Esta podría ser una de esas historias de infidelidades al uso, porque podría decirse que sí, el que fue mi novio durante dos años me engañó: sin embargo, lo jodido de esta historia es que, en esta ocasión, la otra era yo. Sí, como leéis, yo era la otra y lo peor es que no tenía ni puñetera idea porque, como dice Rocío Jurado, él me dijo que era libre y yo le creí.
Y es que, aunque trato de quitarle hierro tras el paso de los años y mucha terapia, esto que voy a contaros marcó mi vida de una manera tan profunda que, a día de hoy, aún no soy capaz de tener una cita, cortando de raíz cualquier posibilidad de conocer a alguien.

Nos conocimos en el trabajo; yo por aquel entonces llevaba un tiempo trabajando en una inmobiliaria y él entró nuevo. La idea de mi ex-jefe era que, en lugar de ir solos a captar clientes como habíamos estado haciendo hasta entonces, fuéramos por parejas, así que a mí me encasquetaron a este chico para que durante las dos primeras semanas fuera mi aprendiz. La verdad es que a mí la noticia me causó un poco de fastidio porque yo estaba muy a gusto trabajando a mi bola, si bien he de decir que, cuando le conocí, se me pasó de golpe: me cayó genial de primeras porque era un encanto, simpático pero sin pasarse, y sobretodo, ¡estaba como un tren!
Durante dos semanas fue mi sombra, aprendía rápido y le cogí el gusto a trabajar con él, hasta el punto de que después del curro nos solíamos quedar un rato charlando o tomando algo. Naturalmente cuando pasaron las dos semanas de formación me le asignaron como pareja, con lo cual nosotros encantados. Con el tiempo pasamos de ser dos compañeros de trabajo que se llevaban muy bien a hacernos amigos, a hablar con frecuencia de nuestras cosas y a pasar tiempo juntos fuera del trabajo, y cuanto más avanzaba nuestra relación más química sentía yo entre nosotros. Total, que una de esas tardes en que nos quedamos tomando algo después del trabajo empezó a llover y se ofreció a acercarme a casa con el coche, y yo, que ante todo soy una persona muy cortés, le invité a subir a tomar la última antes de despedirnos. Y pasó lo que tenía que pasar.

No es sólo que echásemos tremendo polvo, es todo lo que pasó antes, durante y después; fue su forma de abrazarme, de darme mimos, las confidencias y las risas que compartimos mientras cenábamos la comida china que pedimos. Le ofrecí quedarse a dormir, ya que tenía el coche allí y al día siguiente íbamos a trabajar juntos, y me dijo que prefería irse a su casa, ya que si se quedaba conmigo no sería capaz de ir a trabajar al día siguiente. Lo entendí, aunque una parte de mí se preguntaba si para él acaso no habría sido un simple polvo. Sin embargo no fue así: seguimos saliendo después del trabajo, yendo al cine, cenando juntos.
Llegaron los primeros ‘’te quiero’’, empezó a quedarse a dormir en mi casa de vez en cuando y eso sí, en el trabajo procurábamos llevarlo con discreción para evitar tanto cuchicheos por parte de nuestros compañeros como que nuestro jefe decidiera cambiarnos de compañero. Así, nuestra relación fue avanzando, todo iba de perlas y yo cada día estaba más enamorada del que era mi chico. Sin embargo, había algo que me mosqueaba aunque yo no quisiera verlo: nunca íbamos a su casa. A mí no me hubiera importado esto si él me hubiera dicho que compartía piso, por ejemplo, y tampoco le habría propuesto venirse a vivir conmigo porque llevábamos muy poco tiempo juntos; pero era cuanto menos curioso no sólo que siempre tuviera alguna excusa para no ir a su casa, sino que ni siquiera me hubiera dado nunca su dirección.
La primera vez que le comenté que tenía curiosidad por ver su casa me dijo que lo sentía muchísimo pero que era imposible, que le tenían que arreglar unas goteras y que lo tenía todo patas arriba. En otra ocasión fue que habían venido de visita su hermana y su cuñada y que no íbamos a tener intimidad. Llegó a inventarse que había una plaga de hormigas en su bloque y que no podíamos ir porque les habían recomendado que buscaran alojamiento fuera mientras fumigaban el edificio. El caso es que, dentro de lo raro que se me hacía todo, tampoco tenía motivos serios para sospechar, ya que incluso en un par de ocasiones nos fuimos juntos de escapada unos días. Con lo cual así estuve durante cerca de dos años, en una nube de mentiras, sin que me resultase raro el que no me hubiera presentado a ningún amigo (porque era de otra ciudad), que casi todo el tiempo que pasábamos juntos fuera en mi casa y creyéndome todas y cada una de las excusas que me había contado para que no me acercase a su casa.

