Diez meses, dos semanas y ocho días después del nacimiento de mi hija ¡he podido hacer las cuatro D!
Dios, es que aún no me lo creo.
Por fin, diez meses, dos semanas y ocho días después del nacimiento de mi hija… ¡he podido hacer las cuatro D! ¡Las cuatro!
Real que estoy tan emocionada que creo que celebraré el aniversario de este día casi como el del cumpleaños de la niña.
Exagerando un poco. O quizá no, creo que se me ha marcado el día a fuego en mi calendario mental y no podré evitar recordarlo. Lo mismo hasta soplo una velita pinchada en una magdalena o algo.
Para lo que supone tener a cargo las veinticuatro horas de los siete días de la semana una criaturita que depende absolutamente de ti.

Tengo dos hermanos menores y a uno de ellos le llevo doce años, por lo que un bebé en casa no es algo que me venga de nuevas.
Ayudé todo lo que me necesitaron cuando mi cuñada tuvo sus mellizos.
Más de la mitad de mis amigas han tenido hijos antes que yo y he vivido sus embarazos y postpartos muy de cerca.
Con eso y todo, nadie me advirtió sobre ese mal tan común en las madres recientes, uno que incide con especial virulencia en las primerizas:
La incompatibilidad de las cuatro D
Si no tienes hijos, ni te sonará, seguramente.
Si tienes hijos, lo has sufrido. Fijo.
Diez meses, dos semanas y ocho días después del nacimiento de mi hija ¡he podido hacer las cuatro D!
En mayor o menor medida. En episodios puntuales, en formato miniserie de varias temporadas o de forma crónica, como es mi caso.
Tal vez tú no lo conozcas por ese nombre, tal vez lo llames de otra forma o ni siquiera le hayas puesto uno.

Pero vamos, si tienes o has tenido un bebé, has padecido alguna forma de la incompatibilidad de las cuatro D.
¿En qué consiste este mal?
Pues en la imposibilidad de ejecutar estas cuatro acciones básicas en el mismo día:
DORMIR – DESAYUNAR – DUCHARSE – DEFECAR
Esto es así.
Asumámoslo, no es posible llevar a cabo las cuatro y cuidar a un bebé a la vez.
Diez meses, dos semanas y ocho días después del nacimiento de mi hija ¡he podido hacer las cuatro D!
No se puede.
El día que duermes como es debido, no sacarás el momento de desayunar.
Si has desayunado, es posible que la ducha tenga que quedar relegada a la noche, cuando lleguen los refuerzos (si es que los tienes).
Algunos días tendrás que decidir entre ducharte o defecar.
A veces, disfrutar de una cagada tranquila y sin interrupciones, supone renunciar a una muy necesaria siestecita.

A lo mejor esto solo nos pasa a las madres de los conocidos como bebés de alta demanda, puede ser. Pero, ahora que conozco la incompatibilidad de las cuatro D y su sintomatología, he hablado de ella con muchas otras madres y llegado a la conclusión de que este mal existe y está ampliamente extendido.
Del mismo modo, también he constatado que no es fatal, que hay tratamiento (aunque no todo el mundo se lo puede permitir) y que, incluso sin tratarse, se termina curando por sí solo con el tiempo.
Yo misma puedo atestiguarlo.
Vale que por el momento ha sido un día aislado, pero ha sido como empezar a ver la luz al final del túnel.
Ayer me metí en la cama cuando se durmió la niña, sobre las diez de la noche, y, cuando abrí el ojo, totalmente descansada, la luz entraba por las rendijas de la persiana.
Habíamos dormido las dos del tirón. Sin despertares para pedir un chupito de teta, ni un rato de mimos o de simple jarana ni ná de ná.
¡Qué sensación, amiga!
Me asomé a la habitación de la peque medio asustada y todo. Eran casi las ocho de la mañana y seguía plácidamente dormida.
Así que, después de acercarme con el sigilo de un ninja para ver si respiraba bien y comprobar que no tenía fiebre, me deslicé silenciosamente a la cocina y me preparé un señor desayuno. Con su zumo y tostadas y toda la pesca.

La enana se despertó justo cuando estaba metiendo la taza en el lavaplatos.
Llena de energía, de muy buen humor y con ganas de tirar todos sus juguetes por el salón.
Sin embargo, se entretuvo tanto con los bloques de construcción que, como podía escucharla desde el baño apilándolos y dejándolos caer, a media mañana pude cagar con tranquilidad y sin demasiada prisa.
Por último, después de comer la niña se quedó dormida, momento que aproveché para ducharme.
Fue por la noche, mientras su padre le leía un cuento, cuando me di cuenta de que tenía un ratito para mí, ya que suele ser esa la hora a la que me ducho si no he podido hacerlo por la mañana.
Recordé, con gran regocijo, que no solo me había Duchado, sino que había Dormido bastante, me había tomado un Desayuno como dios manda y probablemente lo había procesado y Defecado poco después.
¡Todo en el mismo día!
La euforia fue tal, que esa noche también me puse tontorrona y me Di un gustito con mi chico.
Ay ¡qué gran día!
A ver si hay suerte, se invierte la tendencia y se consolida mi recuperación.
Lola
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