Hoy, me he levantado optimista. De esos días en los que, sin ninguna razón aparente, de repente te piensas que todo va genial, en tu mundo de piruletas. Hoy era uno de esos días. No se si es que Saturno estaba hoy alineado con Júpiter, y eso nos hace a los acuarios ser mas felices, o si he sido poseída por el espíritu navideño, pero estaba decidida a que todo iba a salir bien, y a que nada podría arruinar el día. Ilusa…

En mi subidón de felicidad, he decidido tender en la calle. No tengo secadora, y en este país llueve mucho. Así que de septiembre a abril siempre me vuelvo loca con las lavadoras a ver dónde las tiendo. Mi casa, muchas veces, parece una lavandería publica con ropa colgando por todos los rincones. Pero no hoy.

Hoy, iba a tender en la calle por primera vez en meses. ¿Qué estamos en diciembre, está nublado, y estamos a 9 grados? No importa, hoy no puede salir nada mal.

Mi marido se ha marchado a comprar leche, que se nos había acabado, y yo me he salido al jardín a tender. Mientras tanto, mis retoños estaban en el salón jugando con sus trenes. Habíamos dejado el circuito ya montado, y eso suele darme al menos media hora child-free. Para mayor seguridad, la puerta de la calle estaba con la llave echada, y yo he cerrado la valla que separa el salón de la cocina. De este modo, ellos no pueden salir de allí, y yo los escucho desde el jardín por si me la lían.

Bueno, pues resulta que, mis dos enanos, en una muestra de trabajo en equipo digna de la selección, han cogido los dos taburetes que tienen para llegar al baño y los han puesto al lado de la valla. Uno a cada lado.

Uno detrás del otro, dándose las manos como buenos hermanos para no caerse, han saltado la valla y se han acercado hasta el jardín. Como ninjas, debería añadir, ya que no han hecho ni gota de ruido.

Han cerrado la puerta, y echado la llave, mientras yo corría en modo pánico hacia ellos.

Muy calmada, les he dicho que abrieran la puerta. Y en respuesta han sacado la llave mientras reían como posesos. Cuando ya he puesto mi tono de madre y les he llamado por su nombre completo más algún añadido, han entendido que ya no estábamos de broma y han hecho un esfuerzo por meter la llave en la cerradura. Por exactamente 0.3 segundos antes de marcharse hacia el salón a jugar a lo siguiente que se les pasase por la cabeza.

Yo me he quedado ahí, encerrada en el jardín sin poder ir a ningún lado, y sin teléfono o algo para poder pedir ayuda.

Me he puesto a gritarle a la vecina. A una en concreto, ya que es la única que tiene el teléfono de mi marido para llamarle. ¿Por qué no se me su número de memoria después de nueve años si me sé todavía la lista de las preposiciones que estudiamos en el cole? No me lo preguntéis a mí.

Al final, otro vecino ha salido alarmado por mis gritos de alarma, y le he pedido que llamase a la vecina. Pero resulta que no estaba en casa, y no podía hacer nada más que esperar comiéndome las uñas, y mi marido ha vuelto mas o menos 15 minutos más tarde.

En esos 15 minutos, mis enanos se las han ingeniado para encerrarme en el jardín, volver al salón, abrir el armario del chocolate, comerse 3 paquetes de bombones enteritos (encima los de pistacho que me trajo Papa Noel), romperme las tres únicas macetas que tengo en casa, embadurnarse con la crema para el culete y, como estaban manchados de tierra y cremita, se han desnudado y se han metido a la bañera, donde los hemos encontrado. Por suerte, sin agua. Estaban ideando como podían hacerlo para acceder a ella, ya que esta fuera de su alcance. ¡Ah! Casi se me olvida. Como querían ayudar a mama, que siempre se queja de que hay mucha ropa pendiente, también me han puesto la lavadora en marcha a 90 grados.

Creo que el optimismo del día me lo he dejado en el jardín junto con la ropa tendida. Que, por cierto, encima no se ha secado, porque dos horas mas tarde se ha puesto a llover.

Andrea M.