A estas alturas de la película está claro que no seré yo quien os descubra América si os  digo que el dinero no llueve de los árboles y que es más fácil montarse un trío con Brad  Pitt y Leonardo Dicaprio que llegar a fin de mes sin pasar estrecheces. Y es que, amigas,  la vida es lo que pasa mientras esperas el pago de la nómina. Por eso, cuando me  propusieron currar como azafata de imagen en una terraza de moda para sacarme un  dinerito extra y me dijeron cuánto iba a llevarme al bolsillo, no me lo pensé dos veces.

El trabajo consistía en dos cosas, la primera en plantarme delante de un photocall en  plena calle y hacerme fotos con todo aquel que quisiera (como si yo fuera una  Kardashian), y la segunda en intentar que el mayor número posible de clientes pidiera el  champán hiper caro de la firma que me pagaba. Hasta ahí, nada fuera de lo común. Sin  embargo, cuando vi el uniforme de Mamachicho pensé «dónde te has metido, hija mía».  Pantaloncito corto bien apretao’, zapatos de cuña altísimos y camisa sin mangas  enseñando el ombligo. Vacaciones en la playa, vacaciones en la playa, pensé para  infundirme ánimos. 

Solo me hizo falta una hora para recordar por qué siempre me había negado a trabajar de noche. Estaba harta de sonreír para hacerme fotos con todos los salidos que se animaban a posar conmigo y de tener que aguantar el nivel de cuñadismo extremo de sus  comentarios. Por suerte, el encargado me pidió que me metiera dentro y empezara a  promocionar la bebida entre los clientes porque el local ya estaba a tope.

Y ahí estaba yo, en plan Testigo de Jehová, con la sonrisa más falsa del mundo, haciéndome la simpática  y dándole el coñazo a todo aquel que se cruzaba en mi camino, solo que en vez de biblias y la promesa de vida eterna, yo vendía botellas de champán al módico precio de cien  euros.

No sé si es que hice muy bien mi trabajo, si aquella gente estaba forrada o es que el  disfraz de Malena Gracia cumplió su función, pero las botellas de champán empezaron a  venderse como churros. Los encargados estaban tan contentos que me dieron permiso  para tomarme un descanso, cosa que agradecí porque los pies me estaban matando y me dolía la cara de tanto sonreír. Me dijeron que me sentara en la barra y me pusieron  delante una copa de champán en cuestión, invitaba la casa. Yo estaba más seca que la  mojama, así que planté el pandero en el taburete y me bebí mi copita poco a poco. 

En esas estaba cuando un hombre se me acercó y se puso a hablar conmigo sin que  nadie le hubiera dado pie a ello. De los creadores de preguntas masculinas cero  inteligentes como «estudias o trabajas» o «qué hace una chica como tú en un sitio como  éste», llega «por qué estás tomándote una copa aquí tan sola». En lugar de contestarle  «porque me sale del ñoco», que era lo que verdaderamente me apetecía responder, le dije  que estaba trabajando y me había tomado un descanso.

Pero queridites, como todas  sabemos, los hombres no entienden de sutilezas, así que el tío se quedó ahí plantado y  volvió a la carga.

Me dijo que como estaba trabajando no quería robarme más tiempo, pero que le había  parecido preciosa y que le encantaría pasar un rato conmigo en su hotel cuando  terminase allí, que podíamos llegar a un acuerdo. Yo me quedé a cuadros, no podía ser. Y ante mi silencio, me ofreció una cifra de dinero. ¡Aquel tío me había confundido con una  chica de compañía! Le dije con cara de asesina que me parecía que se estaba  equivocando, que era un cerdo e hiciera el favor de largarse. Él, rojo como un tomate, se  disculpó y se marchó.

Aún estaba asimilando lo que acababa de suceder, cuando el encargado me dijo que le  acompañara, que los encargados de la promoción de aquella noche estaban allí y me los  iba a presentar para que pudiera conocerles de cara a futuros trabajos. Lo que este tío no  sabía es que yo no iba a volver a trabajar de azafata de noche en toda mi vida, pero le  acompañé a hacer el paripé.

Cuál fue mi sorpresa cuando llegué al reservado en el que se encontraban y vi que uno de ellos era el hombre que hacía un rato me había propuesto irme a su hotel.

Al verme, el tío casi se ahoga con su propia saliva. Me lo presentaron y él nervioso, hizo  como si nunca antes me hubiera visto, como si no me hubiera ofrecido una cantidad  indecente de dinero por irme con él. El muy cerdo me dijo que ahora entendía por qué  había tenido tanto éxito la promoción aquella noche y todos le rieron la gracia. Y no me  pude aguantar.

Le dije «sí, la verdad es que he tenido que aguantar que me digan de todo  esta noche, pero con todo, tú has sido el único que me ha ofrecido pasta por irme contigo  al hotel».

No puedo describir la cara que pusieron todos. El tío se hizo el sordo y los  demás bebieron de sus copas y miraron a otro lado porque no sabían ni qué decir.

Por suerte para mí, al poco pude quitarme aquella ropa y marcharme a casa con dolor de  pies pero con un par de ovarios y la poderosa sensación de haberle callado la boca a un  machirulo. Eso sí, no he vuelto a trabajar de azafata y mucho menos de noche, gracias.

Escrito por Mar Martín basado en una historia real