Recordaré siempre el día del apagón como el día en el cual puse fin a mi relación de pareja de más de cuatro años. Javi siempre había demostrado ser una persona bastante egoísta, le costaba mucho hacer favores o sacrificarse por alguien en algún momento importante. A pesar de ver las claras bandejas rojas, algo en él me atrajo tanto que empezamos una relación y acabamos viviendo juntos.
En la convivencia, demostró ser, aún más, una persona que solo pensaba en sí misma. Era capaz de hacer solo su cena aun cuando me veía llegar agotada después de una dura jornada de trabajo. Está claro que debería haberlo dejado antes, pero una llega a su límite cuando llega, y mi límite llegó el pasado lunes 28 de abril.
Estaba en el trabajo cuando se apagó el ordenador y las luces de la oficina. Enseguida nos mandaron para casa porque nos avisaron de que se había producido un apagón que afectaba a buena parte del país, y sabían que no podríamos seguir trabajando. Al salir de la oficina, todo era muy caótico. Los semáforos no funcionaban y me deba miedo conducir, aunque llegué a casa sin problema. Al llegar, recordé que mis llaves solo abren de manera electrónica, así que no podía entrar. Llamé a Javi para decirle que necesitaba entrar en casa, que no me funcionaban las llaves, y me dijo que iría lo antes posible porque a él también le habían dicho que podía irse a casa. Al principio no me preocupé porque pensé que podría esperar en la cafetería de debajo de mi casa y, mientras llegara a la hora que solemos hacerlo habitualmente, podría tomarme mi medicación sin problema. Pero pasaron un par de horas y él aún no había llegado. Empecé a preocuparme porque pese a que puedo tomarme la medicación algo más tarde, es mejor hacerlo siempre a la misma hora. Estaba nerviosa porque la linea telefónica fallaba y no sabía qué pasaba.
Cuando por fin le localicé me dijo que como no había luz ni otra cosa que hacer, se había quedado con los compañeros del trabajo tomando unas cañas en el bar de al lado. Le dije que llevaba tiempo esperando, que necesitaba entrar en casa para coger mi medicación, y me dijo que me tranquilizara, que no era para ponerse así, que era una exagerada.
De repente, los mensajes ya no le llegaron. Seguí esperando fuera de casa durante horas, se pasó la hora en la que debía tomarme la medicación, y unas cuantas más. Pensé que se habría quedado sin batería, pero no entendía por qué tardaba tanto en llegar.
Después de cinco horas esperándole, llegó, feliz, habiéndose tomado sus cañas y comentándome lo bien que le había sentado el apagón, porque se había podido relacionar de esta manera tan especial con sus compañeros hablando tanto como no lo habían hecho nunca. Le dije que me parecía genial, pero que yo había estado sola sin poder entrar en casa y que lo peor de esto es que hacía más de dos horas que tenía que haberme tomado la medicina. Me dijo que no me iba a morir por tomármela un poco más tarde. Él tampoco se hubiera muerto por acabar antes sus cervezas.
Esa noche la pasamos sin hablarnos, y al día siguiente, tuve claro que ahora sí que había llegado mi punto final. Al ser yo la propietaria del piso, le dije que recogiera sus cosas y que se fuera; no se lo creía, me preguntó que qué iba a hacer ahora, que a dónde iba a ir, a lo que le respondí que podía ir a tomarse unas cañas con sus compañeros de trabajo.
Anónimo
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