Me invitaron a dos bodas el mismo día
Hay decisiones que se toman y en las que, en el momento, no se puede saber si son correctas o no. El tiempo acaba determinando qué era lo mejor. Os voy a contar la vez que dudé infinito y a los años me quedó claro si mi decisión fue la mejor.
Tenía un grupo de amigas: seis chicas haciendo planes todos los fines de semana. Cinco de ellas éramos solteras; la sexta tenía novio y se unía solo algunas veces y, normalmente, con el novio.
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El grupo se había formado con amigas de amigas. Y claro, como ella venía poco y nos conocíamos por una amiga común (no teníamos un pasado de amistad), pues aunque nos teníamos mucho cariño y nos llevábamos muy bien, no nos solíamos contar nuestras intimidades y era una relación algo más superficial que con el resto del grupo.
El tiempo iba pasando y los planes de todo el grupo también se iban reduciendo. Varias empezamos relaciones y, aunque sea feo de reconocer, ya no teníamos tantas ganas de quedar juntas.
Después de unos meses sin vernos, la chica que siempre tuvo novio nos invitó a todos (incluyendo parejas) a su casa. La excusa era enseñárosnola. Prepararon una cena muy rica y nos mimaron. Y entonces, llegó la sorpresa: ¡se casaban! Por supuesto, estábamos todos invitados. La verdad, me hizo mucha ilusión la invitación y me pareció un detalle muy bonito.
Ya nos avisaron de que, con la organización de la boda, que era en otra ciudad, no iban a tener tiempo para planes y nos veríamos poco antes de la boda. Y así fue, solo nos vimos en la despedida de soltera, a la que fui sin dudar.
El dilema fue que unas semanas después, mi compañera de trabajo, con la que pasaba todo el día, que llevábamos trabajando juntas años y que es una de mis mejores amigas, me dijo de desayunar las dos solas. Me anunció su boda y que estaba invitada. No pensaba invitar a nadie más de la oficina, porque tenía claro que no invitaba por compromiso, solo por sentimiento.
Me invadió la ilusión, las ganas de compartir con ella la organización de la boda; ya sabía que lo iríamos hablando cada día y que lo íbamos a vivir juntas. El problema: las dos bodas eran el mismo día. Así que se lo dije y le expliqué que, además, a la otra boda me habían avisado antes. Por supuesto, lo entendió y me dijo que me lo pensara, que le gustaría que estuviera en su boda, pero que no me sintiera mal.
Esa misma noche empecé a debatir conmigo misma. Por un lado, sabía a qué boda prefería ir. Pero por otro, me habían invitado antes a la otra. Pasé días dándole vueltas, analizando y tratando de encontrar la mejor solución. Consulté con amigos, con familia, con la almohada. Con cualquier decisión me iba a sentir mal.
Al final, sintiéndome una traidora, llamé a mi amiga y le conté la verdad, se casaba mi compañera de trabajo, que es una de mis mejores amigas. Me escuchó, pero no pareció afectada; me dijo que lo entendía y listo.
Fui a la despedida de soltera, estuve pendiente el día de la boda, le mandé un regalo a su casa, intenté quedar con ellos cuando volvieron de la luna de miel, la llamé para que me contara la boda, seguí proponiendo planes. Pero nada, parecía imposible.
No me lo tomé como nada personal porque tampoco estaba quedando el grupo. Parecía que cada una estaba siguiendo su camino y ya no se cruzaban. A los meses dejé de agobiarme y, aunque seguía proponiendo planes, no le daba tantas vueltas.
Con el tiempo nos anunció por WhatsApp que estaba embarazada. Aproveché para llamarla, para intentar cuadrar vernos; me dijo que claro, pero después a cada propuesta concreta me decía que no podía.
Ahora ya han pasado años y coincidimos en un plan de cena de navidad que por fin conseguimos cuadrar todo el grupo. Todo fue como siempre.
Creo que si hubiera ido a la boda todo sería igual. Y yo me estaría arrepintiendo de no haber ido a la otra boda. El tiempo me ha demostrado que tomé la decisión correcta.