lo nuestro, sino que por fin podríamos irnos a vivir juntos.
Por aquel entonces llevábamos ya ocho años saliendo. Él tenía 26 años y yo 25. Llevábamos un par de años queriendo independizarnos, pero éramos consciente de que, tal y como estaba la cosa, hasta podíamos darnos con un canto en los dientes de podernos alquilar un pisito pequeño para nosotros a esas edades.
Y entonces empezamos a convivir. Tenía entendido que la convivencia al principio era difícil, que una cosa es tener una relación con alguien y que después cada uno duerma en su casa y otra muy distinta compartir tu vida con alguien al cien por cien, con todas sus rutinas, manías, cosas buenas y cosas malas. Habíamos hablado de todo esto muchas veces, así que íbamos concienciados de que quizás al principio nos costaba, tal y como ocurrió, pero como lo teníamos ya más que previsto, entendimos que todo se iría encauzando poco a poco.
No fue así. Toda aquella complicidad y unión que nos había caracterizado siempre se iba evaporando poco a poco con la convivencia. No nos entendíamos. Teníamos horarios diferentes. Maneras distintas de llevar una casa. No éramos capaces de ponernos de acuerdo. Lo que para uno era importante para el otro no. Y aquello fue haciendo mella.
Un par de años después, cuando nuestras familias y amigos ya estaban esperando que anunciáramos boda después de diez años juntos, rompimos. No estábamos hechos para convivir. Aquello había sido un desastre que se había cargado nuestra relación y que no nos había permitido cumplir con nuestros sueños. Lo dejamos queriéndonos, sabiendo que habíamos encontrado nuestra incompatibilidad en algo tan esencial como era la convivencia y que poco podíamos hacer. Incluso habíamos intentado terapia de pareja y no había funcionado.
Yo me quedé destrozada. Y sé por amigos en común que él también. Una cosa es romper por infidelidad o porque el amor se termina y otra porque te das cuenta de que la convivencia con tu pareja es caótica, imposible, inasumible. Qué mala suerte la nuestra de encontrar nuestra incompatibilidad tan tarde, con todo lo que habíamos dado en nuestra relación.
Después de aquello me fui unos meses fuera por trabajo. Sentí que me vendría bien el cambio de aires. Cuando hacía unos ocho meses que habíamos roto, me llama mi madre y me cuenta algo que me deja helada: lo había visto a él con otra de la mano por la calle. Y no solo eso, sino que le había llegado el rumor de que ella estaba embarazada.
Me quedé sin palabras. No me lo podía creer. ¿Cómo era posible, si solo habían pasado ocho meses? Decidí que ese finde iría de visita y que necesitaba hablar con él para que me explicara aquello. Sí, habían pasado ocho meses. Y no, no estábamos juntos. Pero joder, ¿ocho meses y ya con otra, embarazo incluido?
Me juró y perjuró que no la conocía mientras nosotros estábamos juntos, que había sido un par de meses después de la ruptura en un bar saliendo a tomar algo y que había sido un flechazo, que no habían sido demasiado cuidadosos en las relaciones y que se había quedado embarazada, pero que se querían muchísimo e iban a seguir para delante.
Le creí, pero me destrozó, porque una relación tan intensa como la nuestra que había significado tanto para mí, sentía que para él no, que había sido capaz de superarme en muy poquísimo tiempo cumpliendo con ella aquellos planes de futuro que nosotros no pudimos.
Escrito por una colaboradora basado en la historia real de otra persona
