Ahora soy madre y soy consciente de lo importante que es establecer unos límites claros para la educación de mis hijos, pero también soy consciente de que esos límites deben ir acompañados con momentos de amor y cariño, de comunicación y de confianza, para que los niños tengan unas normas claras basadas en el respeto y la educación. 

Mis padres fueron personas muy autoritarias, dictatoriales y poco amorosas. Esas carencias han hecho mella en mí, pero me han convertido en la persona que soy ahora. Que quede claro que ya no les guardo rencor, pienso que ellos lo hicieron lo mejor que supieron con las herramientas de las que disponían en esos momentos. Lo que sí que tengo claro es que el hecho de no poder replicar ni cuestionar nada, me convirtió en una niña sumisa, demasiado buena. Creo que a raíz de esa sumisión aprendida, también fui víctima de bullying de pequeña. No voy a cargar a mis padres también con la culpa del maltrato recibido en la infancia por parte de mis compañeros, pero creo que sí fue un daño colateral a causa del tipo de persona que ellos formaron. 

 

Al llegar a la adolescencia, me rebelé. Me rebelé en todos los sentidos, aunque seguí siendo buena estudiante y una persona responsable, algo que sí creo que fue herencia directa de la forma en la que ellos me educaron desde muy pequeña. Muy pronto me fui a vivir sola, era todavía una niña, y con la excusa de irme a estudiar lejos fui independiente desde muy joven. Acabé mis estudios en la universidad y gracias a ello tengo ahora un trabajo que me gusta y con el que puedo vivir medianamente bien. Debo agradecer que mis padres estuvieran tan encima de mí en los estudios desde pequeña, porque me convirtió en una persona responsable y estudiosa. Lo que no puedo agradecerles es todo lo que me he perdido en mi infancia y en mi adolescencia antes de independizarme. 

 

En mis primeros años de adolescencia, no podía hacer nunca nada, siempre debía estar en casa, podía quedar pocas veces con mis amigas y me perdí noches de pijamas, conciertos, y muchas otras cosas. Tenía unos horarios muy marcados, y mis padres no eran nada flexibles conmigo. Además, su autoridad me convirtió en una niña buena callada que solo quería complacerles, al igual que quería complacer a mis compañeros de clase a los cuales acababa haciéndoles los deberes. 

Por suerte, cuando me fui a vivir sola, me rebelé. Pero me rebelé de tal manera, que ahora tengo más carácter del que me gustaría. Desde entonces, prometí que nadie más me diría nunca qué debo hacer, me prometí a mí misma que nadie más volvería a reírse de mí, que esa niña buena iba a enseñar su lado más oscuro al resto del mundo. Tuve unos años complicados, en los que me volví una persona egoísta que solo hacía lo que quería en cada momento. Pero poco a poco fui madurando y me convertí en la persona que soy ahora: una persona con una mentalidad un tanto intransigente en lo que se refiere a valores y estilo de vida, pero he aprendido a callar cuando debo hacerlo,  a no saltar con cualquier comentario, a entender que muchas veces las personas de mi alrededor no quieren imponerme nada, simplemente quieren darme un consejo que yo puedo coger si quiero. 

Creo que el autoritarismo de mis padres me convirtió en una niña sumisa que voló de su nido para rebelarse, pero que al final después de un largo trabajo personal, me hizo la persona que soy ahora: una persona con un carácter fuerte, con unos valores marcados, pero una persona leal, con las ideas claras y sobre todo, alguien muy segura de sí misma.