Fue una amiga mía la que me ayudó a abrir los ojos: resulta que mi amiga es asistente a domicilio para personas mayores y discapacitadas, y mira tú por dónde había empezado a atender a una persona en el mismo edificio en el que vivía mi ‘’novio’’. Cosas de la vida, él no la conocía a ella porque con la excusa de que él era más de planes caseros nunca me había acompañado a los planes con mis amigos, pero ella sí que le conocía a él porque le había enseñado fotos. Y ella, que es una mujer precavida, la primera vez que le vio salir con una mujer de su casa no me dijo nada: podía haberle confundido con otro, podía ser una amiga, su hermana, vete a saber. Pero, tras varias veces viéndole salir con la misma mujer, hizo lo mejor que pudo hacer en aquel momento: mandarme una foto de los dos juntos y preguntarme si era él. Yo no estaba segura: en la foto aparecía medio de perfil, de lejos, y quise creer que no. Además, en caso de ser él la de la foto podía ser su hermana, a la que por supuesto yo no conocía.
Decidí dejarlo pasar, a la espera de que él me dijese algo acerca de si su hermana estaba de visita pero por supuesto no dijo nada al respecto, lo cual me mosqueó bastante porque una o dos veces al mes me contaba que su hermana iba a pasar unos días con él. Total, que lo comenté con mi amiga y llegamos a una conclusión: lo mejor sería que yo lo viera con mis propios ojos. Así, un par de días después y aprovechando que mi amiga iba al domicilio del vecino de mi ‘’novio’’ por la mañana temprano, me fui con ella y me quedé en su coche mientras ella subía, con el corazón en la garganta y al borde de un ataque de nervios. Y lo vi: salió del portal con otra mujer de la que se despidió con un tierno beso en los labios. Antes de que se fuera, la sujetó de la mano y la atrajo hacia él para besarla otra vez.
Como solía hacer conmigo.
Y me rompí, me rompí por completo. Me rompí e hice lo que creo a día de hoy que fue lo mejor en ese momento: bajarme del coche e irme hacia él, con el rostro arrasado de lágrimas.
Según me vio supo que lo sabía. Balbuceó un ‘’lo siento’’. Me dijo que me quería de verdad y que no quería perderme, pero que también la quería a ella. Me dijo que me lo iba a contar, que no tenía que haberme enterado así.
Yo no podía dejar de llorar; el shock me hacía escucharle como un eco lejano, como si estuviera muy lejos. Sentía que en cualquier momento me iba a desplomar; suerte que llegó mi amiga y, agarrándome de los hombros con toda la delicadeza del mundo, me separó de él. ‘’Eres un puto cerdo’’, le dijo antes de montarme en el coche.
Ese día tuve que llamar para avisar de que no iba a poder ir a trabajar.
Al día siguiente tuve que ir al médico, me dieron la baja por depresión. Estuve una buena temporada en tratamiento, y poco después de reincorporarme al trabajo, lo dejé.
Él se había ido durante mi baja, pero aun así no podía seguir trabajando en el lugar en el que le había conocido, en el que me había enamorado de él.
Ahora, tres años después, me pregunto si tal vez debería haber avisado a su novia; me pregunto si seguirán juntos, si la seguirá engañando, si habrá engañado a otras como a mí. Es algo que me sigue atormentando y que no sé si seré capaz de cerrar alguna vez. Sólo sé que, de no haber sido por mi amiga, tal vez seguiría siendo ‘’la otra’’.
Relato escrito por una colaboradora basado en la historia real de una lectora
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