Me quedé embarazada con dieciséis años. Obviamente, esto me puso la vida del revés. Ahora, de adulta, no me arrepiento de las decisiones que tomé sobre este embarazo, pero de joven, cuando las cosas se ponían difíciles, si lo hice y mucho. Me auto-cuestioné muchísimo, lloré muchísimo y sufrí muchísimo, aunque hoy por hoy sienta que mereció la pena.

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Era la típica chica de autoestima pobre y bastante tímida. Era guapa y tenía un cuerpo bonito, pero los complejos me alcanzaban más rápido que el reflejo del espejo. Estaba en un colegio de monjas que abarcaba desde parvulario a bachillerato, así que tenía el mismo grupo de amistades desde bastante pequeña. Se iban añadiendo personas que llegaban de otros centros, había nuevos amigos, pero los de siempre eran los de siempre. Y aquel año había entrado el chico que me tenía loquita. Guapo, chulo, malas notas, guay… El típico repetidor rebelde. Se hizo popular en nada. Mi yo de dieciséis se moría por él. Un día empezó a mandarme notitas en clase y me pidió messenger. hablando por msn. Y un finde me invitó a ver una peli a su casa.

Empezamos a ver esa peli pero en nada estábamos haciendo manitas y después ya sabéis lo que vino. Yo era virgen y fue mi primera vez. Él no. Yo no tenía casi ni idea de nada. Imaginaos, ¿charlas de sexualidad en un colegio de monjas y hace un montón de años? Sabía cosas por las revistas, lo que se hablaba con las amigas, internet, etc. Sabía mucha desinformación, sobre todo. Así que cuando él me dijo que no hacía falta preservativo porque había una técnica que se llamaba marcha atrás y que él la usaba, y que además era imposible quedarse embarazada la primera vez, que me quedase tranquila, le creí. Tremendo error.

Después de ese día empezó a perder interés en mí y a pasar bastante. Eso me tenía bastante embajonada, porque me había quedado muy pillada por él. Me la pasaba dibujando corazones rotos en mi libreta y poemas cutres tristes. Pero entre mis amigas mi historia fue un bombazo y me envidiaban todas, algo era algo.

La primera falta de la regla no me alarmó. Total, tenía reglas irregulares. Ya me vendría. Pero pasaron dos meses y ni rastro. Lo que sí tenía eran unas náuseas tremendas, sobre todo por las mañanas. Y me sentía como hinchada, más gorda. Me puse a dieta, a dieta de no comer, básicamente. Cuando aparecía el pensamiento de un posible embarazo en mi cabeza lo apartaba, pero ya empezaba a agobiarme. Cada día más. Y la regla, sin bajar.

Fue mi madre quien empezó a darse cuenta de todo y ató cabos. Me abordó una tarde, en mi dormitorio. Quise ocultarlo, mentirle, pero nunca se me dio bien engañar a mi madre. Y me derrumbé delante de ella. Se lo conté todo: lo del cuelgue, la cita, la primera vez, que el chico ya pasaba de mi, la regla que no venía. Y fue la que me trajo el test de embarazo, que reveló lo que yo pensaba que era imposible: estaba embarazada. De un tipo que pasaba de mi culo, con dieciséis años y durante la primera vez que lo había hecho. Me parecía increíble. Aún hoy, pienso: ¿Qué probabilidades había de que me pasase eso en mi primera vez? Pocas, supongo, pero me había tocado.

En casa fue todo un drama. Mi padre me montó un pollo que aún hoy recuerdo y me pone la piel de gallina. Mis abuelos estaban escandalizados. Todos lo estaban, en realidad. Nadie podía esperarse que yo que siempre había sido una niña buena, obediente y de buenas notas, estuviera embarazada a los dieciséis. Y podía ver la decepción en los ojos de mi madre, aunque jamás se apartó de mi lado y pese a todo siempre estaba ahí para consolarme y apoyarme.

Podéis imaginaros que el chico me dijo que no quería saber nada, que fuese a la farmacia y pidiera una pastilla que me «hiciese expulsarlo». Podéis ver que tenía tanta idea del tema como la tuvo sobre métodos anticonceptivos. Los padres hablaron y descubrimos que eran una familia complicada, maleducada y decían que no querían saber nada del tema. Así que estaba sola. Aunque en realidad nunca lo estuve, porque toda mi familia, una vez pasado el shock, estuvo ahí para mí. Especialmente mi madre. El aborto no era una opción en aquel momento, unos años después cambió la ley. Pero aún así, no hubiese cambiado nada porque yo sentía que quería tenerlo.

Me volví el centro de las miradas y cotilleos en el instituto. Y algunas profesoras empezaron a tratarme diferente, unas de forma más dura, otras como con pena y otras con condescendencia. Pero lo peor fue el chasco social. Poco a poco mis amigos se fueron haciendo a un lado. Dejaron de avisarme para salir, para ir al cine, mis amigas ya no llamaban a casa por las tardes para cotillear como hacíamos siempre, incluso me evitaban en los descansos de clase. Y los chicos del grupo actuaban igual que ellas, aunque no me sorprendió tanto. Lo de ellas me dolía mucho más.

Siempre he sido de hablar las cosas con claridad, así que un día abordé a la que era mi mejor amiga desde pequeñas. Le pregunté por qué me trataban así, qué les había hecho, y conocer la realidad fue muy doloroso. Resultó que los padres del grupo de amigas habían hablado entre ellos y les habían dado órdenes de dejar de tener relación conmigo. Como si el embarazo fuese contagioso, debían cortar toda relación. Me dijo que lo sentía mucho pero que no quería problemas en casa y que al fin y al cabo mi vida iba a cambiar por completo, que «tendría que centrarme en otras cosas más importantes que salir o estar con los amigos».

Mi madre me abrazó mientras lloraba hasta quedarme seca. Años después, supe que había telefoneado a los otros padres y los había puesto de vuelta y media. Aquello me hizo caer en depresión del todo. Dejé de ir al instituto. Mis padres no me obligaron, cosa que agradecí, aunque para muchos no fuera comprensible. Terminé mi embarazo y di a luz a una niña preciosa. Tuve depresión post-parto también, aunque esa es otra historia distinta a esta.

Cuando conseguí reponerme, retomé mis estudios. Mis padres fueron mi principal apoyo todo el tiempo, y toda la vida les estaré agradecida por ello. Cambié de centro, allí hice amigos nuevos que no tenían ningún problema con el hecho de que yo fuera madre y que abrazaron mi historia, amigos que hoy aún están a mí lado y a más de uno mi hija los llama titos. Tuve una vida mucho más difícil que la del resto de chicas y chicos de mi edad que me dieron de lado. Como he dicho al principio, fue dura. Me cuestioné y me culpé muchísimas veces por lo que hice o dejé de hacer. Pero hoy tengo una hija preciosa sin la que no podría vivir y por la que tengo claro que lo daría y haría todo, igual que mi madre hizo conmigo, como una auténtica leona.

Escrito por Carol M. Basado en un testimonio real anónimo.