Cuando vives lejos de todos los tuyos, los amigos tenemos que apoyarnos, aunque a veces la situación te supere completamente.
Mi amiga tiene un peque, por aquel entonces tenía 3 años y estaba embarazada del segundo. Su madre iba a venir a ayudarla cuando el bebé llegase, pero la naturaleza tenía otros planes.
Estando solo de 30 semanas, se puso de parto. Y como siempre, en el peor momento posible.
Su madre aún no había llegado, y su marido estaba fuera por un viaje de trabajo.
¿Qué hizo? Pues llamarme para pedir ayuda.
04:00 Ring Ring! Oye Andrea, que creo que estoy de parto, ¿qué hago?
Tranquila, despierto a mi marido y le mando en tu busca. Se trae al peque a casa, te lleva al hospital, y voy a ver si contacto con tu marido y con tu madre para que vengan cuanto antes.
04:15 Mi marido sale por la puerta, justo en el momento en el que mi hijo se despierta. Corro a la cocina, preparo un biberón, y me dispongo a dárselo, a ver si se duerme rápido. Hoy tenemos vacunas y tengo que despertarles a las 07:30.
04:45 Se ha quedado dormido. Bien! Lo llevo a la habitación como si fuera un ninja, pero un ninja torpe, por lo visto. Según abro la puerta, mi hija se despierta. Mierda! Corro para cogerla, pero ya es demasiado tarde. Ahora tengo dos bebés llorones en la habitación.
05:30 Más o menos consigo que los dos se vuelvan a dormir. Me voy a tomar un café (¿es demasiado pronto para darse al vino?) antes de que llegue mi marido.
05:32 Dos bebés llorando otra vez, y mi marido entrando con la puerta con el peque de mi amiga, que, por solidaridad con mis hijos, se pone a llorar también. Parece ser que vamos a dar el día por comenzado.

Cambio todos los pañales, visto a todos los enanos, y nos ponemos a jugar en el salón. Entre canción y canción, intento contactar con su familia. Su marido no contesta, pero su madre sí. Hablo con ella y la pobre mujer va a intentar coger un vuelo lo antes posible para venir.
A las 07:30 salimos los 4 de casa (los peques y yo, mi marido se va a trabajar). Tantos enanos no me caben en el coche, así que tenemos que coger el autobús.
Viene un autobús, ya tiene carrito dentro y no hay espacio.
Pasa otro autobús. Lo cogemos. Siguiente parada, una silla de ruedas quiere entrar. Tenemos que bajar.
Al tercer autobús, por fin podemos entrar todos.
Llegamos al médico a las 08:00, todavía queda media hora para nuestra cita, pero mejor, que tengo que darles el bibe a los enanos. Empiezo a dar un bibe cuando el chico de mi amiga me dice que tiene caca. Dejo al peque en el carro, voy al baño. No hace caca. Volvemos. Sigo con el bibe. Me pide caca otra vez. Vamos al baño. Nada. Volvemos. Cojo al peque, y ¡alerta hecatombe caquil! Mi hijo está lleno de mierda hasta los hombros.
Cojo la bolsa, cojo al peque, vamos al baño. Le cambio como puedo mientras el chico de mi amiga se pone a gritar que quiere caca (¿a qué hora es socialmente aceptable beberse una copa de vino?).
Ya son las 08:30, y escucho a la enfermera llamarnos. Le grito desde el baño, y unos minutos después, conseguimos entrar a la consulta.
Por suerte ninguno de mis críos se toman las vacunas a malas, y podemos irnos del médico sin ningún espectáculo más.
La madre de mi amiga me llama, que ha llegado a la ciudad. Quedamos en que primero va a ir al hospital a ver si la dejan pasar con mi amiga. En el primer parto tuvo muchos problemas y quiere asegurarse que todo está bien. Consigo hablar con el marido, estaba haciendo turno de noche y no podía mirar el móvil. Viene de inmediato, pero tiene un viaje de 6 horas en coche por delante.
Vuelta a la parada del bus, nos vamos a comprar. Viene el bus. Entramos sin problemas. ¡Bieeeeeen! No más dramas hasta terminar de comprar.
12:00 Vamos a la cafetería, le había prometido al peque de mi amiga que le invitaría a comer fuera, y me pido un trozo de tarta para mi (¿se puede empezar a beber vino ya?)
Aprovecho para darles el bibe a mis dos enanos. El chico de mi amiga no quiere comer, empieza a correr por todo el restaurante. Saco el móvil, y le pongo los dibujos (¡Bendita granja de Zenon!). Se calma, empieza a comer, hasta que de repente decide que mejor se dedica a tirar miguitas de bocadillo y patatas fritas a todo el que se ponga a su alcance.
A todo esto, mis mellis se empiezan a desesperar por salir del carro. Lo siento babies, no puedo controlaros a los 3 sueltos como fieras en un espacio público. Empiezan a llorar. Ni los dibujos, ni galletas, ni juguetes ni el bibe consiguen calmarles.
Las miradas de la gente (tanto de comprensión como de cabreo) ya son excesivas, me da vergüenza y nos vamos todos de allí.

14:30 De nuevo en el bus. Solo ha habido que esperar 4 hasta que nos hemos podido montar. Mi hija quiere que la saque. Intento darle un zumo para distraerla. No funciona y me lo lanza a la cara. Me estoy quedando sin paciencia, estoy cubierta de zumo y estamos montando el gran espectáculo de la temporada en el autobús. (En serio, necesito una copa de vino). Terminamos bajando del bus 4 paradas antes.
15:15 Llegamos a casa.
Por suerte, las fieras están cansadas y se duermen todas casi sin rechistar.
16:00 El marido de mi amiga ha llegado a la ciudad. Se va derecho al hospital y la madre de mi amiga viene a recoger al peque.
Me abro mi copa de vino (tengo que celebrar que mi amiga ha tenido una nena preciosa y sana, aunque pequeñita por ser tan prematura), y cuando llega mi marido a casa me declaro en huelga por el resto de la tarde.
Andrea.