Hay días que te acuestas pensando que mejor te hubiera ido si te hubieras quedado en la cama.

A mí me pasa mucho, lo de que querer quedarme en cama, digo. Pero aquel día en concreto, ojalá hubiera amanecido con un gripazo criminal que me lo hubiera permitido.

Fue una mierda desde la primera hasta la última hora.

Llegué tarde a trabajar por culpa del tráfico, tuve movida con unos clientes, mi jefe me montó un pollo, llegué tarde a por los niños y se me pegaron las lentejas. Un puto despropósito tras otro.

Me fui a la cama justo después de que se acostaran los niños y de tomar un paracetamol porque me dolía muchísimo la cabeza.

Estaba allí, desvelada perdida, cuando se me ocurrió darme una ducha calentita que me limpiara el cuerpo de las malas vibras acumuladas. Y, una vez que salí de la ducha, se me ocurrió que igual un orgasmo me ayudaba a cambiarlas del todo.

Más tarde me preguntaría por qué lo había hecho, por qué justo ese día y en ese momento. Ya que yo no suelo masturbarme. No a menudo, desde luego. Supongo que me apeteció, que me lo pidió el cuerpo como compensación por el día de mierda que llevaba.

Y será por eso de que no estoy acostumbrada, que me puse a ello en el mismo baño. Envuelta en una toalla, con otra enroscada en la cabeza y sentada en el borde de la bañera. Con la puerta de mi cuarto abierta y la del baño solamente entornada.

Lo primero que pensé cuando vi movimiento por el rabillo del ojo y me encontré con mi hijo de once años mirándome con una expresión que no puedo describir, fue que tenía que ponerle un pestillo a la maldita puerta que no había cerrado.

 

Luego ya me sobrevino el shock y solo fui capaz de cerrar las piernas de golpe y de decirle que hay que llamar antes de entrar. El niño se fue por donde había venido y yo me quedé un rato maldiciendo y pensando cuál era la probabilidad de que hubiera entendido lo que había visto.

No es que sea un niño especialmente avispado ni precoz, de hecho, es bastante infantil e inocente. Pero tiene once años, no cuatro. Por tanto… teníamos una conversación pendiente.

Cuando fui a su habitación ya estaba acostado y no recordaba por qué había ido a buscarme. ¿Otro que estaba en shock?

Hablamos al día siguiente. Fui a recogerlo al entrenamiento caminando en lugar de en coche, y aproveché para sacar el tema mientras paseábamos de vuelta a casa. El niño estaba incómodo, casi tanto como yo, supongo. Procuré ponérselo fácil tratando de hablar sin hacerle preguntas.

Me limité a decirle que, a partir de cierta edad, aprendemos que tocar algunas partes de nuestro cuerpo nos proporciona placer. No me explayé en qué partes ni en cómo hay que tocarlas, imaginé que no era estrictamente necesario, sobre todo, dadas las circunstancias. Le expliqué que es algo natural y que no hay nada de malo en ello. Si bien debemos reservarlo para momentos en los que estamos a solas, en la intimidad de nuestro cuarto, o del baño… En fin.

 

Él me iba escuchando con más atención y normalidad de la que había esperado. Solo habló cuando yo ya no sabía si seguir, si callar o si tirarme delante del primer bus que pasase por la calle. Me miró, luego miró hacia delante y dijo: No sabía que las mujeres también se hacían pajas. Y luego añadió: A partir de ahora llamaré siempre antes de entrar en tu baño.

Lo único que pude hacer fue prometerle que yo también llamaría antes de entrar en el suyo o en su cuarto. Después me preguntó qué íbamos a cenar.

Y ya.

 

Anónimo

 

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