Me encantan los niños. De hecho, desde muy pequeña tuve claro que quería ser madre. Tener un bebé no es algo fácil; no hay un libro de instrucciones para hacerlo bien, pero se sobrelleva con amor y paciencia. Es algo a lo que nunca tuve miedo. Sin embargo, la adolescencia es otra historia.
Cuando soñaba con ser madre, nunca me planteé que mi pequeña un día sería adolescente. No podía ni imaginar cómo iba a cambiar ni lo complicadas que podrían ser algunas cosas. Sinceramente, aunque lo afronto con el mismo amor y paciencia que sus años anteriores, confieso que a veces consigue sacarme de quicio.
Y no es porque sea una niña mala, ni mucho menos. Pero tiene mucho carácter, es bastante inconformista y tiene una imaginación desbordante.
Su última ocurrencia me ha dejado totalmente sorprendida. Resulta que está en una etapa muy presumida. Obsesionada con la ropa, los accesorios, las cremas para la cara y está empezando a querer maquillarse. Yo le compro la ropa que necesita para el instituto y, como apenas tiene edad para salir, algún conjunto adecuado para pasar unas horas en el parque con sus amigas, que yo suponía que era lo normal.
Pero parece que ella no lo ve así. De un tiempo a esta parte está obsesionada con la ropa para mayores. Le encantan las faldas de última tendencia, los tops virales, los pantalones tan cortos que se le ve medio cachete del trasero. Y no, no me parece bien. En fin, la cosa es que ese tipo de ropa no se la compro. Le he dicho que aún es muy pequeña para vestir así e intento hacerle comprender que para ir al parque o al instituto, la ropa que quiere comprar está fuera de lugar, que no se la va a poder poner.
Después de la charla pensé que todo estaba aclarado. Ilusa de mí.
Resulta que tengo a mi hija en custodia compartida con su padre. Pasa una semana con cada uno. Eso no había sido un problema hasta hace un par de meses. Resulta que algunas prendas de ropa que se llevaba a casa de su padre desaparecían. Al principio pensé que era algo normal, que una sudadera se extraviara o unos pantalones desaparecieran un tiempo. Quizás era ropa que se había quedado al fondo del cajón de la colada, sin más. No le di muchas vueltas.
Pero poco a poco, su ropa empezó a ser sustituida por unos modelitos que yo no le había comprado. Me extrañó. Su padre nunca le ha comprado ropa. Así que cuando vi prendas que no me sonaban, le pregunté a mi pequeña de dónde habían salido.

Al principio me dijo que se las había dejado una amiga, cosa que vi normal, a su edad yo también lo hacía. Pero la cantidad de ropa nueva iba subiendo y empecé a no creerme que estuviese dejando medio vacío el armario de otra niña. Hablé con su padre y me dijo que él no le había comprado nada. Le pregunté por la ropa que había desaparecido y tampoco tenía ni idea. Pero no me extrañó, porque en ese tipo de cosas él no se fijaba.
En fin, el misterio de la ropa me estaba volviendo loca, así que decidí investigar.
Revisé sus armarios y me di cuenta de que faltaba bastante ropa. También encontré faldas y vestidos que yo no le habría comprado ni loca. Aquello no tenía sentido. Sabía que ella no me iba a confesar lo que estaba pasando, así que, tras agotar todas las opciones posibles y a pesar de que no me gusta hacerlo, cogí su móvil y lo revisé. Allí estaba: la aplicación para vender y comprar ropa. Entré en su sesión y vi que había colgado un par de prendas que le compré el año anterior. La pillé vendiendo ropa poco a poco, la más antigua, para que así yo no la echase en falta.
Esa tarde, con las pruebas por delante, le pedí explicaciones. Jamás me podría haber imaginado aquello. Resulta que, con ayuda de una prima mayor que vivía en el pueblo donde ella pasaba el tiempo con su padre, habían abierto una cuenta en Vinted y vendían ropa y complementos. Su prima tenía una cuenta bancaria con sus ahorros y la estaban usando para las ganancias. Con el dinero se compraban cosas a escondidas.
Me puse furiosa. Yo me gastaba bastante dinero en comprarle ropa de calidad y ella la vendía para comprarse trapitos de tiendas de moda rápida de internet, que sabía que yo no aprobaba, y después los usaba a escondidas. Intentó defenderse diciendo que yo no respetaba su estilo y que todas sus amigas lo hacían.
Me pareció increíble que niñas tan jóvenes estuviesen haciendo esas triquiñuelas. Ahora las cosas empezaron a encajar del todo. Últimamente, mi hija se compraba muchas cosas, tonterías, subrayadores de colores, joyería de los chinos y algunas otras cosas. Me decía que las encontraba de oferta y yo pensé que había aprendido a administrarse bien la paga. Pero ni paga ni leches, estaba vendiendo la ropa que yo le compraba y la de sus amigas de paso, porque como su prima tenía la cuenta bancaria, ellas se ofrecían a gestionar los pagos por una comisión. Mi pequeña adolescente estaba hecha una sinvergüenza.
Pero se le había acabado el chollo. Hablé con su padre para contarle el negocio que nuestra hija y su prima se habían montado y llamé a las madres de las otras niñas para que supiesen lo que estaba pasando. No conseguí que devolviese las comisiones a sus amigas porque nadie quiso confesar cuánto habían vendido ni qué prendas eran de cada una.
Así que nada, la tengo castigada sin móvil y ahora la paga tiene que ganársela con trabajos en casa. Espero que así aprenda el valor de las cosas y que para tener lo que se quiere en esta vida no se debe trampear.
Anónimo
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