Desde que soy madre, las vacaciones dejaron de ser vacaciones. No importa si vamos al Caribe, a Benidorm o al pueblo de los suegros. El resultado es el mismo: yo no descanso. Yo no desconecto. Yo no tengo vacaciones. Lo que hago es mudarme temporalmente a cuidar de mis hijos desde una localización diferente.

Porque eso de “¡qué ganas de irme a la playa a descansar!” es una broma de mal gusto cuando tienes niños pequeños. Irte con ellos de vacaciones a la playa es un deporte de alto riesgo. Intentar relajarte con dos criaturas armadas con pistolas de agua, cubos llenos de arena y gritos de guerra… es una utopía. Más fácil me resulta encontrar la paz interior en una reunión de vecinos.

Cuando no eres madre, las vacaciones son sinónimo de dormir hasta tarde, leer un libro sin interrupciones, tomarte un mojito mirando al mar mientras escuchas el relajante sonido de las olas. Pero cuando tienes hijos, ese sonido de las olas se mezcla con el chillido constante de:

“¡MAMÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁÁ!”

Cambias el parque por la playa, la comida casera por platos combinados, y tu cama por un sofá cama con muelles traicioneros. Pero el nivel de trabajo y de estrés es el mismo o incluso superior. Tienes que vigilar a tus hijos mientras se bañan en el mar para que no se los lleve una ola. Incluso meterte con ellos en el agua si aún son pequeños, como es mi caso, y no sé los vuestros pero los mío no se quieren salir del agua, ni aunque estén arrugados como pasas o temblando de frío.

Así que, si pensabas aprovechar la playa para tirarte en la toalla a leerte un libro o a tomar el sol, pues no mi ciela.

Además, hay que tener en cuenta el pack completo de desajustes: los niños que duermen mal porque no está en sus camas, el bebé que no quiere comer lo que hay en el restaurante, el preadolescente de seis años que dice que se aburre, los horarios de comida descontrolados y las discusiones de pareja porque uno siente que hace más que el otro.

Y mira que a mí me encantaba la playa. Era mi lugar feliz. Pero ahora, si me propone mi pareja alquilar un apartamento una semana en la costa para ir en familia, pues le digo sin pestañear: “No, gracias.”

Lo peor de todo es que los traumas se olvidan, y de un verano para otro ya no te acuerdas de lo horrible que fue la semana playera. Volvemos a alquilar el mismo mini piso en Gandía para gozar de una semana durmiendo en aquel sofá cama incómodo y vigilando a tus hijos para que no se ahoguen en el Mediterráneo.

Desde que tengo hijos, he empezado a valorar destinos que antes detestaba. Por ejemplo, el pueblo de mi marido. Antes de ser madre, no quería ir ni muerta. Imaginaos: Extremadura, pleno agosto, cuarenta grados a la sombra, sin piscina y todo el día encerrada en casa con mis suegros porque hasta las diez de la noche no se puede salir. A esa hora, como manda la tradición, sacas la hamaca a la calle para tomar el fresco y cotillear con la vecina de al lado.
Como veis, era un planazo.

Pero ahora… ahora ese pueblo es mi paraíso.

Los niños juegan en el patio, que está cerrado, sin riesgo de atropellos, sin olas traicioneras ni arena en el pañal. Y, lo más importante: mis suegros me echan una mano. Juegan con ellos, mi suegra cocina (bendita sea), y a veces hasta tengo tiempo para echarme la siesta.

La siesta. Ese concepto del que dejas de disfrutar para ti y entiendes como disfrutar de la siesta cuando aprovechas que tu hijo, aún pequeño, duerme un rato para tú dedicarte a los quehaceres de la casa.

Mis hijos, que ya tienen una edad (seis y dos años…), han decidido que la siesta es una pérdida de tiempo y se quedan tan contentos viendo la novela de La 1 con los abuelos. Yo me tumbo en la cama con las persianas bajadas, un ventilador apuntándome a la cara y un silencio que me suena a gloria bendita.

Al menos en el pueblo el desbarajuste es menor que en un apartamento alquilado en la playa. En la casa de mis suegros cada uno tenemos nuestra cama; la comida de bar del paseo marítimo te la ahorras y comemos mejor porque cocina mi suegra; y los horarios y las rutinas también están descontroladas, pero no se puede tener todo.

Tengo que reconocer que la piscina municipal del pueblo me da menos ansiedad que la playa. Es pequeña y con un socorrista que acaba de terminar la ESO pero seguro que está super preparado para salvarnos si hay algún problema. Nótese la ironía.

El caso es que, lo que antes era un coñazo, ahora se ha convertido en el mejor plan del verano.

Pero no todo es maravilloso en el pueblo y es que, aunque me ayuden mis suegros, tengo que seguir ejerciendo de madre responsable, obligando a los niños a comer fruta y verdura, mediando en los conflictos porque los dos quieren el mismo juguete, o siendo el poli malo cuando los abuelos les dejan hacer lo que les da la gana.

Eso nadie te lo dice cuando te conviertes en madre: que tus vacaciones ya no son para ti. Que te vas a otro sitio a hacer exactamente lo mismo que haces en tu casa, pero con más calor.

Pero ojo, que no todo es tan negro. Entre tanto caos también hay momentos preciosos. Hay carcajadas en la piscina, aventuras por las calles del pueblo y recuerdos que vamos a guardar toda la vida.

Ellos disfrutan mucho del verano. Y yo, pues sobrevivo. A veces sueño con irme sola a un spa y no volver en tres días. Pero no cambiaría estos veranos por nada.